Por Tomás I. González Pondal

Como podrán imaginar, el título de este escrito no implica algo relativo a lo gastronómico, ni tampoco hago alusión a algún tipo de accidente físico. No se trata de pasteles de crema y frutillas lanzados contra un felino. Hago sí referencia a la expresión utilizada para indicar que una mujer se hizo lesbiana. Se habla de “torta” o “tortillera”. Parece que la denominación encuentra su origen en una comparación entre lo sucedido con la elaboración de ciertos comestibles y lo que ocurre sexualmente entre dos mujeres, cosa que no me interesa profundizar.

En el Chaco, Argentina, se llevó a cabo una marcha más de las tortilleras y otros productos de la pastelería ideológica, y una vez más dieron prueba de su tendencia al caos y a la irracionalidad. A la movilización se la llamó: “Orgullosamente Torta”. Ellas mismas, gustosas, asumieron el nombre. Entre sus actos infaltables de bestialidad, tenemos que colocaron toallitas femeninas con sangre de menstruación en la Iglesia Catedral del Chaco, hicieron pintadas en distintas instituciones y otros daños.

En la «Facultad Regional Resistencia» dejaron anotado: “Lesbianas. Muerte al macho”. Estamos indiscutiblemente en presencia de gente que odia. No es menor tener presente el dato. Se trata de odio. Es un pedido de muerte, ciego, pasional, obcecado. Es la declaración de guerra al hombre.

Normalmente usamos las expresiones «macho» y «hembra» para referirnos a los animales irracionales, los que, agreguemos, actúan por instintos. Comen, hieren o matan, movidos por sus instintos; y en eso hay algo que no debe soslayarse: actúan perfectamente conforme a su ser esencial. No hay nada objetable en el comportamiento animal. Sería una estupidez pretender que un león no desee comerse una gacela cuando tiene hambre; irá a buscarla y se la devorará. Y está perfecto, responde acabadamente a su naturaleza animal. Pero el orgullo tortillero pide muerte y consagra el odio hacia el sexo opuesto en la escala humana. Con lo cual, son ellas mismas las que dan prueba de algo que ni siquiera encajaría con la bestialidad y el salvajismo de los irracionales sensitivos. No se les puede atribuir a ellos culpabilidad moral por sus violentos ataques, en cambio a las lesbianas sí. Incluso, si se observa, rara vez entre los animales de una misma especie el macho mata a la hembra. El león no come generalmente leonas, ni las leonas comen leones. Pero las tortas orgullosas que piden la “muerte del macho”, están diciendo –tal vez sin advertirlo- en su expresión: muera mi papá, mueran mis hermanos, muera mi abuelo, muera don Carlos de la despensa de la esquina con sus ochenta años; en fin, piden un reino de mujeres sin hombres. No alcanzan a ver una sencillísima razón: sin la participación de un hombre no existirían; y si existen, es porque no está bien el exterminio del “macho”, como ellas así lo llaman y desean.

Si quiere hacerse una analogía que en cierto modo encaje con las “tortas orgullosas”, debe hablarse de comportamientos bestiales pero identificados con lo monstruoso, vale decir, algo desconcertantemente extraño al reino animal. El monstruo bestial puede ser algo trabajado por la imaginación (una bestia peluda con cien garras y colmillos de dos metros), o puede tratarse lisa y llanamente de algo demoníaco (realidad); en ambos casos se ve una aproximación a seres que están más allá de los conocidos en esta tierra. Y por eso las acciones perpetradas en las soberbias marchas LGBT tocan la monstruosidad, lo demoníaco.

Cuando el diccionario da los significados de «macho», en ningún momento refiere algo peyorativo. Y al referirse al hombre lo hace en razón de la fuerza y valentía que se pueda hallar en él. Incluso hay algo psicológico: aunque hoy se tienda a feminizar al hombre para degenerarlo, a la virilidad no le desagrada una comparación animal, al contrario, y por eso mismo no le incomoda si se le dice macho. Pero en la pregonada igualdad ideológica que ignora todo sobre buena psicología, habría que decir perfectamente de una mujer: “que hembra que es”. Sucede que, ciertamente, suena muy horrible aplicado a una mujer. Alguien puede decir de un hombre que defendió a una anciana: “realmente es un macho”, y no pasa nada; pero nadie diría de una mujer que se atrevió a enrostrar a un político patán por los engaños de éste: “¡Oh, que flor de hembra!”. Rápidamente nos denunciarían por discriminación, por rebajar a la mujer a una condición infrahumana. Si fueran coherentes con su igualdad fementida, no deberían ni chistar.

Dejo claro, por las dudas, que toda violencia malvada, venga de un sexo o del otro, es totalmente reprochable. Pero eso no da pié a que se funde una ideología. No se soluciona un error creando un tratado de falacias. Si alguien miente, actúa mal, y la mentira debe ser atacada mostrando la verdad, se trate de quien se trate. Pero nada justifica que para atacar la mentira, deba fundarse el “Club de Señoritas Anti-mentiristas”, encargado de pedir la muerte de los hombres mentirosos.

Hemos llegado a un punto en donde si uno elogia una arma de guerra antigua es considerado un neonazi; pero si una horda malvada y orgullosa brega por la muerte de humanos haciendo incluso apología de otros delitos (por caso, el exhibicionismo), goza de la protección estatal, y, por supuesto, se trata de unas “damas que reclaman derechos”.

El demencial orgullo prueba también su gran demencia, cuando pretende hacernos creer que sus integrantes son algo así como embajadoras de la paz. Y no es un problema menor, que muchos estén “comiéndose” la porción salida de la torta.

Fuente: https://www.facebook.com/tomgonzalezpondal/posts/885236251643360

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