Por Tomás I. González Pondal

Mi propuesta inicial puede resultar muy chocante, pero la dejaré asentada: desconfíe de todos los slogan de la modernidad. En lo posible no los mire con una lupa sino con un microscopio, aunque, a decir verdad, a veces no hace falta más que la simple vista para apreciar su forma espantosa.

Sin temor a equivocarnos, si queremos llegar en auto a una casa que se encuentra a cien metros por delante, mal haríamos en pensar que lo lograríamos poniendo la reversa y yendo doscientos metros para atrás. No se salva una paloma proponiendo extirparle el corazón. Nos cuentan ahora que debemos salvar el planeta extinguiendo al hombre. Pero el planeta no se salva matando gente, seguramente porque se llegaría a un punto en donde ya no habría nadie que compruebe si el planeta se ha salvado. Puedo proponer que para evitar la “contaminación ambiental” no debemos respirar; pero al morir todos, nadie comprobaría si se logró la moderna “obra de beneficencia”.

El principio que mantienen los mentores del exterminio humano, es el siguiente: que para procurar una rica mermelada de manzana, es muy conveniente liquidar a los manzanos. Para esos tremendos egoístas lo conveniente no es enseñar un recto cuidado, sino que en un tiempo no muy lejano ya no haya cuidadores.

Están intentando modificar de raíz los pilares constitutivos del universo; están queriendo que se vean a las destrucciones y a las muertes como cosas impensadas para estos tiempos, aunque, paradójicamente, invitan a la destrucción camuflada y a la muerte macabra. Decir: “Salve el planeta, no tenga hijos”, me trae a la memoria aquello que Orwell dejó estampado en su obra 1984 sobre el pensamiento del perverso Hermano Grande, pensamiento que quería dominarlo todo: «El poder consiste (…) en desgarrar en pedazos el entendimiento humano para volverlo a reconstruir conforme a nuestros propósitos (…). El progreso en nuestro mundo consistirá en evolucionar hacia padecimientos más perfeccionados»; y hablando de ese progreso expresa que se tratará de una civilización que no tendrá por base «la caridad», sino «el odio».

Quien pretende que no haya hijos, tiene tanto interés en la salvación del planeta, como interés tengo yo de que Obama sea presidente del Club de Peluqueros; vale decir: ninguno. Tal pretensor está buscando un momentáneo llenado de buche sin contratiempos mayores; pero horas más horas menos también deberá partir; la muerte le golpeará la puerta y será el último mensaje para ver si se da cuenta que lo que había que salvar era otra cosa.

Es mentira que no quieren muertes: quieren las que ellos proponen, con lo cual están destruyendo la sana regla de la destrucción. Pues hay en el mundo un equilibrio de destrucciones no solo permitido sino necesario. La pantera seguirá matando para comer; el volcán no le pedirá permiso a Greenpeace cuando se le ocurra descargar su furia de lava y polvo; y el trueno y el relámpago -aunque les pese a los puritanos congresistas que levantan sus manos contra los fuegos artificiales porque sus perritos llorarán un poco más de lo común para Navidad o Año Nuevo-, seguirán dando su espectáculo casi todos los días en distintos lugares de la Tierra, espectáculo que no discrimina a los perros de esos mismos legisladores.

Para salvar al mundo, la moderna mentalidad no nos propone simplemente un castigo para el cazador que caza indiscriminadamente y por el solo deleite de matar: nos propone que erradiquemos al género humano. Algo así como si una persona llegase a robar un alfajor, y por tal hecho metiéramos preso hasta a su bisabuelo.

Ni siquiera sabrían decirnos a ciencia cierta qué sería salvar el planeta, pues si a éste lo componen un montón de cosas, ¿cómo puedo matar a alguna de ellas y que no lo perjudique? ¿Cómo puede alguien matar a una cucaracha y decir que no perjudica a la salvación planetaria? O, ¿cómo puede alguien conducir sobre un pastizal y decir que matar al pasto no atenta contra la salvación en cuestión?

La pregunta sin rodeos es: ¿alguien debe salvar el planeta? Y la respuesta sin rodeos es: Nadie está llamado a salvarlo. Nadie tiene ese deber, y el sentido común se encarga de darnos esa lección. No pude salvar a la señora que estando a diez casas de distancia de la mía fue asesinada a la madrugada. Mucho menos pude salvar al niño africano que fue devorado por un cocodrilo. No pude salvar a la familia Pérez que vivía a un kilómetro del lago Titicaca y murió por asfixia debido a una liberación de gas. No pude salvar a los que se estrellaron en cualquier viaje aéreo. No pude evitar que un bosque se quemara completo en cualquier lado que fuere porque un objeto que hacía las veces de lupa en contacto con los rayos solares generó el fuego inicial. Tengo un deber de cuidado racional respecto de los seres del planeta con los que tomo contacto, pero no un deber de “salvar al planeta”. Debe entenderse la expresión en toda su magnitud para que se descubra la falsedad de la misma. No existe una orden impresa que me impela como fuerza interna a salvar el mundo. En todo caso, descubro un deber de darle una mano a mi hermano que está en peligro, pero nadie fue conminado a la increíble misión de darle salvación al orbe. Hoy invierten todo: enseñan que tengo el deber de salvar la Tierra despreciando a los hijos.

Asistimos a la estupidez de dejar que todas las especies se reproduzcan, al tiempo que se lucha con denuedo por limitar a la especie humana. Se ve como cosa buena a una superpoblación de todas las especies, pero la única población que debe eliminarse es la nuestra. Hace millones de años el planeta viene dando sobradas pruebas de que está hecho para el humano, pero ahora parece que es el humano el que debe estar al servicio del planeta. Ya no se trata de salvar el alma, se trata de salvar todos los tigres de bengala existentes. No se trata de los Diez Mandamientos, sino de la Carta de la Tierra que, al decir de Mikhail Gorbachov en 1992, es el documento que debería reemplazar a aquellos.

No me cabe ninguna duda: la Tierra estaría muchísimo mejor sin los modernos “salvadores”.

Admitiendo de momento la existencia de hombres llamados a salvar el planeta, confiaría mucho más en el cazador furtivo de leones, y no, en el cazador sanguinario de humanos. Al menos el primero tiene un rifle y apunta a una bestia, en cambio el segundo es algo más que una bestia apuntando con bisturí a un humano.

Fuente: https://m.facebook.com/tomgonzalezpondal/photos/a.874918896008429.1073741828.874904702676515/909951325838519/

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