La Ideología de Género: ¿Capricho o realidad?

La Ideología de Género: ¿Capricho o realidad?

En estos momentos, el tema de la «ideología de género» está en la mente de la mayoría de la gente. Es natural. Las circunstancias actuales hacen que todo mundo hable de él. Es probable, sin embargo, que todavía muchos no entendamos perfectamente de qué se trata y con ello estamos poniéndonos en riesgo moral grave. La falta de comprensión cabal, por parte de muchísima gente, de la naturaleza y finalidad de dicha ideología es el campo donde la siembran sus proponentes. Los slogans que la acompañan, raramente sustentados en principios filosóficos sólidos,  aprovechan los sentimientos humanos para hacerse creíbles. El Papa Benedicto XVI, en su momento, y ahora su sucesor el Papa Francisco, han sido claros en declarar esa ideología como el máximo peligro moral al que se enfrenta la sociedad actual. Su consecuencia más desastrosa es el fin de la familia.

Lo más triste del caso es que la ideología de género parte de una incongruencia lógica patente, absurda a todas luces. Las personas que la aceptan lo hacen más que nada motivados por razones de tipo emocional: el deseo natural de un mundo igualitario, libre de discriminaciones y marginaciones, etc. Pero no parece que tales personas vislumbren, o quieran vislumbrar, que están apostando por una peligrosísima quimera. Una de las principales carencias, pero a su vez, una de las mayores fortalezas con que cuenta esa ideología para ser difundida con facilidad entre los jóvenes, es su relativismo galopante. Se sustenta en la falacia de que no existe verdad absoluta. Lo cual, en sí mismo, es una contradicción: afirma como verdad absoluta que no hay verdad absoluta. Los jóvenes, ansiosos de sentirse independientes, hacen suya esa teoría para defenderse de las exigencias morales de los mayores, de la religión, etc. «Cada quien su verdad» es el mantra supremo del relativizó.

La afirmación principal de la ideología de género consiste en que la persona individual puede crear su personalidad de acuerdo a sus gustos personales, sin que para ello tengo que tomar en cuenta todo lo que la constituye desde el momento en que empezó a existir. No importa si la persona haya nacido como varón o como mujer. Lo que realmente hace su personalidad, o sea, lo que realmente hace aquello que va a identificar a la persona ante sí misma y ante el mundo es lo que la persona decide ser. Es este proceso totalmente racional -ajeno a cualquier referencia objetiva, intelectual y sensorial, sobre su propia realidad- de decidir sobre sí misma lo que convierte a la persona en una entidad única, irrepetible, identificable por los demás. Es a partir de esta personalidad, creada por la persona misma, que las demás personas deben formarse una idea de ella, reconocerla y aceptarla como ella quiere ser reconocida y aceptada. Es esta persona fruto de la decisión personal del individuo la que debe aparecer en documentos legales, académicos y hasta matrimoniales. No importa que los demás, en el trato interpersonal, vean en esa persona una realidad totalmente opuesta a lo que ella afirma ser; no importa que la persona misma se vea y se sienta fisiológicamente como algo totalmente opuesto a lo que ella decidió ser.

Cada mañana la persona que nació varón ve en el espejo a un varón, que habla con voz de varón y piensa como varón, pero si él decide que todo eso no importa; que su decisión es ser del género femenino y que por tanto lo que diga el espejo no cuenta ni debe contar ante nadie, entonces su personalidad es femenina; él es una ella. Los demás deben fingir que no ven a un varón bigotudo sino a una agraciada jovencita. Si ese varón de nacimiento, pero muchacha por decisión, decide bañarse en el club con las chicas, nadie tiene derecho a impedírselo y ellas deben fingir que él es una de ellas, aunque la idea de bañarse forzosamente frente a un hombre les parezca a ellas una invasión inmoral e inmerecida. Ay de ellas, sin embargo, si manifiestan su desagrado; serán acusadas de homofobia, inequidad y otras maldades.

Esta sublimación de la imaginación por sobre la realidad ya ha quedado jurídicamente establecida en varios países, empezando por nuestro vecino al norte del Río Bravo. Según la ley de ese país, apoyada con todo el entusiasmo posible por Barack Obama y su probable sucesora, la identificación creada por la imaginación de cada persona es lo que realmente debe ser tomado en cuenta a la hora de considerarla sujeto de derecho. O sea, tal identificación constituye su verdadera personalidad.  Pero ¿será así? ¿Podrá una decisión de ese tipo transformar la realidad? Si no es así ¿hay personalidad sin realidad?

Las consecuencias legales de trabajar sobre realidades puramente subjetivas -caprichos- saltan a la vista. Lo que la persona decide ser hoy, sin tomar en cuenta lo que es por nacimiento, tiene muchísimas probabilidades de cambiar mañana. ¿Cómo va a juzgar la ley a una niña que ayer decidió ser niño y ayer mismo cometió un crimen bajo su «personalidad» de niño, pero que hay decidió volver a ser niña? ¿Quién de los dos es el sujeto de derecho en ese crimen? El actor de cine, varón a todas luces, que firmó para hacer un papel masculino, ¿cómo va a ser juzgado si a media filmación decide ser mujer? ¿A quién se debe juzgar, al varón que firmó el documento o a la dama que se niega a cumplirlo? Este ejemplo parece de risa, sin embargo, si se piensa en lo que significa cambiar la personalidad jurídica, la risa se convierte en mueca de espanto. El  varón que firmó el documento es una persona jurídicamente distinta de la dama que se niega a cumplirlo. ¿A quién se debe hacer responsable? Se quiere eliminar este dilema haciendo una travesura lingüística: se eliminan los vocablos que denotan género o sexo. Listo. Desaparece el dilema. O se hace la ilusión de que desaparece. Ya no hay papá ni mamá, sino progenitor 1 y progenitor 2; ya no hay «señor» ni «señora» sino simplemente «persona»; ya no hay «él» ni «ella» sino «lo que…». Aunque los varones sigan siendo varones, y las mujeres sigan siendo mujeres; los papás siguen siendo papás y las mamás, mamás.

Se avecinan tiempos de gran prosperidad económica para los abogados, sobre todo los más vivillos.

Hay otra consideración, de tipo filosófico. Si realmente la decisión personal tuviera la fuerza, virtud, capacidad, de transformar la propia realidad -porque se supone que el elegir un género nuevo te hace acreedor a una nueva personalidad -tan real que se convierte en sujeto de derecho (la ley no puede actuar sobre sujetos inexistentes)- entonces la persona podría cambiar también cualquier otra realidad. ¿Qué lo impediría? Podría cambiar una piedra en pan; una bicicleta en un Lamborghini; un rostro no muy bien parecido en uno digno de Hollywood, etc. La persona podría incluso cambiar la realidad de los demás de acuerdo a lo que ella necesitara. Sería perfectamente posible transformar la personalidad de la persona a la que tengo ojeriza, convertirla en sapo, por ejemplo. Etc., etc., etc.

Absurdo, ¿verdad?

Pero lo peor son las consecuencias morales y sociales de este dominio del capricho: la sexualidad pierde su sentido esponsal, amoroso y creador; la familia desaparecerá. Las características sexuales de la persona, que forman parte de ella desde que es concebida en el seno de la madre, y que tienen una misión específica según los designios de la naturaleza, terminarán siendo usadas exclusivamente para satisfacer las necesidades del género escogido por la persona… y que bien pudiera cambiarse al día siguiente. La reproducción de la especie humana no será un concepto prioritario dentro de las consideraciones sociales o morales. El amor se convertirá en un «nonsense». Lo único que servirá de criterio será el grado de satisfacción sensorial (causada por los órganos sexuales de los que dice la ideología de género que no sirven para construir la personalidad). El único criterio de moral será el capricho personal.

El decaimiento en que la sociedad se verá sumergida, de ceder ante la ideología de género, terminará con la familia. Terminará con la ley y  la moral. Terminará con la relación de subordinación del ser humano frente a Dios.

Ya lo había advertido Sor Lucía, la vidente de Fátima: «La batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será acerca del matrimonio y de la familia”.

La verdad nos hará libres. Conozcamos la verdad sobre la ideología de género. Nuestra familia y las familias del mundo nos lo agradecerán.

Coordinadora Nacional Pro Familia [CONAPFAM]

Objetivos: • Canalizar la voz de la ciudadanía ante autoridades públicas e instancias de la sociedad civil para hacer presentes sus derechos y promover sus deberes. • Promoción, divulgación y defensa de los valores, derechos y deberes de la familia y de la vida humana.

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