Por Irene Spigno.

¡El Autobús de la Libertad ha llegado también a México!

Fruto de una iniciativa de la Asociación española HazteOir.org, encargada de afirmar y promover la participación política, la dignidad y los derechos de la persona y de la familia y el valor de la vida, el Autobús de la Libertad está recorriendo estos días el norte del País. Su objetivo declarado es exigir a las autoridades, a través del ejercicio del derecho constitucional a la libertad de expresión, el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus valores. Es decir, el valor de la vida, de la familia y de la libertad.

El Autobús de la Libertad es un vehículo color naranja. La leyenda que tiene dice “Dejen a mis hijos en paz” y “Con mis hijos no se metan”.

La campaña de HazteOir.org ha empezado en España en la primavera de este año y el mensaje que el autobús llevaba en las calles de Madrid era: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si naces mujer, seguirás siéndolo”. Después que un juez ordenó la retirada de la circulación del autobús por el mensaje que transmitía, el mensaje que circuló por las calles españolas fue: “Los niños tienen pene, las niñas tiene vulva. Lo dice la Biología. Respeto para todos. No al bullying”.

Después de España, el Autobús de la Libertad ha seguido su recurrido por las calles del mundo: Chile, Colombia y finalmente México. Los mensajes varían: “Dejen los niños en paz!”, “#ConMisHijosNoSeMetan”, “Nicolás tiene derecho a un papá y una mamá” o “Estado y familia”.

Muchas han sido las reacciones contrarias – y en algunos casos hasta violentas– que el Autobús de la Libertad ha encontrado durante su recorrido, particularmente de la comunidad LGBTTIQ. Entre los comentarios sobre tales reacciones, hay varios (referidos a los miembros de la comunidad LGBTTIQ) que sintetizan este concepto: “Exigen tolerancia y respeto, pero son intolerantes”. Normalmente son comentarios que se completan con términos e insultos homófobos.

El Autobús de la Libertad pretende ser una forma de ejercicio de la libertad de expresión de valores y principios legítimos, reclamando la posibilidad para los padres de poder educar a sus hijos según sus convicciones morales, éticas y religiosas. Convicciones que obligan a denunciar la supuesta imposición de ideología de género y el adoctrinamiento afectivo-sexual que se está practicando en las escuelas.

En realidad, el Autobús de la Libertad no es un manifiesto de los valores de la vida, de la familia y de la libertad. Detrás de una máscara de political correctness hay algo más. Detrás de una fachada de “libertad” hay una realidad de discriminación y de exclusión.

El mensaje real que transmite el Autobús de la Libertad es excluyente, ya que suprime la posibilidad de contemplar la inclusión de una visión diferente. Este mensaje se podría entender como: “Queremos ser libres de educar a nuestros hijos según lo que es correcto, ya que lo que dicen ustedes no lo es” y esto es un mensaje discriminatorio, de invisibilización y de exclusión.

Es un mensaje que perpetua una discriminación histórica e institucionalizada que una parte de la población, por su preferencia sexual o identidad de género, ha sufrido y sigue sufriendo, ya que la tendencia generalizada hasta mitad del Siglo 20, ha sido en el sentido de criminalizar los comportamientos sexuales no convencionales.

Es un mensaje de intolerancia. Como era un mensaje de intolerancia el que querían transmitir los manifestantes en Skokie, marchando en uniformes nazis y con banderas con la esvástica en un barrio poblado por sobrevivientes judíos de los campos de concentración nazi de la Segunda Guerra Mundial.

El problema es entonces: ¿cuál es el nivel de tolerancia que tiene que tolerar una sociedad tolerante? Esta pregunta, llevada al extremo, conduce a la así llamada “paradoja de la tolerancia”: ¿una sociedad tolerante debe tolerar a todos, incluso a los intolerantes?

Ninguna sociedad, incluso las que se consideran más democráticas y tolerantes, concibe la tolerancia como si se tratara de un principio absoluto. En efecto, una tolerancia ilimitada conduciría a la desaparición de la tolerancia misma.

La extensión de la tolerancia, incluso a los intolerantes sin pensar en un mecanismo de autodefensa contra eventuales – y siempre posibles – degeneraciones de la sociedad tolerante, daría lugar a la destrucción de la sociedad y la tolerancia misma.

Al mismo tiempo, es cierto que una sociedad que se proclama justa debe tolerar a los intolerantes,  bajo pena de convertirse en intolerante a sí misma. Sin embargo, incluso en este último caso, el grado de tolerancia no es absoluto, porque las sociedades deben dotarse de herramientas de autodefensa que prevalecen sobre el principio de la tolerancia.

La consecuencia, en este último caso, sería que se pueden limitar los derechos y libertades de los intolerantes cuando la seguridad y la libertad de las instituciones democráticas son puestas en peligro.

La salida de esta paradoja es una cuestión de ponderación entre valores constitucionales en juego.

Lo que sí me parece de verdad paradójico es que los intolerantes acusen de intolerancia a los objetos de su propia intolerancia. En este caso, los valores constitucionales no nos ofrecen ninguna salida.

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La autora es Secretaria Académica de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

Fuente: http://www.vanguardia.com.mx/articulo/la-paradoja-de-la-intolerancia

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