Empezó con un ardor cada vez que iba a orinar. Después aparecía una secreción de un líquido amarillento y espeso. Se alarmó muchísimo y corrió a buscar respuestas a internet. Tras una rápida búsqueda dio con un artículo que explicaba lo que era la gonorrea. Los síntomas coincidían.

El fin de semana en el Orgullo había sido increíble. Miles de personas desinhibidas, cantando y bailando por la calle, besándose y amándose, con una sensación de total libertad, envueltas en ruido, colores y luces. La alegría de todos era alucinante, contagiosa, casi alienante. El alcohol y las drogas contribuían a ello.

Habían recibido el apoyo de todos: empresas, medios de comunicación, ayuntamientos, organismos oficiales, ONGs y hasta del Gobierno central. Las banderas del arco iris colgaban de cada balcón, de cada esquina; aparecían en cada avatar de Twitter y Facebook y miles de jóvenes las portaban en la cintura.

Los políticos, tanto de izquierdas como de derechas, pugnaban por aparecer en la foto. Todos habían soltado soflamas en los días previos a favor de la diversidad sexual, llenándose la boca de  palabras altisonantes como libertad, respeto, tolerancia y pluralidad. Las televisiones públicas y privadas daban cobertura en directo y con todo detalle del desfile del Orgullo.

La noche del sábado le conoció en un bar atestado de gente. Era el prototipo de hombre que le gustaba: mayor que él y musculoso. Acabaron en un portal oscuro y apartado con olor a orín. Poco importaba: lo que quería era gozar del momento.

Todo parecía perfecto. Y, sin embargo, ahora se encontraba solo, en su casa, delante de la pantalla del ordenador y con una angustia creciente.

Podría ser la historia de cientos, sino miles, de personas que han participado de las fiestas del Orgullo Gay. Alegría, desinhibición, locura, deseo, exceso, desenfreno, vértigo y sensaciones explosivas. Pero apenas nadie les habló de la parte amarga: de las enfermedades de transmisión sexual y del vacío que deja en muchos esa supuesta liberación.

Sería demasiado cruel, demasiado deprimente. Habría sido lo propio de un aguafiestas, de un amargado: déjanos disfrutar de nuestra libertad, de nuestra evasión, y no nos vengas a hablar de riesgos y límites.

Carmena y Cifuentes se contornean en el escenario del World Pride de Madrid en 2017 /Efe

Pero casi nadie ha querido recordarlos. La fiesta debe continuar, como un aquelarre grotesco que nada ni nadie deben detener. En Madrid, Carmena y Cifuentes bailaban y se contorneaban estúpidamente sobre el escenario para decir que no pasaba nada, que no hay peligro de ningún tipo, que esta desinhibición y este desfase sólo pueden traer cosas buenas.

Los medios de comunicación han contribuido con total irresponsabilidad a esto. Un condón lo soluciona todo y no hay nada más de lo que preocuparse. A eso se limita su advertencia.

Pero, ¿realmente no pasa nada? Recientemente, en un medio tan poco sospechoso de conservador como el Huffington Post, un periodista homosexual y activamente militante de la causa LGTB, Michael Hobbes, escribía un reportaje cuyo titular ya era suficientemente elocuente: “La epidemia de la soledad gay”.

Hobbes se remite a numerosos estudios estadísticos y sociológicos para exponer algunas cifras:

  • Los homosexuales varones tienen entre 2 y 10 veces más probabilidades de suicidio que los heterosexuales.
  • Los hombres casadoscon otros hombres tienen un índice de suicidio que triplica el de los hombres casados con mujeres.
  • Los gays sufren una probabilidad que triplica la de los heterosexuales de padecer un trastorno el estado de ánimo.
  • En Canadá las estadísticas muestran consistentemente que mueren más gays por suicidio que por sida.
  • Los gays tienen el doble de probabilidad que los heterosexuales de padecer un episodio de depresión grave.
  • Un estudio realizado sobre gays recién llegados a Nueva York mostró queel 75% de ellos sufrían o ansiedad o depresión, o abuso de alcohol o drogas, o prácticas sexuales de riesgo, “o alguna combinación de los tres”.
  • Entre 2004 y 2005, en los 14 estados de EEUU que aprobaron el matrimonio homosexual,los trastornos del estado de ánimo aumentaron un 37%, el alcoholismo un 42% y el trastorno de ansiedad en un 248%.

Uno de los homosexuales entrevistados por Hobbes afirmaba que “un día nos despertamos teniendo 40 años, exhaustos, y nos preguntamos: ¿Esto era todo? Y entonces llega la depresión”.

Cifuentes y Carmena no hablaron de ansiedad, suicidio, alcoholismo o depresión en su intervención en el Orgullo de Madrid. Ellas se limitaron a bailar como dos estúpidas y vanidosas irresponsables mientras competían por arañar unos votos más.

Para eso es para lo que les interesan los homosexuales: para que les entreguen su papeleta. Lo que ocurra después con sus vidas rotas no les preocupa lo más mínimo. Ya se encargarán otros de arreglarlas.

Es aciaga la sumisión de todos esos poderes públicos y fácticos a la causa LGTB, y el silencio cómplice, cobarde y culpable sobre la realidad de la vida homosexual que, como hemos visto más arriba, sólo trae ansiedad, insatisfacción y depresión.

Están manipulando con absoluta irresponsabilidad y egoísmo la vida de miles de jóvenes que se dejan seducir por la falsa sensación de libertad que conlleva todo lo LGTB.

Miles de vidas rotas, sin rumbo, acuciadas por el dolor, la ansiedad, la depresión y el suicidio. El Orgullo ha traído una máscara de supuesta alegría y liberación que no se corresponde con la realidad.

El Orgullo ha terminado, ¿comienza el drama?

Fuente: https://www.actuall.com/criterio/familia/termina-orgullo-comienza-drama/

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