A sus 6 años, Mario no puede, naturalmente, votar. No puede tomarse una caña ni encenderse un cigarro; no puede dejar de ir al colegio, ni trabajar; no puede decidir lo que come ni someterse a un procedimiento médico sin el permiso de sus padres o tutores y, en un proceso de divorcio o similar, un juez decidiría por él con quién tiene que vivir y cuántos días pasará con este o aquel progenitor.

En suma, lo que Mario piense o decida no tiene absolutamente ningún peso legal, cero. Si Mario dice que ha visto un fantasma, o que de mayor quiere ser astronauta, o que no va a volver a hablar a su hermana en su vida, los adultos sonríen o se enfadan o se preocupan, pero en ningún caso toman su decisión con la seriedad con que lo harían con una declaración equivalente por un adulto. Y tienen, naturalmente, razón, porque Mario tiene 6 años.

 Pero ahora resulta que sobre las palabras de Mario quiere construirse la ley, que Mario, al que todavía le quedan años para entrar en esa edad en que se define la orientación sexual, puede decir que en realidad es una niña, María, y todo el aparato del Estado debe tomarle la palabra, como ha hecho su madre.

Seguimos sabiendo que entre el 80% y el 90% de los niños con impulsos transexuales en la infancia los pierden espontáneamente al llegar a la pubertad

No, no ha habido ningún nuevo y revelador avance científico, y seguimos sabiendo, por ejemplo, que entre el 80% y el 90% de los niños con impulsos transexuales en la infancia los pierden espontáneamente al llegar a la pubertad.

Su caso es, ni más ni menos, la foto de primera de El País, abanderado en vendernos toda la ingeniería social que pergeñan nuestras élites culturales.

Portada El País
Portada El País del 2 de mayo

Y ese año toca la cosa transgénero, que le vamos a hacer. Sale su foto de cara pixelada, vestido de niña y bajo la mano protectora de su madre, que sonríe orgullosa.

No voy a repetirme, que ya hablé de eso y de la naturaleza brutalmente anticientífica -y, mucho más importante, inhumana- de ese ‘avance’.

En esta ocasión quiero centrarme en el conjunto de estos experimentos de ingeniería social y, sobre todo, su ‘venta’ al conjunto de la sociedad por parte de los dueños del discurso.

Cuando las grandes empresas de demoscopia preguntan a los norteamericanos de hoy qué porcentaje de la población es homosexual, las respuestas van de un cuarto a un tercio de la población. La realidad apenas llega a una décima parte de esa proporción: entre un 2% y un 3%, según los estudios más recientes, completos y recurrentes.

¿Qué explica, entonces, esa disparidad? Lógicamente, que medios de comunicación, películas, series y declaraciones públicas insisten de forma tan desproporcionada en recoger las ideas y venidas, penas y triunfos de estos ‘colectivos’ que, en una sociedad desconectada, los individuos reciben su idea de cómo es el mundo de lo que ve en los medios de comunicación; lo que aparece en estos acaba siendo más ‘real’ y, por tanto, informa más sus opiniones que lo que vive en su experiencia diaria.

Por volver a la historia de El País, el titular en páginas interiores es: ‘Esperanza para los niños transexuales: “De mayor me llamaré María”. Ahora, eso es el antiperiodismo, una toma de postura que contradice los datos que dábamos arriba, la ciencia y el sentido común.

Mario -así se llama el niño por el momento en el Registro Civil- no tiene la menor idea de cómo sentirá cuando llegue a la pubertad, pero ya no es probable que pueda verlo con un mínimo de libertad después de años de ser llamado ‘María’ y de saber que su madre y sus hermanos esperan de él una conducta convencionalmente ‘femenina’. ¿’Esperanza’?

Tampoco sabe, si sigue ese camino, la vida de tratamientos hormonales de cuestionables efectos secundarios y radicales transformaciones quirúrgicas que previsiblemente se abre ante él. Con toda probabilidad, si algo sale mal, si Mario-María se arrepiente, como sucede en un número alarmantemente alto de casos, El País no estará allí para contarlo.

Si la homosexualidad representa una exigua minoría, la transexualidad cae ya en lo estadísticamente anecdótico: un 0’5% según la Oficina del Censo de EEUU

Pero si la homosexualidad representa una exigua minoría que no parece tal por lo volcados que están nuestros amos en promocionarla, la transexualidad caen ya en lo estadísticamente anecdótico. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, un 0,5%.

¿No es extraño que colectivos tan minoritarios obtengan tanta atención de nuestros mandatarios, que al tiempo descuidan grupos mucho más numerosos?

La respuesta es que los transexuales hoy, como los homosexuales ayer, son meras piezas en un proyecto que busca romper amarras, primero, con nuestras raíces culturales y, segundo, con la propia realidad biológica, un mundo en el que el poderoso pueda, al fin, definir la realidad sin cortapisas.

Objetivos:
• Canalizar la voz de la ciudadanía ante autoridades públicas e instancias de la sociedad civil para hacer presentes sus derechos y promover sus deberes.
• Promoción, divulgación y defensa de los valores, derechos y deberes de la familia y de la vida humana.
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