Mucho nos agrada a los maestros observar a nuestros estudiantes en el recreo, porque es allí donde se desenvuelven tal y como son. Pregunto ¿en qué momento dejó de ser normal y natural que las niñas se agrupen para jugar a la cuerda, a los jaxes o con muñecas, sin que sean éstas unas alienadas por el patriarcado? y ¿por qué resulta misógino y machista permitir que los niños quieran jugar solo con la pelota y al trompo? Si, intencionalmente, cambiamos los juegos entre ellos y los animamos a hacerlos mixtos ¿esto va a producir en ellos mayor respeto a la mujer?

Las sociedades han de seguir aceptando hechos científicamente relevantes, ¡como que el hombre y la mujer son diferentes! Sí, lo dije, ¡y no he muerto al decirlo! Ambos, hombre y mujer somos científicamente distintos, sin que ello signifique que no tengamos los mismos derechos y las mismas oportunidades.

En 1981, el Dr. Roger Sperry ganó el Premio Nobel en Medicina y Fisiología por su estudio realizado sobre cómo funciona el cerebro en los bebés mujeres y varones. El Dr. Sperry descubrió que entre la décimo sexta y la vigésimo sexta semana de gestación, en los bebés varones se produce una reacción química en el cerebro, que no ocurre en el caso de las mujeres. Se liberan dos sustancias químicas que disminuyen la velocidad del desarrollo del hemisferio derecho del cerebro, la parte de los afectos. Por ello existen sentimientos propios de niñas y existen sentimientos propios de niños, porque piensan y se conducen de manera diferente. Mientras siga habiendo humanidad sobre esta tierra, que bastante desgastada está, seguirá siendo igual, a pesar de las intentonas confusas de las políticas neoliberales de querer desarraigar la sexualidad humana de su naturaleza, inventando que se puede construir una identidad, con la cual no se nace.

Siempre ha de existir la diferencia permanente y marcada entre el hombre y la mujer, ambos son el ejemplo diario que los niños reciben en el hogar y se espera contengan los valores necesarios para la vida. Sin embargo, hoy somos testigos de uno de los más cuestionados cambios que está atravesando nuestra sociedad: el de la desestructuración de la familia, y no hay que tener miedo a decirlo. Se busca desvirtuar la presencia de los progenitores infundiendo engañosamente la desestimación y poca valía de cada uno de los miembros que la componen.  Esto produce, de manera forzada y abrupta, que los niños sufran una desorientación e información errada que les restará duramente aquel referente necesario para desarrollarse de manera natural, como es propio de su sexo, al nacer.

Los niños nacen con una identidad sexual y ésta es científicamente inherente al ser. Ellos necesitan referentes conductuales para que así puedan reafirmar dicha identidad, ya que es un fundamento esencial para su normal desarrollo y desenvolvimiento. Cualquier distorsión, o inclusive ausencia de cualquiera de las imágenes ―ya sea la paterna o materna―, modifican la vida y las posibilidades del niño a ser realmente feliz, pues tanto el padre como la madre otorgan aportes totalmente diferentes en la crianza de los hijos.

El Dr. Pruett de la Facultad de Medicina de la Universidad Yale (EE.UU.), afirma que la famosa frase “Yo soy padre y madre”, no tiene sustento alguno. Pruett sostiene que el niño logra distinguir a hombre y mujer cuando aún se encuentra en el vientre, y que lo más recomendable es sustituir la ausencia de cualquiera de los padres, con algún familiar o amistad que pueda aportar este rol a la crianza del niño.

Profesora por la Univ. Garcilaso de la Vega con Maestría en Administración de la Educación por la Univ. Vallejo. Fue Directora del Colegio Alberto Benjamín Simpson.
Actualmente es Presidenta del Consorcio de Colegios de la ACYM del Perú, Directora del Colegio Kenn Opperman y Presidenta de la ONG Educar es de Padres.

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