Por Mario Ramos-Reyes

Filósofo político

El debate en torno a la cuestión de la ideología de género es más que interesante. Obliga, al menos a aquellas personas que son movidas no por emociones, a pensar. Y eso es bueno, sobre todo en un sistema de gobierno que pretende autogobernarse, como es una república. Pero veamos. Uno de los temas, intrincado por cierto, es si la teoría de género –que por lo menos lo de teoría se debe conceder– deviene en lo que se llama una ideología.

Algunos que comulgan con ella dicen que no. Que no es una ideología. Dos cosas me sugieren dicha afirmación. La primera es cierto rechazo a querer llamarse ideología a una propuesta por la posible connotación negativa del término. Y la segunda, que me parece más preocupante, es el negar la realidad de que esta exista.

Para simplificar este tema tan complejo, sería interesante tocar dos aspectos fundamentales. El primero es, qué se entiende por ideología. Aquí hay mucha tela que cortar y esto no se puede hacer en un artículo breve. Pero, si nos atenemos a un concepto positivo –no a una suerte de encubrimiento de la realidad como pensaba Marx de lo ideológico–, ideología es un sistema de ideas, que reflejan un tiempo y un modo de pensar y que, como tal, busca transformar la realidad. Una ideología sería así una serie de ideas o de principios rectores entrelazados en un todo orgánico que, presentados como propuestas, mueven las conductas y sobre todo, la pasión de los que la esgrimen.

Así, la ideología pretende ser una visión del mundo vibrante, profética y que desafía el pensar dominante, hegemónico de una época. Dada esta descripción sucinta, fácil es ver cómo, por ejemplo el marxismo o marxismos, y lo mismo el liberalismo o los liberalismos o bien fascismos, han sido ideologías. Todas ellas han aspirado a ser la interpretación totalizadora, y muchas veces, totalitaria de la sociedad. Todas plantean razones, algunas recurren a la fuerza, la del poder o del derecho, para cambiar la historia. La teoría del género es, en ese sentido, una ideología como a las otras.

Sus ideas son bastante claras. Posee una tesis central sobre el ser humano como una construcción “sin naturaleza” o indiferentes a la misma. Eso no se puede negar. Un ser humano no nace sexual o heterosexual sino se hace. Y lo hace su historia, o su educación o el poder. Por eso, se infiere que a la identidad humana lo crea el poder. Y si es la palabra la que expresa la voluntad del que manda, entonces, el lenguaje debe cambiarse para que esté, el poder, en estricto lingo posmoderno “de-construya” la realidad. ¿Y dónde queda así la moral? Y cada uno se la inventa. Pues si uno se crea a uno mismo conforme a la educación o el poder, entonces, la moral es relativa a cada individuo conforme a sus deseos.

Todas estas ideas se entrelazan como pinceladas para dar una visión que tendría como cuadro común que la realidad no es lo que es, pues esta, es solo lo que dicen otros que es. Es lo que dice el poder patriarcal o racial. Y todo esto hay que desmontarlo, deconstruirlo. Es que la democracia, hoy cuasi planetaria, debe ser llenada con contenidos de género, donde las minorías, sexuales o raciales, o la mujeres marginadas, tengan el poder, o el protagonismo en la misma. Y se elabora así, poco a poco, una estrategia ideológica, que nace de esa realidad social.

En esto, yo no vería nada escandaloso: es la realidad de una forma de pensar que brota de una necesidad humana. ¿Por qué entonces, no querer asumir eso de ideología? ¿Será por la mala fama de las otras ideologías cuyos “pecados” se tratan se endilgarle a esta? No lo sé. Pero lo que sí me parece, es que se trata de no aceptar el término ideológico, pues, lo “ideológico” como tal, tiende a “copar” toda la sociedad. Esa ha sido una tentación de todas, sin excepción, las ideologías. La de género no está inmune: una vez que propone sus ideas, apunta a que las mismas se impongan. Tiene aversión a la crítica, quiere todo, vía el derecho o vía la política, y así, se torna un ideologismo que, como reducción cerrada, diría mi maestro Adriano Irala, no descansa hasta negar a todo aquel que se le oponga.

Por eso, al leer que se esgrime que no existe esa ideología, me parece absurdo. Y más aún pues, de que exista, no es el problema. Después de todo vivimos en una democracia pluralista. Lo que sí preocupa, es su tendencia a la exclusividad, y de demonizar como discriminatorio a todo el que se oponga.

Por eso, quiero insistir en algo que ya mencioné anteriormente en otros artículos. En una democracia liberal republicana, el Estado debe mantenerse, en la medida de lo posible, razonadamente equidistante de las diversas posturas ideológicas que habitan en la sociedad. Insisto, tanto el ciudadano creyente en la racionalidad de su fe como aquel devoto de la racionalidad de género deben tener un espacio, el espacio público, para plantear sus propuestas. Por eso, sostener que la teoría de género, no es una ideología, no solo no es cierto en los hechos, sino negativo y engañoso para una democracia.

Fuente: http://www.lanacion.com.py/columnistas/2017/11/02/el-porque-la-teoria-de-genero-es-una-ideologia/