Un feto inviable que escribe columnas

Soy Gabriela, tengo 18 primaveras. Dicen que hay adolescentes raras, rarísimas… y yo. Detesto el reggaetón y adoro la música de los ochenta. Mis amigas van a ver “El Conjuro 2” y yo quiero ver “Buscando A Dory”. Nunca he visto “Star Wars” y no he leído “Cincuenta Sombras De Grey”. Me produce una risa irresistible la palabra “pulpo” y a veces pienso en jerigonza. También dicen que soy una niña índigo, así que combino con mi color favorito. ¡Ah, casi lo olvido!…  debiese estar muerta.

Sí, tal cual. Debiese estar muerta, porque según los pronósticos médicos, iba  a ser un vegetal de por vida y según otros me iba a morir, porque vine a este mundo con una enfermedad que – aunque tiene tratamiento- algunas personas y organizaciones, que promueven el actual proyecto de aborto,  han considerado “incompatible con la vida”. Pero estoy viva.

Fui diagnosticada in útero con espina bífida, una enfermedad que se produce cuando no se forma bien el tubo neural, que es por donde pasan los nervios. En mi caso concreto, nací con una herida abierta en mi espalda baja, por la que asomaba una maraña de nervios como si fueran cables pelados. Me operaron a las nueve horas de nacida para cerrarla, pero el daño ya estaba hecho. Uso bastones para caminar. No tengo sensibilidad en los pies, tengo una cadera dislocada y una pierna más corta que la otra. Además  nací con  hidrocefalia, por lo cual me volvieron a operar a los 3 días de nacida,  y paso con infecciones. Me han operado 11 veces y este año me tengo que operar de nuevo. En parte fue por esto que me tomé un año sabático.

No sé cuando exactamente, leí en Internet que los casos de espina bífida se habían reducido. Pensé que era por las campañas que promueven la ingesta de ácido fólico (su falta es la causa más probable), pero cuando seguí leyendo, vi la verdad: en otros países, entre el 85 y el 95 por ciento de los embarazos en que el feto es diagnosticado con mi enfermedad termina en aborto. Recordé lo que el médico les había dicho a mis papás quizás para presionarlos. Me quedé helada.

A partir de ahí entré en un torbellino terrible. Sentía que me estaban diciendo a la cara que no debería existir. Que era la peor pesadilla de cualquier padre, que era una carga para el Estado, que hubiera sido mejor matarme, que le había cagado la vida a mi familia. Por qué, por qué…

Pasé mi adolescencia batallando conmigo misma. Me hicieron bullying. Alguna vez alguien me dijo que yo no debería existir. En mis peores momentos pensaba en suicidarme y le recriminaba a gritos a mi mamá el no haberme abortado. “¿Para qué cresta me tuviste?”, le preguntaba. Pensé que nunca iba a encontrarle un sentido a mi vida.

Pero no todo es tan malo. Me gradué con un 6.5 de cuarto medio, hablo y escribo inglés, el próximo año entro a la universidad, puedo trabajar, manejar, embarazarme (aunque con ciertas precauciones) y tener una vida sexual activa como cualquier mujer.

Y sí le encontré sentido a la vida: mi enfermedad no me define, no es el aspecto de mi vida que más me ha forjado. Más me han forjado los valores que me inculcaron, el amor con el que me criaron, las cosas que he visto y hecho. No creo que mi historia sea admirable, no conozco otra realidad, simplemente trabajo con lo que tengo como cualquier persona. Decidí estudiar Trabajo Social, porque vivo en una ciudad -y estudié en un colegio- con una población vulnerable altísima, que no es visibilizada, quiero especializarme en maternidad vulnerable y mujeres con embarazos no planeados. También encontré un lugar para mí: Me uní a Movimiento de Mujeres Reivindica, después de que otro grupo feminista me pateara por mi postura respecto al aborto, y ahora escribo esta columna con el fin de mostrar que con los argumentos del proyecto de ley de aborto que se quiere aprobar, estarán discriminando y eliminando -directa o indirectamente-  a personas como yo.

Yo también merezco estar viva.

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