Nunca ha sido fácil defender y promover la vida humana, pero siempre ha sido una tarea apasionante y un verdadero honor porque forma parte de las más profundas y esenciales convicciones y porque se trata de un asunto de congruencia.

¿Cómo arrancar cruelmente la vida? ¿Cómo eliminarla —especialmente cuando necesita todo nuestro cariño y protección— si nosotros hemos sido bendecidos con la generación que nos vio nacer, que nos protegió, que vibró con nuestra existencia?

¿Cómo negar el derecho de nacer, de conocer el sol, de ser amados y realizar la propia existencia? ¿Cómo arrancar del corazón lo específicamente humano que es el cuidado de los más indefensos, el cariño hacia los más desprotegidos, el asombro y la contemplación frente a la maravilla y el misterio de la vida humana?

Si se desprecia la vida, si se repudia la vida, si se elimina la vida, especialmente en su más tierna edad, ¿qué le queda a esta sociedad? ¿Qué futuro tenemos? ¿Qué entrañas le quedarán al ser humano? ¿Qué vida nos espera, o más bien qué muerte nos espera?

La legalización del aborto es una imposición que se está dando en una sociedad supuestamente democrática donde se desprecian los valores que fundamentan y dan estabilidad a la vida de la sociedad.

La defensa de la vida humana no se basa en sentimientos religiosos, sino en profundas convicciones de fe y en sólidas bases científicas, genéticas y filosóficas. Se podría desarrollar nuevamente esta fundamentación, como tantas veces se ha hecho, pero es suficiente por ahora ubicarnos delante de la situación penosa y alarmante que vive nuestro pueblo.

Mientras el país está sumergido en una espiral de violencia se requiere más que nunca la promoción de la vida, el fortalecimiento de la familia y la formación en valores de los niños y la juventud.

Ahora que tanto anhelamos la paz no podemos contradecirnos ni retroceder permitiendo mecanismos de muerte, pues eso en definitiva es el aborto: un mecanismo de muerte, un asesinato. Se mandaría un mensaje equivocado a los niños y a los jóvenes ahora que estamos tomando plena conciencia de lo que significa encauzar su vida a través de los valores.

Una vez los hombres de izquierda luchaban por los más pobres e indefensos. Ahora se pretende catalogar como progresistas a los que asumen la agenda de la ideología de género y con una retórica carente de fundamentos metafísicos argumentan un supuesto «derecho al aborto» que estaría por encima de los derechos de los bebés en el vientre materno, los cuales esperan que luchemos por ellos, ya que aún no pueden levantar la mano, pero con sus latidos nos indican todo el deseo que tienen de vivir, de ser protegidos y de ser amados.

Menos mal que los que hoy levantan la mano para pedir el aborto, cuando no podían levantar la mano por sí mismos fueron protegidos por sus familias y por una sociedad que estaba arraigada en la convicción de la intangibilidad de la vida.

Lamentablemente no es el último capítulo de esta historia. Vendrán otros ataques y se buscarán subterfugios y estratagemas legislativos para imponer la abultada agenda de la ideología de género que ha eclipsado a la clase política y está imponiendo una especie de dictadura cultural.

Nos tocará mantenernos firmes, mostrar nuestra gratitud por la vida y ser congruentes. Seguiremos luchando y caminando contracorriente frente a la intolerancia y la imposición de la ideología de género.

Pero con todos los riesgos, con esta persecución disfrazada de cultura, progreso y legalidad seguirá siendo un honor y un privilegio defender y promover la vida humana, especialmente en el vientre materno.

Fuente: https://www.diariodexalapa.com.mx/columna/si-se-desprecia-la-vida-que-le-queda-a-esta-sociedad

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