Mis abuelos tuvieron cinco hijos. Uno de ellos era mi madre. Eran los años anteriores a la guerra civil. Años complicados e inseguros. Lo más seguro era la familia.

Mi abuelo era el que traía el dinero a casa, con su trabajo y esfuerzo, para sostener la economía de la familia.

Mi abuela sostenía el hogar y los hijos, su educación y cuidado.

¡Pero no!, ¡que no salten las feministas y los pro igualdad!

En la intimidad de la alcoba, como si de una reunión ejecutiva de una gran empresa se tratara, mis abuelos trataban los temas importantes: el trabajo profesional de él y el trabajo doméstico de ella.

Entre los dos analizaban lo que era mejor, si el sueldo era suficiente, si había que recortar o si habían podido ahorrar, si el empleo era afín a sus objetivos familiares o se alejaba de las convicciones morales, como debían tratar a cada hijo, que tipo de educación debían impartir y buscar, que problemas tenía cada hijo o que talentos y buenas aptitudes, como dirigirles, pero sin manipularles, etc …

El tiempo les daría la razón de que habían mantenido un buen rumbo. No les preocuparon la opinión de los demás en cuanto a cómo trataban de llevar y encauzar sus vidas.

Los hijos fueron creciendo en edad y madurez. Buenos hijos, buenos ciudadanos. Preparados para ser el futuro.

Y pronto empezó a crecer la familia. Llegaron más niños, los nietos. Muchos nietos. Ya se empezaba a gestar la siguiente generación. El futuro estaba garantizado.

Aunque no de igual manera. No todos los hijos construyeron su propia familia, ni todos tuvieron tantos hijos.

Una buena diapositiva real de la sociedad. Personas solteras, matrimonios sin hijos, familias solo con uno o dos hijos y otros que decidieron tener familias numerosas.

Parece horroroso renunciar al trabajo por los hijos, pero no nos parece mal renunciar a tener hijos por el trabajo o para llevar una vida acomodada

Pero claro, como no todos tuvieron descendencia, la proyección demográfica de la familia iba decreciendo. Los nietos también siguieron la misma tónica: unos construyeron familias con hijos, pero otros no. Y la familia siguió decreciendo.

Así hasta ahora, inmersos en un problema demográfico de narices.

En el Informe que se envió al Consejo Europeo del Grupo de Reflexión sobre el futuro en la Unión Europea se dice: “Es necesario incorporar a más mujeres a la población activa ocupada, haciendo compatible trabajo y natalidad”.

Construir una familia, tener hijos y renunciar al trabajo para poder atender al hogar y a los hijos parece cosa del pasado. No se puede permitir que esto pase. Obligar a renunciar al trabajo profesional es un pecado grave que no se puede permitir en estos tiempos.

Pero si analizamos nuestra actividad diaria, estamos constantemente renunciando. Al elegir se renuncia. Lógico, ¿no?  ¿Qué hay de malo?

Parece horroroso renunciar al trabajo por los hijos, pero no nos parece mal renunciar a tener hijos por el trabajo o para llevar una vida acomodada.

El verdadero problema es que no existen cunas para que nazcan y crezcan niños. No hay familias que tengan descendencia, niños, futuro

En teoría de eso trata la conciliación. De equilibrar trabajo y familia, o familia y trabajo. Que ninguno de los padres se desvincule ni de sostener económicamente a la familia, ni del cuidado, educación y acompañamiento de los hijos.

El problema que nos preocupa no es que haya menos nacimientos y que por ello haya menos gente. ¡En algunas partes del planeta hay demasiadas! Pero hay sitio para todos. Entonces, ¿la emigración debe ser la solución? No la única ni la más importante.

El verdadero problema es que no existen cunas para que nazcan y crezcan niños. No hay familias que tengan descendencia, niños, futuro.

El problema no se resolvería teniendo niños sin más, sino construyendo familias que alberguen a esos niños que tanto se necesitan.

Construir la sociedad a base de familias contribuirá a que ésta crezca de forma positiva.

Si cada vez hay menos familias y éstas se rompen cada vez más, la tendencia a la conciliación se reducirá pues no habrá nada que conciliar

Las familias con hijos sabrán manejar su vida y cómo quieren que sea conducida. Exigirán en el trabajo mejores condiciones para poder desarrollarse profesionalmente y a la vez poder cuidar, atender y disfrutar de su familia.

Si cada vez hay menos familias y éstas se rompen cada vez más, la tendencia a la conciliación se reducirá pues no habrá nada que conciliar.

El problema no es que mi abuela no trabajara fuera de casa, sino que cada vez haya menos familias y menos niños en las familias y eso repercute en que cada vez es menos necesaria la conciliación.

Y lo que es preocupante también es que se impongan medidas correctoras de esta tendencia de decrecimiento demográfico solo para que la economía vaya bien y que el estado del bienestar perdure. No solo se debe medir el impacto del invierno demográfico en términos económicos.

Solo con niños echados al mundo no se soluciona el problema. Hacen falta familias que sean las cunas de estos niños, que los mecen, cuidan, acurrucan, para que éstos sean hombres y mujeres de bien, esforzados trabajadores, voluntariosas personas al servicio de los demás y de los que más lo necesiten, generosos y alegres, cultos y formados en valores y virtudes que hagan del futuro una alegre esperanza de dejar una mejor herencia de la que recibimos de nuestros padres y abuelos.

Si la pirámide sigue invertida, nuestro único horizonte es el precipicio.

Si logramos revertirla las vías del tren podrán seguir hacia otra estación, perdurar otra generación.

 

Fuente: https://www.actuall.com/criterio/familia/la-via-del-tren-se-acaba/

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• Canalizar la voz de la ciudadanía ante autoridades públicas e instancias de la sociedad civil para hacer presentes sus derechos y promover sus deberes.
• Promoción, divulgación y defensa de los valores, derechos y deberes de la familia y de la vida humana.
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