Por Tomás I. González Pondal

¡Qué ternura! ¡Me conmovió! Bachelet invoca el amor para apoyar el “matrimonio homosexual”. ¡Qué corazón tan conmovedor tiene Michelle! En orden a lo que defiende lanza frase como: “No puede ser que los prejuicios antiguos sean más fuertes que el amor”. ¿Qué será prejuicio antiguo para ella? ¿Qué razones da para que sepamos por qué estarían mal? ¿Será un prejuicio de antaño que el matrimonio solo pueda darse entre un hombre y una mujer? Michelle: eso se llama naturaleza. También me pregunto, ¿qué entiende por amor esta presidente tan “impresionantemente amorosa”? ¿Qué entiende por amor esta mandataria, cuya “dilatada dilección” por los seres humanos es tan inmensa, que la llevó a instaurar el asesinato de las criaturas encerradas en el claustro materno?

Pero en un sentido tiene toda la razón la tiernísima Michelle: no es posible que los prejuicios, ni los antiguos ni los modernos, hagan mella al amor, al amor que ella desconoce. No es posible que su frase, tal como ella la entiende, escape a ser una máxima que compendia –ahora sí- un ataque al amor verdadero. Sostener en nombre del amor que dos hombres o dos mujeres pueden casarse, es algo más que un prejuicio, es consagrar la apertura a un mundo fuera de control. No hay amor en lo desvirtuado, no hay amor fuera del bien, y lo que es contranatura podrá ser lo que se quiera pero no ingresa en la esencia del amor. Venga a prueba de mi afirmación estas palabras descabelladas de Bachelet. Dijo mostrarse confiada “en que el Congreso estará a la altura, para garantizar los derechos de todas las personas, hombres y mujeres, sin importar a quien amen o con qué género se identifiquen”. Agregó que su “gobierno impulsa la iniciativa en la certeza de que no es ético ni justo poner límites artificiosos al amor o negar derechos esenciales sólo por el sexo de quienes integran una pareja. Lo hacemos para garantizar un acto de justicia esencial: que quienes desean compartir su vida puedan hacerlo del modo en que ellos o ellas decidan, con plena libertad, orgullo y alegría.” Comprendamos: no importa a quien “ame”, se lo permite un derecho esencial (¿?). Alguien podrá el día de mañana identificarse con el género «hueco de tarro de mayonesa», y pedir matrimonio con una cuchara en nombre de su género elegido.

Michelle invoca a la ética y a la justicia, y subrepticiamente llama a lo natural, artificioso; y a lo que en verdad es un engendro horroroso, pretende que se lo vea como un derecho esencial. Remata todo, aseverando que pertenece a la justicia que quien quiera compartir su vida lo haga del “modo que desee”, dando como “inmensos fundamentos” de sus proposiciones, que todo sea realizado con “libertad plena, orgullo y alegría”. Usted puede desear presentarse con cincuenta chicas a matrimonio, y deberán casarlos en nombre de que así es el modo que desea (quédese tranquilo que ya están en fábrica unas camas especiales). Podrá casarse con una serpiente yarará y nadie le podrá decir nada, pues todo es según el modo que se desee (eso sí, si ella intenta envenenarlo, no es seguro que le concedan después la nulidad matrimonial).

El eminente filósofo chileno, Raúl Madrid, con finísima ironía dijo: “El argumento de Bachelet para firmar un proyecto de matrimonio homosexual es que «no se puede poner límites al amor». Así, si usted se enamora de una pradera o de un semáforo, en lugar de ser llevado a un psiquiátrico, a lo mejor se puede casar.” En la inteligente expresión del Dr. Madrid, se da lo siguiente, y es que: aunque pueda resultar más cómico y sorprendente que alguien se case con un semáforo, todavía es un caso menos ofensivo del orden moral que si se “casasen” dos personas del mismo sexo; en esto último tenemos «dos» voluntades humanas que concurren unidas para la concreción de una violación del orden natural.

Lo que veremos con estos disparates. Ingresaré a un café y me encontraré con un hombre acompañado de una radio con la que dice haberse unido en matrimonio; reiré de la locura y pensaré en la «buena sintonía» que tienen. Pero también puedo ingresar y ver a alguien que, gracias a la ideología de género, se identificó con un caballo y, en consecuencia, pretendió ingresar con una yegua con la cual acaba de contraer nupcias. Sería muy desagradable e incómodo ver eso, y hasta seguramente algo sería desagradable al olfato. Para ser coherentes deberían adaptar todos los lugares públicos para la recepción de todo tipo de criaturas so pena de incurrir en discriminación y violación de la ley. Bueno… voy entendiendo un poco más el tema de los “baños sin género”, aunque hasta sus mentores podrán comprender lo imposible de una empresa así. Lo anterior no es broma. Se deduce con facilidad de los principios retorcidos de los ideólogos.

La expresión «límite» es esclarecedora de muchas cosas. Fue precisamente fuera de los límites del amor donde siempre se ha dado el caos afectivo. Todos los problemas de todos los tiempos tocantes al amor, no se debieron por actuaciones en los límites de él, sino justamente por extralimitaciones fuera de su radio. En el amor verdadero hay orden hacia lo amado. Un “amor” sin límites tal como lo entiende Bachelet recibe el nombre de deformidad afectiva, pasión desordenada. No quiero imaginar cómo le iría al hombre que dijera a su mujer: “Vida te amo, pero mi amor es tan fuera de límites, que también amo -igual que a ti- a Silvina, a Rosa, a Catalina, a María, a Laura y Anita”. Es por no tener límites cuando aparecen las agresiones indebidas. Es por no tener límites que se deforma la educación y vemos tergiversaciones insólitas, hijos que mandan a padres, padres perdidos, docentes atropellados. “Amor” en Bachelet implica que “lo que a uno se le antoje querer, eso es amor”. Para Bachelet no es el amor el que ordena los deseos, son los deseos los que conforman el amor, y por eso también tiene lugar aquí la bestialidad. Para Michelle que predica la validez de lo que ella denomina el “modo que se desee”, un “género fluido” puede contraer “matrimonio”, y su hijo observar todos los días como ellos fluyen de especie en especie, reventándole así la cabeza. Pero esto a Bachelet le importa un bledo en nombre de su “amor” ilimitado. Y por eso tenemos que en su proyecto protervo, todos los modernos especímenes que deseen “casarse” podrán adoptar niños.

Amén de la carencia de sentido común, hace ya tiempo que Bachelete ha probado faltarle básicamente dos cosas más: una, el amor; la otra, los límites.

Fuente: https://www.facebook.com/tomas.gon.92/posts/357256784705071

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