Muchas críticas se han levantado a este gobierno, pero la de renunciar a sus objetivos últimos no es una de ellas. El realismo sin renuncia es la versión Nueva Mayoría del avanzar sin tranzar. La historia les dará la razón, piensan sus integrantes, porque la justificación está clara en su ideología y los inconvenientes son sólo temporales. En resumen: muy transparente en sus premisas y sus objetivos desde el primer minuto –por eso es tan grave haber firmado el programa de gobierno sin leerlo, como confesó Ignacio Walker sin avergonzarse. Pero, respecto a un tema, el gobierno ha sido particularmente enrevesado: la “despenalización” del aborto en tres causales.

Haciendo gala de mucha maña y muñeca, desde La Moneda han buscado los mejores caminos y pretextos que les permitan la final legalización del aborto. Buscan avanzar sin transar también en esta materia, pero con intenciones segundas y no declaradas. Así, un proyecto que tiene como fin claro legalizar una conducta y garantizarla como prestación de salud, se ingresa y difunde bajo el rótulo de “despenalización”. ¿Qué sentido tendría discutir sobre la objeción de conciencia si no se está garantizando –legalizando– un derecho? Se usa un eufemismo también cuando se califica como “interrupción”, palabra que da pie a pensar en algo no definitivo, para una acción permanente y sin vuelta atrás.

Michelle Bachelet –en su discurso del 21 de mayo del año 2014 al anunciar que ingresaría el proyecto– señaló que “cada aborto en el país es una señal que como sociedad hemos llegado tarde, porque la prevención no tuvo los resultados deseados”. Por eso el proyecto de acompañamiento que lleva envuelta la discusión legislativa, es tan importante:  busca prevenir un hecho que, según lo que han declarado repetidas veces incluso sus promotores, todos preferirían que no pasara. Más aún si consideramos lo efectivos que son estos programas: más del 80% de las mujeres que, con intención de abortar, reciben un acompañamiento disuasivo, desisten finalmente de su decisión –y se evitan los males aparejados, como la alta probabilidad de tener problemas psíquicos producto del aborto.

Pero el gobierno ha preferido mantenerse ciego a la evidencia para conseguir su cometido, creando, para la circunstancia, un principio ad hoc: la no disuasión. Todo acompañamiento podrá ser hecho mientras no busque disuadir. Así otra obra de magia. Cuando la idea es que el aborto no suceda y se espera “no llegar tarde”, se prohíbe los acompañamientos que buscan precisamente evitar un acto que luego será irreversible y que hará, de que cualquier otra acción, una reparadora a un mal que ya fue causado –por lo tanto, tardía–. ¿Cuál será entonces “el resultado deseado” al que se refería Michelle Bachelet en su discurso? Imposible saberlo.

¿Qué daño le produce al gobierno que alguien intente disuadir a otro de realizar algo que ellos mismos han declarado como un mal en varios sentidos? Más allá de la incongruencia, la única manera de explicar esta posición es un compromiso ideológico profundo con el objetivo final de que exista aborto en Chile. Lo peor es que hay varios que siguen llegando tarde y se dejan disuadir.

Fuente: http://www.latercera.com/voces/aborto-toda-costa/

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