Trump, Clinton y la política sin misericordia

Trump, Clinton y la política sin misericordia

Estamos en el Jubileo de la Misericordia y la activista pro-vida estadounidense Abby Johnson habla de misericordia radical. La antigua directora de una clínica abortiva de Planned Parenthood dirige ahora una ONG ministerial, And Then There Were None, dedicada a ayudar a dejar su trabajo a los trabajadores de clínicas abortivas. Cree que nadie está por encima de la posibilidad de la conversión y que incluso aquellos que parecen más reticentes pueden llegar a cultivar una cultura de vida.

Después de todo, eso fue lo que hizo ella.

Johnson quiere que la gente sepa cuánto de venenoso, perverso e innecesario hay en enfrentar a una madre contra su hijo. Yo escucho a los candidatos presidenciales y rezo porque esta noción se asiente. Tal vez rezo por un milagro, pero no debería ser así.

Centrémonos en dos candidatos, sólo porque ellos dos han sido objeto de muchos titulares recientes sobre el tema del aborto.

En una entrevista con el presentador de la cadena MSNBC Chris Matthews, Trump afirmó, en una caricatura de movimiento pro-vida como la que se promulga en los medios de comunicación convencionales, que de anularse el precedente del caso de Roe v. Wade [el caso judicial Roe contra Wade derivó en el reconocimiento del derecho al aborto inducido en EE.UU. en 1973], sería necesario establecer castigos para las mujeres que obtuvieran servicios de aborto.

Tal y como han señalado muchos líderes pro-vida, esa respuesta tiene ciertos problemas, el mayor de todos el hecho de que el movimiento pro-vida hace mucho que considera al aborto en sí mismo como un castigo, una violencia íntima que priva a la mujer de su maternidad y al bebé de su vida, al tiempo que envenena familias y relaciones. Sí, el aborto es un mal grave. También es, como la naturaleza del mal, una podredumbre miserable que carcome las almas. El deseo de toda persona pro-vida es salvar vidas y ahorrar este sufrimiento a mujeres y hombres.

Aunque Trump se retractó de su comentario inicial, delató un desconocimiento sobre las mujeres y los hombres que trabajan cada día para ofrecer a mujeres en situaciones de crisis una alternativa al aborto, que parece ser a veces la preferencia de una cultura de conveniencia de desecho.

Mientras tanto, durante una entrevista en Meet the Press, en la NBC (el Domingo de la Divina Misericordia), la antigua secretaria de Estado Hillary Clinton afirmó, “Quiero mantener la protección constitucional bajo Roe v. Wade. Pero, como saben, hay espacio para un tipo de restricciones razonables…”.

Y después de más preguntas al respecto:

Bueno, con nuestras leyes actuales… la persona no nata no tiene derechos constitucionales. Ahora bien, eso no quiere decir que no hagamos todo lo posible para, en la gran mayoría de los casos, ayudar a una madre embarazada que quiera asegurarse de que su hijo nazca sano y a que tenga un apoyo médico apropiado.

Y sobre el aborto, Clinton dejó muy claro que: “Mi opinión ha sido siempre que es una elección. No es una obligación”.

Se sabe que hay mujeres que sienten la presión de la obligación por todas partes cuando entran en una clínica. Para muchas, la elección es una mentira.

Unos cuantos elementos fascinantes sobre la entrevista: Primero, en su lenguaje, Hillary Clinton traicionó una norma esencial de la industria del aborto y su ideología. Tal y como escribe Abby Johnson en su nuevo libro,The Walls Are Talking: Former Abortion Clinic Workers Tell Their Stories [Las paredes hablan: antiguos trabajadores de clínicas abortivas cuentan sus historias]: “Debemos deshumanizar al no nato para poder aceptar el aborto”. Aquí se hace eco de las reflexiones de otro trabajador de la clínica abortiva que ha abandonado la industria y trabaja, igual que Johnson, para enmendar sus errores y revelar lo que sucede entre las paredes de una clínica.


Sobre la entrevista de Hillary Clinton, ver más aquí


Pero Hillary Clinton también usó la expresión “persona no nata” en esa entrevista y admitió que existían  “restricciones razonables”. Ya fuera un lapsus o simplemente un discurso político astuto, sus comentarios reflejan la realidad de que la mayoría de estadounidenses no apoyan el aborto libre pasados los tres primeros meses de embarazo. Así lo prueba de forma muy clara y consistente una encuesta encargada por los Caballeros de Colón.

En su libro, Johnson transmite la historia de una mujer que entró en una clínica de Planned Parenthood con una indiferencia desmesurada en relación a su noveno aborto. Incluso para los trabajadores de la clínica resultaba una cifra sorprendente. La mujer llegó a insistir en hacerlo sin sedación, hablando relajadamente y bromeando en la camilla. Uno de los antiguos trabajadores relata:

Recuerdo desear que hubiera optado por la sedación. Su falta de remordimientos y de vergüenza nos hizo sentir incómodos a todos. Durante años, he consolado y sostenido las manos de montones de mujeres que se habían acercado a esa misma camilla con mucha turbación. Algunas lloraban, con los nudillos blancos mientras apretaban mi mano hasta el dolor. Otras abrazaban una Biblia contra su pecho y musitaban oraciones, rogando por su perdón, incluso antes de que los médicos abortistas hubieran comenzado con su trabajo y los bebés aún estaban seguros en sus úteros. Muchas veces, las mujeres se encaramaban a la camilla y permanecían flácidas y ausentes durante el procedimiento. Sus mentes estaban a millones de kilómetros de allí.

Después de completar su noveno aborto, la mujer —que recibe el nombre de Angie en el libro— pidió “verlo”. Dijo: “A ver, lo he hecho tantas veces que ya va siendo hora de que sepa qué apariencia tiene”.

Y eso lo cambió todo. El dolor la sacó de sí, tras la confrontación con la gráfica realidad de un bebé muerto. Nada pudo contener sus sollozos, sus gritos, su intenso dolor. Esta clínica en particular nunca volvió a cometer ese “error” (de enseñar los restos, n.d.t.), ni tampoco el de que vieran imágenes de ecografías. “Nos asustaba porque amenazaba nuestro negocio. Si la mayoría de mujeres supiera lo que es un aborto, como Angie, se negarían a hacerlo”.

Si Donald Trump supiera de los ministerios dedicados a ayudar a las mujeres a tomar una elección por la vida —y ofreciendo curación cuando no pudieron hacer esa elección—, tal vez podría ver la tremenda oportunidad de dejar atrás esa política miserable a la que contribuyó inintencionadamente con su respuesta a Matthews. Si Hillary Clinton pudiera liberarse de un Partido Demócrata ligado a la industria del aborto, podría ayudarnos a liberarnos de las graves políticas en las que insiste.

Quizás esté rezando por un milagro, pero la situación llama a un liderazgo que salve el alma de nuestra nación de la muerte.

Kathryn Jean Lopez – 15 de abril, 2016.

Coordinadora Nacional Pro Familia [CONAPFAM]

Objetivos: • Canalizar la voz de la ciudadanía ante autoridades públicas e instancias de la sociedad civil para hacer presentes sus derechos y promover sus deberes. • Promoción, divulgación y defensa de los valores, derechos y deberes de la familia y de la vida humana.

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