Martin Pointing, un cincuentón padre de tres hijos decidió volverse mujer. La particularidad de este caso de transgenerismo tardío es que se trataba de un violador reincidente, condenado a cadena perpetua, que logró su traslado a una cárcel de mujeres con nueva identidad: Jessica Winfield. Difícil concebir un mejor paliativo para las cuitas de un atacante sexual condenado a vivir tras las rejas por el resto de sus días.

A pesar de haber tenido una operación de cambio de sexo, Jessica no se detuvo en pormenores genitales para su cambio de género y conservó su apreciado miembro viril. Existen varios tipos de cirugías para mujeres trans, tales como feminización facial, implante de senos o disminución de la apariencia de la manzana de Adán. Como las operaciones de Jessica fueron pagadas por la sanidad pública, algunas víctimas de violación protestaron. El grupo Voice4Victims trinó que “el violador tuvo un cambio de sexo con fondos del NHS (Servicio Nacional de Salud) mientras las víctimas luchan por tener acceso a tratamiento de soporte y recuperación”.

Para la militancia, lo que importa es cómo se siente la persona trans. Un blog sobre “educación sexual para el mundo real” anota que si alguien conserva algo que “parece un pene”, bien puede pensar “que es su clítoris, y querer que su pareja lo llame así, o que lo toque como si lo fuera”. No se sabe si ese fue el caso de Jessica quien, como temía la administración del penal femenino al que fue transferida, actuó de manera más acorde con su pasado masculino que con su nuevo rol femenino: empezó a acosar sexualmente a sus compañeras, por lo que fue aislada dentro de la prision. Una de sus víctimas considera “diabólica” la situación y con mucho tino anota que “él pudo cambiar físicamente, pero su cerebro es el mismo”. Implícitamente sugiere que entre la sexualidad de las mujeres trans y la femenina existe un abismo que el discurso de la identidad de género ha silenciado.

No es la primera vez que, en el Reino Unido, un hombre condenado logra su traslado a una cárcel de mujeres. En 1999, John Pilley, secuestrador de una conductora de taxi, también en cadena perpetua, fue el primer preso inglés en lograr una operación de cambio de sexo para identificarse como Jane Anne. En 2006, con tupida barba, decidió volver a ser hombre y esperaba tener otra operación de cambio de sexo a cargo del NHS.

Dadas las obvias ventajas del transgenerismo carcelario, se puede sospechar que Jessica Winfield no será el último caso. La publicación de la noticia indignó a la militancia trans. Pink News considera ofensivo, horripilante, el misgendering: referirse a ella como padre, como hombre y, encima, insistir que con su identidad de género anterior fue violador reincidente. Recalca que el deadnaming —seguir usando el nombre original de una persona transgénero— es otra forma de discriminación y anota que “tener un pene no es lo que hace que alguna gente intente violar”, ni siquiera si ya lo hizo repetidamente.

En el Reino Unido, por ley, las personas trans detenidas deben estar en un establecimiento que corresponda a su “certificado de reconocimiento de género”. Tras la muerte de Vikki Thompson, mujer trans que se suicidó en una cárcel masculina, el gobierno anunció cambios en su política: propone que baste la autoidentificación. A pesar de que un jurado consideró que no había razón para trasladar a Vikki a una cárcel femenina, el abogado y académico activista Stephen Whittle, nacido mujer, opina que no debería importar que ella no hubiera empezado tratamiento de cambio de género: “La reasignación es social, no médica, así que ella ha debido ser tratada como cualquier otra mujer joven enviada a prisión”.

Miranda Yardley, feminista trans nacida hombre que conserva el polo a tierra y sentido común, considera inaudito que cuestiones como el misgendering y el deadnaming sean tanto o más importantes que preocuparse por las mujeres violadas, obligar a otras a convivir en la misma prisión con hombres y algo tan sencillo como “el derecho a poder decir la verdad”.

En los EE.UU. Gender Identity Watch se dedica a seguir incidentes que “borran la identidad femenina”. Entre los casos más chocantes están el de James Wolfe, violador de una niña de 8 años, y el de Ronny Darnell también condenado por abusar repetidamente de otra de 13. Ambos se identifican ahora como mujeres y demandaron a quienes los mantienen encarcelados. Perdón, encarceladas, por violadoras.

Fuente: http://www.elespectador.com/opinion/mujeres-violadoras-columna-714191

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