El primero de los Derechos Humanos (I)

Los grupos autodenominados “feministas” están de duelo; porque la Comisión de Constitución del Congreso archivó el proyecto de ley que decretaba la muerte del niño por nacer. Pero insisten en su encono contra la vida, usando espacios en los medios para lanzar sus llamaradas de fuego, en contra del primero de los derechos humanos, el derecho a nacer.

Para estas “feministas”, debe existir una ley (inconstitucional, porque nuestra Constitución garantiza la vida) que autorice matar a todo ser humano -hombre o mujer- cuya desgracia es ser fruto de un acto violento contra su madre. Dicen que la vida, producto de una violación, debe ser segada en el vientre de la mujer. Y callan en mil idiomas, cualquier sanción contra el violador.

Un artículo aparecido irónicamente en el Día de la Madre en el “decano”, asegura que, de esta manera, se defiende “el derecho a la vida de la mujer”. Como si perdiera la vida por traer al mundo un hijo en esas condiciones. Cuando en realidad, aquello que la daña es el acto violento, producido por un delincuente; pero no la nueva vida que -en muy raros casos de violación, según los médicos- florecería en su vientre.

Frente a esta realidad que exponemos, no tienen argumentos. Simplemente, porque no existe razón alguna para negar el primero de los derechos humanos, sin el cual todos los demás dejan de existir: el derecho a la vida.

Las llamaradas de fuego no son gratis, sino pagadas -y bien pagadas- por instituciones y ONGs internacionales –incluidos caducos países autodenominados desarrollados-. Son producto de una bien montada estrategia propagandística que, a falta de razones, emplean millones para la machacante repetición de mentiras, una tras otra, a lo Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda en la Alemania nazi.

A falta de argumentos para atentar contra la vida, hablan de los daños que produce una violación; como si esos daños los produjera el niño por nacer. Hablan de la minoría de edad de las violadas y la brutalidad de la violencia; como si de ello fuera culpable la nueva vida. Hablan de la cantidad de los delitos, como si, recurriendo al aborto, esos actos disminuyeran. En realidad, lo que defienden es la violencia del aborto que se suma al delito de la violación.

Dicen también que los daños psicológicos de la violación se borran recurriendo al aborto; cuando es todo lo contrario, el nacimiento de un niño o una niña es el consuelo y la esperanza de una madre maltratada. En cambio, el peso de un aborto lo lleva la mujer en su alma toda la vida y tiene consecuencias muy dañinas para su salud bio-psico-somática.

Sobran también los antiargumentos que señalan a la Iglesia y a los cristianos, como si actuaran mal, defendiendo la vida. Como dice la expresión inglesa: “too much”.

CONTINÚA EN LA 2DA PARTE

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