Cruda realidad / La ideología de género y la tiranía definitiva

Abro Actuall y veo hasta cinco temas de la página de inicio dedicados a la llamada ‘ideología de género’, y se me ocurre que algún bienintencionado paseante podría pensar que hay cierta obsesión rayana en lo malsano con esta cuestión. Al final, se dirá nuestro paseante ocasional, son opciones personales, el sexo es lo más propio de la persona y por tanto lo que debería gozar de mayor autonomía individual, no se obliga a nadie a cambiar de sexo o declararse con el contrario al aparente sino meramente a tolerarlo en los otros. Mayor libertad, ¿no? Que es lo que distingue a nuestra civilización de los bárbaros que intentan subvertirla.

Pues no, en absoluto. La ideología de género y su hermana mayor, el feminismo -la idea de que los sexos están en una relación marxista de opresor/oprimido que genera y demanda un enfrentamiento- es el pilar más importante de la fuerza que nos destruye, con mucha diferencia, porque, al final, el sexo es infinitamente más crucial para la formación y mantenimiento de una sociedad que las teorías económicas o la forma de gobierno.

Ha sido, en realidad, la polémica del verano, burkini sí, burkini no, la que ha acabado de abrirme los ojos a este respecto: si el islam acaba haciéndose con Europa y heredando nuestra civilización, no es porque sea fuerte, sino porque estamos terminalmente debilitados. El islam, para Europa, es solo un resfriado, con independencia de que sea el resfriado que acaba matando al enfermo de sida.

Da pena ver a tanto ‘liberal’ oponiéndose a la prenda musulmana con una especie de orgullo de todas las enfermedades sociales que, precisamente, nos hacen tan vulnerables a la presión musulmana. Y ese cúmulo de ideas corrosivas para el que no encuentro otro nombre que ‘progresía’ es el sida, la enfermedad que ha destruido minuciosamente nuestro sistema inmunológico.

Y la base de esa ‘progresía’ no es otra que la negación agresiva de la naturaleza. En todo, porque cualquier limitación natural es casi un insulto personal para nuestros ingenieros sociales, una ofensa imperdonable para nuestros poderosos. El antiguo tirano, por omnímodo que fuera su poder, tenía siempre cuidado de no forzar la realidad, no ir a contrapelo de la naturaleza, o acababa con la cabeza en un sitio y el resto del cuerpo en otro. Pero nuestro moderno y formalmente democrático sátrapa quiere hacer reales sus fantasías por decreto, con consecuencias devastadoras.

Por eso una se alegra de que estas cosas todavía se puedan decir y agradece publicaciones que recuerden que 2 + 2 = 4 y que no hay potentado de la tierra que pueda cambiar eso. Es el momento de subirse a los tejados a proclamar como orates lo que para toda la humanidad durante toda la historia -al menos, para Occidente durante la mayor parte de su historia- ha sido demasiado de sentido común para argumentar sobre ello; es hora de coger el megáfono y repetir los tópicos más pedestres aprendidos en las faldas de la abuela:

Que hay dos sexos, solo dos, hombre y mujer, que son gloriosamente diferentes, exageradamente distintos en ocasiones porque son complementarios, que juntos construyen la familia donde nace, crece y aprende el mundo la especie humana y sin la que no hay civilización posible

Que el ser humano ama lo propio más que lo ajeno, lo familiar antes que lo extraño, lo cercano más entrañablemente que lo lejano, y que eso no lo van a cambiar unas élites que nos tratan como piezas intercambiables con sus proyectados cambios de población que no se traducen en alegres y cohesionadas sociedades multiculturales, sino en conjuntos de guetos cerrados en sí mismos y poblados de individuos que mudan la confianza por el recelo.

Que la compasión es una maravillosa virtud que nos distingue de las bestias, pero que no puede ser el único criterio ni podemos permitir que convierta a las víctimas, reales o, más frecuentemente, nominales en tiranos de la mayoría; que ser o sentirse víctima no significa necesariamente tener razón ni ser sabio.

Que una sociedad buena es la que hace fácil ser bueno, que la excepción no debe gobernar sobre la norma ni lo marginal dictar sus condiciones sobre lo central y mayoritario.

Que los incentivos funcionan siempre y en todo, y no solo en el mundo comercial; que lo que se premia, abunda, y lo que se castiga, escasea; que dejar impune el crimen es incentivarlo y ofrecer una ventaja a una posición es pedir a gritos que se multiplique.

Que el instinto de adorar, y de hacerlo públicamente, es innato al hombre y ha estado presente en todas las sociedades y que, se crea o no personalmente, conviene que existan creyentes, aunque solo sea por lo dicho en el párrafo anterior, porque tienen un incentivo extra para ser honrados, justos, caritativos y diligentes.

Que si la verdad no existe o es relativa, nadie puede estar seguro de nada, empezando por eso que tanto se repite hoy, los derechos, y el poder acaba siendo el árbitro último de lo que debemos, por decreto, considerar cierto. En este sentido, la ideología de género es especialmente nefasto porque es un ataque frontal contra la verdad, porque si cada uno puede definir ‘su’ realidad, una vez más, acabará siendo la mera fuerza la que decida las discordancias.

Podría, en fin, llenar folios y folios de perogrulladas que casi me avergüenza escribir por lo evidente, pero que escribo porque se niegan cada día desde los medios al servicio del poder.

No hay, no puede haber, tiranía peor que la que nos obliga a confesar lo que sabemos que no es cierto, porque ninguna otra puede envilecer -y, por tanto, domar- el espíritu humano hasta tal punto. Por eso os digo: ¡gritad!

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