Por Carlos Cuesta.

Esta vez ha sido Juana Rivas. Pero no es ni la primera ni será la última tragedia que desate el ansia de cazar votos e imponer climas de opinión en base a desgracias personales. Juana Rivas puede perder definitivamente a sus hijos, ya ha perdido a su marido -con el que intentó recomponer su vida tras una condena por maltrato a su cónyuge-, y por el camino ha visto perder su felicidad en infinidad de ocasiones. Tantas, como veces se ha ido truncando su proyecto familiar con la persona con la que quiso tenerlo todo y ha acabado de tribunal en tribunal.

Pero nuestros maravillosos activistas y nuestros siempre sensibles políticos no podían dejar pasar la ocasión para hacer campaña de un feminismo radical reconvertido en antifamilia. De un movimiento que, hoy por hoy, parece defender más la imposición de un comportamiento concreto a las mujeres, mucho más que su libertad. De un activismo que se torna en utilización política de su causa original para arrinconar a todo aquel que no crea que los hombres son, por definición violentos, y poco menos que unos sujetos prescindibles y culpables del “heteropatriarcado”.

La noticia de Juana Rivas ha sucedido en estos días de verano a otra que, sin embargo, ni a nuestros políticos, ni a nuestra prensa, parece haberle interesado en exceso: la de la muerte de un bebé por decisión oficial en Reino Unido. Su nombre era Charlie Gard. Y sus padres decidieron pelear por el derecho y deber de todo padre de hacer lo imposible por salvar la vida de sus hijos. El Estado concluyó que este bebé, dependiente de las máquinas hospitalarias que le mantenían en sus funciones vitales, estaba terminal. Lo hizo pese a la existencia de tratamientos experimentales en Estados Unidos, pese a la mediación del Papa, pese a la petición y puesta a disposición de todo lo necesario por el Gobierno de Donald Trump, e, incluso, pese a que los padres habían conseguido aportaciones populares suficientes para pagar el tratamiento experimental. Pero el Estado británico decidió que había que desconectar al bebé. Que sus padres no podían sacar al niño del hospital para intentar salvar su vida. Y esa pelea, arrastrada por los padres y el niño durante casi un mes, no despertó el ansia, ni literaria, ni periodística, ni activista, ni política dentro de nuestras fronteras. Porque, a fin de cuentas, era la familia frente al Estado, la vida frente a la muerte, los derechos de los padres frente a las imposiciones de países que van mordiendo la droga del relativismo. Y eso, hoy en España, por lo visto, no debe ser ni divulgado, ni peleado. Porque si lo haces, te arriesgas a ser marginado frente al pensamiento dominante.

El asunto de Juana Rivas, sí. Ese sí desperezó el debate en plena etapa estival. Porque había una condena previa por malos tratos, porque era un ejemplo perfecto con el que forzar al Gobierno a dar una nueva vuelta de tuerca en favor de la ideología de género, porque permitía presionar al juez -por lo visto, también un ser malvado que pretendía destrozar la vida de los hijos entregándolos a un padre violento-. Interesó tanto, y de forma tan evidentemente desinteresada, que entre toneladas de tinta, vídeos y tertulias sobre el tema, resultaba difícil enterarse de algunos datos. Por ejemplo, como que la última reclamación judicial cursada no era de Juana contra el padre, sino al revés. Porque era ella la que se había marchado con los hijos sin amparo legal. Como que era la Justicia italiana la que había reclamado a la Justicia española la colaboración para lograr la entrega de los hijos. O como que, tras la sentencia por malos tratos, el matrimonio había recompuesto su vida hasta el punto de haber tenido otro hijo. Pero todos estos datos, pasaron a ser detalles sin importancia: lo relevante era usar el caso para exigir al Gobierno otra avance en la legislación por “violencia de género” -la misma que ya recoge el deber del hombre de demostrar su inocencia (no al revés) cuando media denuncia por maltrato-, y para generar una órbita de presión social sobre este y futuros jueces, no vaya a ser que no se hayan enterado de la expulsión del Juez Serrano por ir contra la ideología de género.
Por el camino, los daños colaterales. Juana Rivas decide negarse a entregar a los hijos, se emite la orden de busca y captura, y se arriesga a perder por condena la posibilidad volver a ver lo que más quiere, sus sustento vital: sus hijos. Posiblemente alentada por un grupo de políticos -en cabeza, Susana Díaz- y aspirantes a ello, que la pudieron hacer llegar a creer que podía vencer un pulso al Estado escondiendo a sus hijos del padre.

Nadie se preguntó por los hijos. Nadie estudió los motivos de los jueces para decidir devolverlos al padre pese a la sentencia por malos tratos. Nadie quiso ver más allá del titular. Porque eso rompía el fin último: presionar a las instituciones para que acepten los postulados feministas radicales por encima de los derechos de los niños. Porque nadie justifica la violencia machista, nadie deja de combatirla. Simplemente, y como exige nuestro ordenamiento jurídico, se trataba de tener en cuenta todos los derechos: también y especialmente los de los niños, los más desprotegidos.

Así es nuestra dictadura del pensamiento. La misma que pretende eliminar cualquier consideración de los derechos del niño frente al aborto. La misma que hoy pretende adoctrinar sexualmente desde los colegios a niños de 10 años. La misma que ha negado a los padres de Charlie Gard el derecho a intentar salvar a su hijo. La misma que omite cualquier ayuda a la natalidad, aunque nuestros indicadores muestren un dramático envejecimiento de la población. E, incluso, la misma que ha pedido ya considerar legalmente como agresión machista que un hombre no cruce las piernas al sentarse en en el metro o el autobús. Literal. Así es. Y quienes nos declaramos libres frente a esa dictadura somos conscientes de que nos situamos ante la mira telescópica de una potente maquinaria pensada para apartar a todo el que se oponga a su avance. Como ocurre frente a cualquier dictadura.

Fuente: http://veritas-ucv.com/2017/08/19/juana-rivas-charlie-gard-se-tratan-politicamente-las-tragedias/

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