Igualdad

Albert Einstein dijo una vez que la política es más difícil que las matemáticas. Puede que estuviera pensando en la igualdad. Porque éste es el concepto más difícil y más enrevesado de todos. Por lo pronto es bicéfalo, tiene dos cabezas. Por un lado, la igualdad es “identidad”, es lo idéntico. Las cosas iguales son las mismas cosas. Por otro lado, la igualdad es “justicia”. Una vez más es Aristóteles quien lo afirma: “Injusticia es desigualdad. Justicia es igualdad”.
Y también es Aristóteles quien distingue entre igualdad “aritmética” (o numérica) e igualdad “proporcional”. La regla de la igualdad aritmética es: lo mismo para todos. La regla de la igualdad proporcional es lo mismo para los mismos, y por tanto lo distinto (cosas distintas) para los distintos. En el primer caso, todos deben tener un pie de la talla 42 y sólo se suministran zapatos de ese número. En el segundo caso, cada pie tiene su número y, por tanto, los zapatos tienen tallas diferentes. Está claro que a veces adoptamos la primera igualdad, y a veces la segunda. Leyes iguales son leyes idénticas para todos, pero la igualdad fiscal, por ejemplo, es proporcional a la riqueza de los ciudadanos: impuestos iguales par a los iguales, pero desiguales para los desiguales.
Existe una larga lista de tipos de igualdad: política, social, jurídica, hasta la igualdad económica radical (nada para nadie). La igualdad que hoy más nos interesa es la “igualdad de oportunidades”; y también esa igualdad es bicéfala, puede entenderse de dos formas radicalmente distintas. En una primera acepción, las oportunidades iguales vienen dadas por un acceso igual. En la segunda, vienen dadas por puntos de partida iguales. En el primer caso se pide el mismo reconocimiento para los mismos méritos y las mismas capacidades. Por tanto, esta igualdad promueve una meritocracia: carreras iguales para capacidades iguales, igualdad de oportunidades para llegar a ser desiguales. En el segundo caso se pide que se igualen las condiciones de partida. Así, mientras que la igualdad de acceso elimina obstáculos, la igualdad de puntos de partida exige fabricar dichos puntos. El acceso igual se aborda con procedimientos de acceso. Los puntos de partida iguales se plantean en cambio con condiciones y circunstancias materiales. La primera es la igualdad liberal, la segunda es la igualdad marxista. Como puede verse, el problema de la igualdad es verdaderamente complicado.
En los inicios de la Revolución francesa, Jean-Paul Marat escribía a Camille Desmoulins: “¿De qué le sirve la libertad política a quien no tiene pan? Sólo resulta útil para los teóricos y los políticos ambiciosos”. La pregunta era sensata, pero la respuesta era inadecuada. Desmoulins pronto lo descubriría en carne propia, porque fue guillotinado. Es verdad que la libertad no da pan. Que no le interesa a quien tiene hambre es casi igual de cierto (aunque no del todo, porque la libertad por lo menos permite reclamar el pan). Pero si el pan lo es todo para quien no lo tiene, se vuelve insignificante (o casi) en cuanto lo hay.
No se vive –perdón por la banalidad- sólo de pan. Por otra parte, la pregunta de Marat suscita una pregunta paralela: ¿para qué sirve la falta de libertad a quien no tiene pan? La respuesta es la misma: para nada. El que renuncia a la libertad a cambio de pan es sólo un estúpido. Si la libertad no da pan, es aún más seguro que tampoco lo da la falta de libertad. Equivocándose, como lo ha hecho de forma clamorosa, en el cálculo de la igualdad, el “marxismo real”, es decir, el comunismo, ha infligido a mil quinientos millones de seres humanos sufrimientos, privaciones y crueldades totalmente inútiles. Para pasar página de verdad hay que comprender que todo depende de hacer iguales –igualmente sometidos a las mismas leyes- a los igualadores. “Cómo igualar a quienes igualan” es un problema de libertad política (de ingeniería constitucional), y desde luego no un problema de igualdad material.
(La Democracia en 30 Lecciones, Lección 14. por Giovanni Sartori)

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