Se acaban de cumplir cien años del fin de la Primera Guerra Mundial. Y un siglo después, el eje de la Tierra ha cambiado: de Europa a China y Estados Unidos.

Europa se ha convertido en un enano prematuramente envejecido, sin fuelle demográfico, sin relevancia política, con un futuro problemático, corroído por el ácido del multiculturalismo.

Nadie lo hubiera podido imaginar a principios del siglo XX, cuando el mundo era eurocéntrico. En 1897, aniversario de la coronación de la reina Victoria, se celebró en Londres un fastuoso desfile de las tropas coloniales. Y un niño contemplaba embelesado los cañones, que habían hecho la guerra del Nilo contra El Mahdi, narrada por Winston Churchill. El chaval pensaba -como Francis Fukuyama tras la Caída del Muro- que aquel era el fin de la Historia, y que la luz de la civilización, implantada por el Imperio Británico, nunca se apagaría.

Aquel niño, llamado Arnold J. Toynbee, creció, vivió las dos guerras mundiales, el proceso de descolonización y el auge de EEUU, y tuvo que reconocer que aquel entusiasmo era sólo un espejismo. Lo dejó por escrito, convertido ya en un influyente ensayista, en su famosa obra Estudio de la Historia.

Durante más de 500 años, Occidente -o lo que es lo mismo Europa-  ha configurado al mundo. “Ninguna civilización anterior había alcanzado nunca un predominio como el que alcanzó Occidente sobre el resto del mundo” afirma Niall Ferguson en Civilización. Occidente y el resto.

El Viejo Continente ha difundido el cristianismo -la religión más grande del mundo-; ha descubierto y evangelizado América; ha aportado la Ilustración y la Revolución Industrial; el submarino y la imprenta; el Derecho romano y las leyes de Indias; la mística de San Juan de la Cruz y la novela de Cervantes; el teatro de Shakespeare y La montaña mágica de Thomas Mann; la Aeropagítica de John Milton y la división de poderes de Montesquieu; la revolución científica de Copérnico y Newton, y las alegres sinfonías de Mozart.

El “siglo estadounidense” ha seguido siendo europeo: Von Braun, Einstein, Berners Lee, etc.

Incluso en el siglo XX, el “siglo estadounidense”, el legado cultural y científico ha seguido siendo predominantemente europeo. Detrás de la llegada del hombre a la Luna hay un alemán: Von Braun; el más influyente líder religioso es polaco: Juan Pablo II; el mayor científico del siglo ha sido otro europeo: Einstein; y hasta el creador de la red informática mundial, la World Wide Web, gracias a la cual está usted leyendo este artículo, es un inglés: Tim Berners-Lee, auxiliado por un belga, Robert Cailliau.

Hasta el cine es europeo (los hermanos Lumiére) y algunos de los genios de la pantalla nacieron en Europa (Hitchcock, Chaplin, Renoir, Ridley Scott). Y ni siquiera la televisión es norteamericana -sus inventores son un escocés, John Logie Baird y un alemán, Manfred von Ardenne-, y las primeras emisiones públicas las hizo la BBC, en 1936.

Y sin embargo, el Viejo Continente parece replegarse sobre sí mismo, como si semejante legado no sirviera para nada. Y los líderes de una Unión Europea errática “se sienten cada vez más irrelevantes (…) aparentemente sin confianza en su presente o en su pasado ilustre, y tan a menudo ignorados por las grandes potencias”, como apunta Victor Davis Hanson.

Niall Ferguson hace una comparación significativa: mientras que en la UE hay once Estados con una población inferior a seis millones de habitantes; en China hay 11 ciudades con más de ocho millones de habitantes. Y algunos de los países más poblados del Viejo Continente (como Francia) pueden dejar de ser culturalmente europeos en tres o cuatro decenios, conforme vaya creciendo la población musulmana. De los casi 310 millones de habitantes de Europa, unos 100 millones serán musulmanes en cuestión de décadas.

El viento de la Historia parece haber barrido al Viejo Continente. Y si ocasionalmente vuelve a formar parte de la agenda internacional lo hace por “los problemas económicos, como un adolescente conflictivo que amenaza con suicidarse”, según apunta Ferguson.

Las razones del repliegue europeo no son otras que el olvido de sus raíces antropológicas y la pérdida de fe en sí misma. Esa esterilidad de valores se traduce en infertilidad física, como demuestra la dramática involución demográfica.

Y -como advierte Michel Houellebecq– el demográfico no es “un suicidio lento. Una vez que has llegado a una tasa de natalidad del 1,3 o el 1,4, después las cosas van muy rápido”.

¿Pacto para la migración o amenaza para Europa?

Pero se juntan el hambre con las ganas de comer si a eso añadimos la invasión cultural que supone la islamización de varios países europeos. Un proceso que lejos de remitir tras el repunte migratorio de los último años, puede aumentar con el Pacto Global de Naciones Unidas para la migración.

Basado en la Declaración de Nueva York (2016), el Pacto pretende establecer las bases para regular “una inmigración segura, regular y ordenada”, ante uno de los mayores movimientos migratorios de la Historia. El problema es que ese Pacto puede convertirse en un arma de dos filos, un coladero, como ha denunciado Hungría. Por un lado, Europa necesita de savia joven y no debe cerrarse a la inmigración; pero por otro lado, corre el peligro de abrir aún más la espita del multiculturalismo y aceptar a quienes no quieren integrarse.

El ministro de Asuntos Exteriores húngaro ha dicho que el Pacto puede entrañar un “grave peligro” para Europa, porque está “destinado a tipificar la inmigración ilegal como un derecho humano fundamental” .

Hungría no es el único país que se opone al Pacto. Polonia, Austria, Croacia y República Checa  tampoco lo firmarán.

Y es que algunos de los países del antiguo bloque del Este son los que paradójicamente parece tener una conciencia más clara una mayor de sus raíces europeas. O no tan paradójicamente, porque quienes han sufrido en sus carnes la tiranía aprecian más que nadie la libertad.

 

Fuente: https://www.actuall.com/criterio/democracia/europa-se-suicida-mas-deprisa-lo-parece/?fbclid=IwAR3lQIT-A7qfMJQAvo7R3kXelYu5rQy-78ZtQ2k39boW30AiXSephDC1pds

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