En noviembre del 2016 nos casamos, después de 5 años de pololeo… al mes siguiente me entero que estaba embarazada. Estaba esperando a mi primera hija y lo digo así porque desde que vi ese test positivo dije que sería niña.
No fue un embarazo planeado, pero lo tomamos como la mejor noticia.

Al principio tenía un pequeño desprendimiento que, con reposo y medicamentos, en una semana se curó y empezó a avanzar mi embarazo muy bien; todos mis exámenes buenos, ecografía perfecta y atendida en una buena clínica. Cuando tenía 22 semanas tuve rotura de membranas. Ese día había despertado extraña, con un mal presentimiento y en la noche cuando ocurrió la rotura mi marido me llevó a urgencias en donde llegué con una enorme hemorragia.

El médico decía “no se ve un buen panorama” y luego me dice que me llevarán a pabellón a hacerme raspaje.

Yo no podía creer que mi hija (ya confirmado el sexo) podía estar muerta, yo sentía que la abrazaba y es ahí cuando me hacen una ecografía y se dan cuenta que mi hija aún seguía con vida.

El médico decía que estábamos con riesgo vital, pero que al haber vida no podían interrumpir el embarazo, por lo que me dejan hospitalizada en cuidados intensivos y de haber estado aprobada la ley de aborto otra experiencia sería…

Al día siguiente me confirman que había perdido todo el líquido amniótico y que debería permanecer dos meses hospitalizada para que mi hija naciera bien, pero a los 6 días me tuvieron que hacer una cesárea de urgencia, faltaban 3 días para los y 6 meses…

En la sala de preparto me pusieron una inyección de corticoides y magnesio para proteger a mi bebé.

Me dicen que mi hija nacería sin vida, o que a lo más viviría un par de horas, pero yo no perdía la confianza. A mi marido no lo dejaron ver el parto, él estaba abrazándome todo el tiempo.

La logran sacar y le hacen reanimación, la intuban y queda hospitalizada en la ucin.

Cuando la conocí no podía dejar de contemplar la perfección de Dios. Cómo podía ser mi hija tan perfecta, la admiré tanto que no podía creer que había nacido de mí.

Pasaron 48 horas y mi hija seguía con vida, respirando con tan sólo 9% de apoyo con ventilación mecánica, los médicos decían que era un milagro.

Todos sus avances los celebrábamos con mi marido con mucho amor, esos días vivimos en la clínica rogándole a Dios que la dejara con nosotros. Al quinto día era el día de la madre, mi hija abrió sus ojos y pude tomarle la mano con la punta de mi dedo, ella me miró fijamente y me apretó fuerte, pese a su pequeña manito. Ese fue el mejor regalo que pude recibir.

A los días siguientes su intestino empezó a inflamarse hasta que se perforó. Pasó por operaciones riesgosas hasta que esa enfermedad (enterocolitis necrotizante) se dispersó y perforó sus pulmones.

Mi hija vivió 13 días y falleció en mis brazos y en los de mi marido.

Recuerdo que cuando empezó a agonizar, con mi marido hicimos una oración con todo nuestro amor y se la entregamos a Dios, pues sabíamos que era más de El que nuestra.

La velamos, la sepultamos y nos ha costado mucho salir adelante.

Los médicos me dicen que yo no tengo ningún problema en mis órganos y que mi hija haya no venía con ninguna enfermedad, solo que posiblemente una bacteria produjo la rotura de membranas.

Me indicaron que para un próximo embarazo tendré que tener tratamiento de antibióticos y chequeos más seguidos, pero el miedo está y siempre estará…

Le pregunté muchas veces a Dios ¿Qué quería de mí? ¿Cómo un embarazo normal puede terminar así? Y aun sin tener respuestas siento que sólo Dios puede sostenerme.

Mi hija era una guerrera y así la nombraban en la ucin, como la niña más fuerte.

Ella unió a mucha gente en oración, mucha gente que incluso no nos conocía.

Me pregunto qué hubiese pasado si ese día que estuvimos en riesgo vital me hubiesen propuesto abortar para salvar mi vida… Jamás lo hubiese hecho!

Los 13 días que vi a mi hija además del embarazo, la pude cuidar, le pudieron dar mi leche, la besé, la abracé, le conté cuentos y mis secretos.

Le hablé de Dios y de la Fe, del hombre maravilloso que tiene de papá. En 13 días le entregué más amor que cualquier madre le pudiera entregar a sus hijos en muchos años, no quedé con nada pendiente.

Si bien mi hija falleció, ningún aborto me hubiera enseñado lo que me hija me enseñó; a ver lo frágil que es la vida, a luchar cada día y vivir el día a día como si fuera el último. Mi hija sacó lo mejor de nosotros y nos unió más aún como familia.

Hoy, pese al dolor, puedo decir que mi Trinidad en lo mejor que me ha pasado, que vino con un propósito que todavía no logro entender del todo, que me cuida y que está en los brazos del Padre donde pertenecía. Que si la hubiésemos abortado, jamás me lo hubiese perdonado, pues la historia sería otra; sin consuelo, sin paz, no hubiese brotado todo el amor que no sabía que existía en mí.

Hoy con mi marido sabemos que hay alguien que nos une de por vida y ella es nuestra hija.

Karla, Chile

Fuente: http://testimoniosporlavida.cl/ningun-aborto-me-hubiera-ensenado-lo-que-mi-hija-me-enseno/

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