Argentina: «Los osos no son conejos»

Argentina: «Los osos no son conejos»

La negación de la realidad tiene lógicamente sus consecuencias. Si tengo delante de mí un poste, y a su vez afirmo: “no hay nada, tengo paso libre”, piense lo que piense, al avanzar, el poste se encargará de hacerme saber de su presencia. Ya lo expuso Aristóteles en el libro IV de su Metafísica cuando diserta sobre el principio de no contradicción y la verdad o falsedad: “¿Por qué, si encuentran pozos y precipicios al dar sus paseos en la madrugada, no caminan en línea recta, y antes bien, toman sus precauciones, como si creyesen que no es a la vez bueno y malo caer en ellos?”. Y quien es un ser humano de sexo masculino, no podrá ser al mismo tiempo uno de sexo femenino.

Ocurrió un hecho aberrante pero que pone completamente al descubierto todo el absurdo de la ideología de género: un “transgenero” mató a una mujer en una competencia de contacto violento llamada vale tudo. La noqueó a los 24 segundos de comenzado el primer round, tras producirle traumatismos craneoencefálicos. Como el objetivo de este escrito no es la competencia en sí sino otro, me permito en breve digresión decir que no considero a esas competencias un deporte, por más que los que estén peleando sean realmente del mismo sexo.

Por favor, nadie se deje llevar por las palabras ladinas. La noticia concretamente es esta: un hombre que se creía mujer, mató sobre un ring a una mujer. No peleaban dos mujeres: peleaba un hombre y una mujer. Pero la fantasía perversa y delirante de los defensores de la ideología de género se empeñan contra toda evidencia en ver lo que no es. Este resultado evidenciable fácilmente, lo canté de algún modo el 19 de octubre del 2017, en el artículo titulado “’Transexualizando’ el deporte femenino”, en donde comenté un fallo judicial abominable, que permitía a un varón que se creía mujer ingresar a jugar en un equipo de hokey femenino; y en un párrafo expuse: “A lo anterior se lo ve como una victoria de la justicia y de la igualdad. Pero no hay asomo de justicia ni miras de igualdad: todas las mujeres de un equipo de hockey notarán una fuerza extraña que las supera; si hay una pelea –normalmente ocurren en los partidos-, el hombre camuflado dejará en muy malas condiciones a la mujer con la que se enfrente; las mujeres de hockey al cambiarse en el vestuario, acaso tengan que ver contra su deseo, un pene que le cuelga a alguien que les dice contra toda evidencia: “yo soy mujer como ustedes”. En resumen: ¿por qué todas esas mujeres deben vivir todo eso, por culpa de un fallo que es una burla a la justicia? Es mentira que les importa la mujer. Medidas como las aquí desenmascaradas no implican en modo alguno defender a la mujer contra las transformaciones, sino que defienden a las trasformaciones contra la mujer.”

Toda la gran farsa de la igualdad quedó desplomada con el caso de marras. El verdadero luchador devenido en “luchadora”, y su rival, una verdadera luchadora, podrán haber tenido igualdad de entrenamiento; igualdad de alimentación; igualdad respecto de las máquinas usadas para la musculatura; igualdad de técnicas; pero hay una igualdad que es imposible de alcanzar: que un hombre sea igual a una mujer, o que una mujer sea igual a un hombre. Y viene aquí una crítica hecha a los médicos, no desde un enfoque de la medicina respecto de la que me confieso un ignorante, sino desde el sentido común al que muchos de ellos parecen desconocer. Porque así como hay letrados que traicionan la justicia, también hay galenos que traicionan la salud. Las noticias dicen: “El Comité Deportivo Internacional todavía exige que para competir, ya sea una mujer trans o un travesti, sea necesaria una prueba de hormonoterapia para controlar que el nivel de testosterona sea menos de la mitad de las mujeres heterosexuales. Según las nuevas reglas de esta institución, las mujeres atletas trans podrán competir después de 12 meses de tratamiento hormonal, pasar la prueba de hormonoterapia (siendo el nivel de testosterona menor a los 10 nmol/L. En cambio, no es obligatorio que sufran cirugías para el cambio de sexo y la decisión de competir con el sexo identificado ha de mantenerse durante al menos cuatro años consecutivos.” Tamaña sandez podría perfectamente ser refutada por un niño medianamente lúcido. O sea que si un hombre se cree mujer durante 4 años, es mujer: pero si se cree mujer habiendo transcurrido tan solo 3 años y 364 días, aún no lo es, ¿está claro? También tenemos el cuento de la testosterona. Por si aún no se ha advertido, la lucha sobre un ring no consiste en ver quien atrapa al otro para librar una relación sexual, sino en una cuestión de poderío físico que intenta dejar al oponente, en lo posible, noqueado. Por tanto, la preparación física (y que es en definitiva lo que interesa a los luchadores) tiende a ser lo mejor posible, lo más completa. En resumen: con la testosterona baja, el luchador que se cree una lady, ante un golpe de su rival que le causó daño, podrá lanzar un grito como el de una delicada Heidi llamando a su abuelito; pero, sin lugar a dudas, los golpes físicos que él lance, serán los de un hombre creyéndose un guerrero total y viril; serán los golpes de una furia masculina en acción, porque precisamente lo que está actuando es toda una naturaleza masculina, completa, y no, unas hormonas disminuidas. Cifro en esto lo afirmado: la posible disminución hormonal no cambia la naturaleza.

Un caso con matices parecidos al aquí tratado pero que no termino en muerte, fue el sucedido con una mujer llamada Brents, la cual le tocó luchar contra un hombre que decía ser mujer y se hacía llamar Fallon Fox. Luego de la lucha Brents dijo: “Nunca sentí la fuerza que sentí en una pelea como lo hice esa noche. No puedo responder si es porque él nació un hombre o no, porque yo no soy médico. Sólo puedo decir que nunca me he sentido tan disminuida en mi vida, y yo soy mujer fuerte”. No hace falta ser médico para responder algo que el sentido común muestra fácilmente. Nadie duda de que Brents haya sido en ese entonces “una mujer fuerte”; pero mucho menos puede dudarse de que el luchador contra el que luchaba haya sido “un hombre fuerte”.

Podrá alguien decir que un oso es un conejo; podrá incluso, dándose muchas mañas, hacer que el terrible y gran mamífero aparezca con unas largas orejas como las del simpático animalito de jardín; podrá, por caso, anestesiando al grandulón feroz, hacer que su inmensa cabeza luzca como la de un conejillo inofensivo, solo que en tamaño descomunal; pero todo el ensayo transformativo desaparecerá de un plumazo cuando, quien creyendo que el salvaje plantígrado es un juguetón conejo, intente con total ingenuidad darle de comer una pequeña zanahoria. El oso comerá a la persona dejando de lado a la zanahoria, la cual solamente servirá de prueba contundente y calificada, respecto de lo que implica la estupidez humana en un grado nunca antes visto.

Coordinadora Nacional Pro Familia [CONAPFAM]

Objetivos: • Canalizar la voz de la ciudadanía ante autoridades públicas e instancias de la sociedad civil para hacer presentes sus derechos y promover sus deberes. • Promoción, divulgación y defensa de los valores, derechos y deberes de la familia y de la vida humana.

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