Por Tomás I. González Pondal.

Vi a don Quijote de la Mancha y a Sancho Panza peleando con un grupo de feministas, y escuché lo siguiente:

– Sancho amigo –dijo don Quijote – prepárate para una nueva y descomunal batalla, pues por lo que se ve venir delante deben ser unos de los enemigos más terribles y deformes con los que caballero alguno se haya enfrentado jamás. La ventura es más pretensiosa de lo que uno cree, y, como veis, querido escudero, quiere hallar a nuestros fuertes y valientes brazos en acción, enfrentando a monstruos asesinos semejantes a ballenas con patas de mastodonte, y que a nuestro encuentro osan venir.

– Mire vuestra merced –respondió Sancho- que lo que yo veo venir son un grupo de mujeres agitando carteles, y no ballenas asesinas.

– ¿Cuántas veces te he explicado lo que ocurre con los encantamientos? –replicó don Quijote-. Si acaso en lo que avanza raudamente hacia nosotros estáis viendo mujeres y no desaforados monstruos, es que habéis sido encantado, y por obra del hechizo tienes la mente confusa querido amigo. ¡Cuán rápido echáis al olvido, por caso, lo acontecido con los gigantes que tú confundías con molinos!

– Tiene razón mi señor –respondió Sancho llevándose la mano izquierda a la cabeza-.

– ¡Mirad Sancho las quince primeras, las que vienen a la vanguardia! –exclamó don Quijote sorprendido-. ¿Habéis visto algo semejante? Sus ojos llamean odio y sus deformes cabezas presentan manchas extrañas; tienen ubres liberadas y sus carnes rollizas danzan desnudas. Braman mostrando colmillos.

– Paréceme, señor, que sus bramidos dicen algo así como “muerte al macho”. ¡Potente hechizo: son ballenas monstruosas que se dejan entender! –dijo Sancho inclinando su oído derecho en dirección a donde los alaridos eran pronunciados-.

– ¡Os lo he dicho y ahora por vuestra propia audición lo confirmas: tienen sed de sangre humana! –sostuvo don Quijote-. Además fijaos, Sancho, tienen lemas agresivos en sus carnes y sus aletas portan mensajes sanguinarios. ¡Preparaos que están muy cerca!

Habiendo concluido don Quijote su advertencia, la vanguardia feminista y unas cincuenta mujeres más se frenaron a unos escasos cinco metros del hidalgo y su escudero. Una feminista, al parecer la que comandaba a las demás, se adelantó unos pasos y en voz potente exclamó:

– ¡Fuera del camino malditos patriarcales, abran paso a las mujeres feministas!

Luego de oír lo referido, Sancho se acercó con su jumento al amo, y le dijo:

– MI señor, le dije que eran mujeres.

– ¡Qué no lo son, Sancho! ¡No seáis porfiado! Concedo que podrían serlo por el idioma que usan, pero por ahora se hallan claramente transformadas por encantamiento. Y tú, buen escudero, andáis a merced de sus magias, por eso te hacen creer en lo que ahora no son.

– Hace no mucho tiempo -dijo Sancho- he escuchado hablar de las feministas, pero nada muy preciso; por eso ignoraba todo esto del hechizo.

– ¿En ocasión de qué oísteis hablar de mal tan singular? –preguntó don Quijote-.

– Sabe mi señor –dijo Sancho- que lo que he escuchado fue más bien fruto de un cotilleo ocurrido cerca de mi casa. Don Genaro De la Tibieza, político de renombre, parece ser que se ha peleado a muerte con su mujer porque no le ha cosido bien una camisa; concomitante a eso, se supo que ha granjeado la estima de un grupo de feministas gracias a sus silencios cómplices, aunque puertas adentro dice ser partidario de la ley natural.

– ¡Oh, amigo Sancho, está pasando en demasía eso que me cuentas! –dijo don Quijote, y acotó: Hoy mucha gente se pela por cuestiones de las más superficiales al punto de llegar a disolver viejas amistades; y también se ven nuevas amistades debido a uniones logradas tras guardar silencios perniciosos sobre las cosas más esenciales.

Mientras aún departía don Quijote y Sancho, la feminista adelantada se dio media vuelta y arengo a las demás diciendo: “¡Teta, teta, teta, hoy aquí estamos por las igualdades!”. Y todas a una voz dijeron: “¡Teta, teta, teta, hoy aquí estamos por las igualdades”!

Sin dejar que más nada dijeran, el Quijote con voz firme increpó a las feministas:

– ¡Escuchad raros cachalotes del averno y dejad de pronunciar insensateces: os conviene desistir de vuestra empresa que a nada cuerdo conduce. Nunca jamás he visto a ninguna de vosotras ir a enrolarse al ejército para pelear. Si pues habláis de igualdades, id y luchad por la patria!

Se hizo un gran silencio, acaso porque la voz del Quijote infundió temor; o acaso porque estaba apuntando con su lanza a las feministas y lo veían enojado. Pero una vez más la que comandaba a las desquiciadas se dio medio vuelta, miró a sus acompañantes y vociferó: “¡Teta al aire es libertad, ya no más impunidad!” Y todas gritaron: “¡Teta al aire es libertad, ya no más impunidad!”.

Visto lo anterior y enfurecido el Quijote, desmontó de Rocinante, dejó su lanza apoyada en la montura, hizo un par de movimientos de desajuste tocante a las cosas que traía encima, y con un caudal suficiente de voz para ser oído por el grupo de feministas, ordenó a Sancho:

– ¡Desmontad del jumento, amigo, y prepárate como yo para desenvainar!

– ¡Hecho mi señor! –dijo Sancho, pero agregó: – Como vuestra merced sabe, siempre le obedezco; pero he aquí que no traigo espada que desenvainar, y tampoco entiendo por qué vuestra merced tiene ambas manos agarrando el borde superior de su pantalón.

– ¡Porque en miras a la igualdad invocada por los cetáceos malignos, hemos de desnudar nuestras partes pudendas y desenvainar así nuestros miembros viriles!

– ¡Mi señor…!

Sancho no pudo terminar con lo que iba a decir, pues se escuchó al unísono un grito de espanto parecido a un prolongado “ay”, seguido de mezcladas imputaciones como: “Cochinos; inmundos; degenerados; violadores; exhibicionistas; quebrantadores de la ley”, y otras cosas análogas.

– ¡Callad! ¡Callad, amalgama de desquicies! Nosotros no íbamos a desnudarnos, solo queríamos probaros vuestra sinrazón, y la prueba quedó a la perfección realizada. Pues cuanto vosotras nos imputáis, vosotras sois, pues vosotras traéis las masas corporales sin vestimentas.

De manera completamente inopinada y sin contestar absolutamente nada sobre lo que acababa de expresar el señor don Quijote de la Mancha, desde el fondo del grupo feminista se escuchó una voz aflautada e histérica que afirmó: “Antes puta que ama de casa”. Sancho, puesto que ya le había aprendido la modalidad irónica de su amo, ni lerdo ni perezoso la interrogó diciendo:

– ¿Y cuánto cobráis por vuestros servicios?

Don Quijote lanzó una carcajada y manifestó:

– ¡Celebro vuestra perspicacia querido amigo! Bien sabéis que os he dicho que “es mucha sandez la risa que de leve causa procede”, pero también ahora os digo que aplaudo la gracia puesta al servicio de una causa noble. Y:

Tocante a las amas de casa
han de saber todas ellas,
que entre las cosas más bellas,
más dignas y más elevadas,
está el imitar a la Estrella
por nadie jamás igualada.

– ¡Ahhh, ahhhh, ahhhhh! –comenzaron a emitir gemidos de espanto las feministas. Y a coro manifestaban: “¡Acaba de lanzarnos un piropo, ahhhhhh! ¡Energúmeno patriarcal, hilachento violador! ¡Muerte al macho!”

Don Quijote se tomó la cabeza con ambas manos no creyendo pueda existir tanta estupidez reunida, y Sancho, viendo a su amo hacer tal gesto, hizo lo mismo. Luego el ingenioso hidalgo aseveró:

– Para vuestra tranquilidad seres hechizados, no son palabras que les cuadre. Fueron dirigidas muy bien intencionadas en loor de las amas de casa, cosa que vosotras con odio rechazáis. Por cierto, no queréis piropos, pero: vuestros insultos, ¿a título de piropos hemos de recibirlos?

Las feministas parecían no querer oír de razones ni querer entrar en ellas. Por eso, antes de responder algo coherente salían con cualquier cosa o proponían nuevas frases engañosas. Como si todo lo anterior no fuese suficiente, la feminista que dirigía la batuta, mirando con desorbitados ojos a don Quijote le imputó ser un represor representante de la violencia, todo significado en sus armas. A lo que don Quijote dijo:

– A mis armas que son para defender al débil las veis como signos de la represión, y vosotras que deseáis -conforme luce en vuestros carteles- la muerte del ser humano en gestación os presentías como signos de la paz.

Y montando el señor hidalgo en Rocinante y habiendo asido su lanza, conminó a las feministas diciendo:

¡Basta ya de vuestros embustes deformes orcas subversivas y ultrajadoras de vientres! ¡Os doy treinta segundos para huir de nuestra presencia, si acaso no queréis que sea la punta de mi lanza la encargada de romper con el hechizo!

Viendo la resolución, bravura y enfurecimiento que presentaba don Quijote, e intuyendo que se le había acabado la paciencia, las feministas retrocedieron y se marcharon. En su partida iban murmurando cosas y proferían insultos contra el caballero y su escudero, contra Dios, contra la Iglesia, contra la naturaleza, contra las amas de casa, en fin, contra todo lo que suponía orden y bien. Hasta un pajarito azul resultó muerto por una pedrada lanzada por una feminista, que al arrojar el guijarro gritó: “maldito canario, llevas el azul representante del patriarcado”. Ante matanza tan descomunal y desencajado Sancho por lo que había presenciado, interrogó a su amo de la siguiente manera:

– ¿No traían acaso un cartel que decía “amad a todos los animales”? ¿Por qué entonces esa “cosa” mató a la pobre ave?

– Solamente por odio a nosotros –contestó don Quijote-. Fuera de eso, debes saber Sancho que hoy se pide respeto a la naturaleza para defender los modernos “derechos del perro”, pero se escupe a la naturaleza si se trata de defender los inalterables derechos del hombre.

– ¡Cuánta razón le asiste mi señor! Solo me permito corregirlo en una expresión –señaló Sancho-.

– ¿En cuál? –interrogó don Quijote-.

– Usted dijo orca, y debió decir orco. Si no se asemeja a esa presidente chilena llamada Bachelet, masona y abortista, que defiende terminología “igualitaria” como terremoto-terremota.

– Lejos de mí tal semejanza, Sancho –expresó don Quijote-. Al decir orca hice referencia a una especie de ballena; en cambio, un orco es un monstruo fijo de ficción. Y estas feministas parecen, como queda dicho, deformes orcas con patas de mastodontes. Mas, puedes si así lo deseas, denominarlas orcos, pues sea de una o de otra manera hay cierta monstruosidad en su forma de ser.

Se supo también que gracias a la valerosa intervención del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la Iglesia de un pueblo cercano a donde se produjo la reyerta, se salvó de ser agredida y ensuciada con soeces frases y blasfemias varias.

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Me desperté muy perturbado. Me hizo bien darme cuenta de que todo había sido un suceso soñado y nada más. Y un sueño no es una resurrección. Cumplo con la admonición cervantina de no resucitar a Don Quijote.

“Agradezco sus lecciones, y siga descansando en paz, señor caballero”.

Fuente: https://www.facebook.com/tomgonzalezpondal/posts/913344178832567

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