EE.UU.: California, el Estado que considera que el aborto es un bien que proteger

Las mujeres de California que vayan a un centro a abortar se van a encontrar, a partir de ahora, con grandes carteles en la sala de espera del abortorio en los que se les explica que lo que llevan en su seno es un ser humano, su hijo, único e irrepetible. Que su corazón ya late, las partes de su cuerpo ya están formadas y tiene dedos y uñas.

Además, se les entregará personalmente información escrita sobre las alternativas que se ofrecen para seguir adelante con su embarazo, desde todas las ayudas a las que pueden acceder hasta la forma de dar en adopción a su hijo. Por último, se les informará de los centros pro-vida más cercanos a los que pueden acudir y donde encontrarán todo el apoyo necesario para dar a luz al hijo que ya llevan consigo.

¿Espectacular, no?

Por desgracia, la realidad es ligeramente diferente. La ley que ha aprobado el gobernador de California, Jerry Brown, la Reproductive Fact Act (AB775), se parece bastante a lo antes descrito… con algún importante matiz.

En efecto, la ley californiana obliga (y prevé fuertes multas y sanciones para quien la incumpla) a los centros pro-vida que ayudan a mujeres embarazadas con problemas a exponer en sus instalaciones carteles e información escrita en los que se informe de que tienen todo el derecho del mundo a abortar a sus hijos y de que gracias al programa Medi-Cal no les costará ni un dólar, pues se paga con la generosa y obligatoria aportación de quienes pagan impuestos.

Asimismo se les deberá entregar información de los centros abortista a más cercanos a los que las madres pueden acudir para liquidar rápidamente el engorroso problema del hijo que han concebido. O sea, que ocurre exactamente lo descrito al inicio… pero al revés.

De hecho, el propio gobernador ha reconocido que la ley fue escrita por un grupo de presión abortista y que él no dudó en ratificarla. No parece importarle mucho que obligue a los centros de acogida a las madres a exponer y entregar material que contradice directamente su misión ni que viole las conciencias de sus empleados.

La ley incluye incluso la obligatoriedad de exponer un letrero en el exterior de los edificios de los centros de acogida en el que se pueda leer que el centro no tiene licencia médica emitida por el Estado de California, algo que no se exige a otros centros de las mismas características dedicados a otras cuestiones diferentes del apoyo a las mujeres embarazadas.

Se confirma así de nuevo que la neutralidad no existe. El Estado de California reconoce que hay un bien, que debe de ser promovido, y un mal, que como mucho debe de ser tolerado, si bien bajo estrictas condiciones que impidan que el mal crezca y que incluso tiendan a ahogarlo.

Uno esperaría que el bien a promover fuera la vida de los nuevos seres humanos, que además enriquecerá nuestra sociedad, pero el Estado de California no piensa así. A la luz de la Reproductive Fact Act esas vidas son un mal que se puede más o menos tolerar, mientras que el aborto de esos niños es el bien que hay que proteger y promover.

Está todo muy claro: el Estado de California es confesionalmente abortista e impone con el peso de la ley su noción de bien y mal a todos aquellos bajo su jurisdicción. Las palabras del gobernador Brown durante la reciente cumbre del clima en París adquieren así un nuevo sentido: “nunca hay que subestimar el poder coercitivo del Estado al servicio del bien (o del macabro “bien” que ese Estado haya asumido como tal).

En 2014 los tribunales federales invalidaron leyes similares contra los centros de ayuda a mujeres embarazadas en los estados de Maryland y Nueva York. En base a este precedente el National Institute of Family and Life Advocates, una red de 1.350 centros pro-vida, de los que 115 se encuentran en California, ha llevado el asunto a los tribunales.

A la espera de lo que digan sentencien estos, una cosa parece indudable: en Occidente el Estado está pasando de considerar el aborto como un mal que se puede tolerar a tratarlo como un bien a proteger e incluso promover, con todas las consecuencias que esto comporta, y para ello no vacila en usar su poder coercitivo, atornillando cada vez más a quienes no comulgamos con ese “bien”. Que además esto se haga en un contexto de grave invierno demográfico solo confirma lo que la Historia nos enseña: la ideología ciega a sus adeptos y los lleva, felices y satisfechos, a la ruina.

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