Entre los aspectos positivos —si es que existe alguno— que se puede rescatar en el intento de imponer la ideología de género en el Currículo Nacional de Educación Básica está la toma de conciencia cada vez más firme por parte de la sociedad civil acerca de la importancia de estar informados sobre lo que viene sucediendo en ámbitos que, hasta hace algunos años, no eran del interés inmediato del ciudadano de a pie. Tal es el caso de la elaboración de leyes.

Sin embargo, si bien el espiral del silencio de la corrección política se ha roto y cada vez son más las personas que se unen al rechazo de la imposición del género en nuestras políticas públicas —ya sea a través de colectivos o de sus redes sociales personales—, también es cierto que ante esta titánica tarea se abre otro sendero que debe ser recorrido para que esta resistencia sea más efectiva: la formación.

Cuando en los inicios del siglo XX Antonio Gramsci hablaba de la revolución cultural y del rol del intelectual en el cambio de los valores sociales se refería precisamente a la importancia que tiene para la hegemonía de pensamiento el tomar las instancias de formación académica. Y eso es lo que está pasando en nuestro país: vemos muchas de las universidades plagadas de ideología neomarxista, que vienen formando líderes con ideas constructivistas y progresistas que ya ocupan puestos políticos y, a través de estos, imponen la agenda de género. Son personas preparadas, con títulos académicos, con múltiples herramientas para el debate y llegada a muchas personas.

Por eso, es imprescindible preguntarnos: ¿estamos haciendo lo mismo los que queremos contrarrestar el marxismo cultural y el género en nuestra sociedad? ¿O sólo nos estamos preparando en nuestras carreras profesionales a nivel técnico comprándonos, además, el discurso materialista de “que estudiar Humanidades no le sirve a un ingeniero para construir puentes”? ¿Estamos buscando fundamentos antropológicos y filosóficos del por qué defendemos lo que defendemos o nos estamos quedando a nivel superficial repitiendo argumentos aprendidos sin ir más allá del guión?

Si bien tener argumentos elaborados es muy bueno para categorizar las ideas y estar preparados para un debate inclusive en un almuerzo familiar, debemos ser conscientes de que tener información sin formación puede muchas veces decantar en un prejuicio para la causa. Y para ilustrarlo usemos un ejemplo reciente. Cuando se debatía en el Senado argentino la legalización del aborto, se suscitaron muchísimas manifestaciones de las “pañuelos verdes” (favorables al aborto). Entre estas, fueron viralizadas en mayor medida las protestas de un grupo de jovencitas escolares protestando en los colegios. Lo más llamativo de estas escenas fue cuando los periodistas les preguntaban el por qué estaban a favor del aborto. La gran mayoría respondía como disco rayado una serie de argumentos que iban desde “es mi cuerpe, es mi dereche” hasta “macho muerto, abono para mi huerto”. Pero, cuando se les preguntaba “entonces, ¿dónde quedan los derechos del ser humano en el vientre materno”?,  ellas decían: “¿qué tiene que ver la vida con el aborto? Y volvían al: “es mi cuerpe, es mi dereche” y seguían con el balotario de respuestas memorizadas, sin ser capaces de sustentar absolutamente nada que salga del guión de adoctrinamiento.

Si este ejemplo lo traspasamos a nuestra experiencia, también debemos analizar si es que tenemos fundamentos más allá de los que se repiten en redes de manera sistemática. ¿Sabemos por qué uno debe defender la vida más allá de que esté escrito en un papel de derechos internacionales? ¿Sabemos por qué el género atenta contra la esencia del ser humano? ¿Entendemos cuál es la dimensión de la sexualidad en el desarrollo integral de la persona? ¿Podemos fundamentar por qué las políticas de género contribuyen a exacerbar la violencia en lugar de disminuirla? ¿Entendemos por qué decimos que el género es una ideología y no un enfoque? ¿Sabemos, finalmente, quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos?

Si queremos defender nuestros valores tradicionales y la cultura que nos ha sostenido como sociedad los últimos dos mil años debemos conocerla. También debemos entender por qué vivirla es bueno para nosotros como individuos y como comunidad. Si no lo hacemos, terminaremos siendo como ese grupo de jovencitas que cuando les hacen una pregunta fuera del guión aprendido, tropiezan y caen. Y eso es muy dañino en vistas a un debate de ideas alturado y no una pelea de pandillas.

Debemos empezar a comprometernos sinceramente con lo que defendemos. Debemos tener claras cuáles son las concepciones del hombre, del mundo y de la historia que benefician el desarrollo social. Tenemos que estar preparados para que no se instaure una visión social dañina y destructiva para nosotros y las generaciones futuras. La receta de Gramsci es clara: conquistar “el mundo de las ideas”, para que lleguen a ser “las ideas del mundo”.

Objetivos:
• Canalizar la voz de la ciudadanía ante autoridades públicas e instancias de la sociedad civil para hacer presentes sus derechos y promover sus deberes.
• Promoción, divulgación y defensa de los valores, derechos y deberes de la familia y de la vida humana.
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