En la sociedad actual, por culpa del auge de la ideología de género, hay dos situaciones que de algún modo se nos están tratando de normalizar: la del heterosexual que debe “probar” cosas nuevas y no cerrarse a ninguna experiencia y, por otra parte, las personas con vagina que dicen ser hombres y las personas con pene que dicen ser mujeres. Todo esto, a fin de cuentas, no es más que la sexualidad líquida, el relativismo sexual, la versión erótica del relativismo político y filosófico.

Paradójicamente, frente a ese relativismo, hay relatividades que no se deben ni pronunciar. Por ejemplo, un homosexual no debe intentar “probar” la heterosexualidad. Un homosexual no debe cuestionarse su homosexualidad. Alguien con pene que se siente mujer puede reclamar un cambio, pero un homosexual debe quedarse donde está. Tanto da si le va bien o mal. Es aceptable no querer ser heterosexual, es aceptable querer ser mujer teniendo pene, es aceptable querer ser hombre teniendo vagina, pero no es aceptable querer ser heterosexual siendo homosexual. Todo lo que por un lado es líquido y cuestionable, por el otro lado es dogmático e inflexible. La heterosexualidad es algo cultural, educacional y cambiable, pero no intentes cambiar la homosexualidad.

El caso es que hay homosexuales que no están satisfechos con su condición sexual. Podríamos barajar diversas razones para ello, como que se sienten señalados y oprimidos por la sociedad, o que quieren tener hijos con una pareja. La verdad es que a quien se siente incómodo con su pene, con su vagina o con su heterosexualidad no se le exigen razones. Que se sienta incómodo y sea infeliz basta para legitimar el cambio o la reclamación. Por el contrario el homosexual, aunque se sienta infeliz, no tiene derecho a cambiar.

Atención, no hablamos de obligar a nadie a cambiar, sino de que alguien libremente quiera cambiar.

Hace unos meses falleció el psicólogo de 70 años Joseph Nicolosi, de 70 años, a consecuencia de las complicaciones en la gripe que padecía. Nicolosi es conocido por haber ayudado a miles de personas con atracción por personas del mismo sexo a cambiar esa orientación, siendo uno de los principales defensores de las conocidas como “terapias reparativas”.

La esposa y colaboradora de Nicolosi divulgó un comunicado señalando que “su carrera estuvo dedicada a ayudar a la gente a orientar su vida conforme a las convicciones más profundas que ellos tenían. Cada cual, insistía, es libre de vivir una vida como gay, pero somos inevitablemente seres con género y nuestra humanidad más plena nos pide vivir conforme a nuestro diseño biológico”.

Nicolosi se doctoró en Psicología Clínica por la California School of Professional Psychology de Los Ángeles y en 1980 fundó en Encino (California) la Clínica Psicológica Tomás de Aquino, En 1992, junto a Benjamin Kaufman y Charles Socarides, fundó la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad (NARTH, por sus siglas en inglés), y entre sus obras publicadas en español figura “Quiero dejar de ser homosexual. Casos reales de terapia reparativa”, toda una declaración desde el título.

El hecho es que hay personas que no se sienten felices con su homosexualidad y que también hay personas que, habiendo sido homosexuales infelices, han llegado a ser después heterosexuales felices, por propia voluntad.

Naturalmente se podría negar que existen este tipo de personas, pero negar el fenómeno sería lo mismo que negar que existen niños que se sienten niñas. El negacionisnmo no tiene sentido. La cuestión es cómo encarar la situación. Lo significativo en este caso es que la terapia voluntaria de reparación, siquiera como posibilidad, les sea negada a las personas homosexuales que no son felices con su homosexualidad, y que para rechazar esta vía se niegue que hay homosexuales infelices o que hay heterosexuales que antes han sido homosexuales, por lo que el homosexual infeliz se debe resignar. El homosexual infeliz o no existe, o es un enfermo, o es infeliz porque se le maltrata, o es alguien al que han lavado el cerebro. Todo esto, como es evidente, no se puede decir jamás de la condición sexual de ninguna otra persona, salvo de la que se siente incómoda con su homosexualidad.

De algún modo estamos en un punto en que al que está incómodo con la heterosexualidad, con su pene o con su vagina se le debe respetar, y efectivamente en lo personal se debe respetar a todo el mundo, particularmente si pensamos que tiene un problema, pero al que está incómodo con su homosexualidad no se le debe respetar. Para estas personas el tratamiento debe ser totalmente distinto que para las otras. Se tienen que resignar a su homosexualidad. Se deben acostumbrar. Incluso se deben fastidiar.

Todo este concepto de la liquidez asimétrica resulta difícil de encajar, pero el hecho además es que, como cualquiera que busque en la red puede comprobar, existen multitud de casos de los que nunca se habla en los que la ideología de género y el relativismo sexual han fracasado. Nos referimos tanto a personas que eran homosexuales infelices como a personas que cambiaron de género, no encontraron la felicidad y volvieron a su sexo original. También hay personas que, hagan lo que hagan, parece que no hay manera de que encuentren la forma de resolver su problema de identidad sexual. Todas estas personas existen, dan testimonio y de ellas también se debe poder hablar. Estas personas resultan incómodas porque el avance de la ideología de género se basa en la emocionalidad y la idea de que o se acepta la ideología de género y se resuelve el problema de estas personas, o no se acepta la ideología de género y se está tratado con crueldad a esta gente e impidiendo que se libren de su sufrimiento. No interesan los testimonios que ponen de manifiesto que la ideología de género no resuelve todos los problemas y se puede cuestionar la ideología de género sin que eso signifique abocar a nadie a un sufrimiento añadido.

El niño que fue criado como niña, fracaso de la ideología de género

En los años 60 se produjo una curiosa historia, cuando uno de dos niños gemelos perdió su pene por un problema durante su circuncisión. Ante la tesitura de tener que ser un hombre sin pene, los padres consultaron a un médico que se contaba entre los primeros y más firmes defensores de la ideología de género. Este médico, casualmente apellidado Money, recomendó que el niño fuera castrado y educado como una niña. En realidad se trataba de un experimento perfecto para contrastar la ideología de género. No sólo había un niño que iba a ser sometido a una cirugía y educado como una niña, sino que había un gemelo que serviría como paciente de control. Dos niños exactamente iguales serían educados uno como niño y otro como niña, por lo que si el educado como niño realmente actuaba durante su vida como una mujer, quedaría probado que la identidad de género era algo que venía dado por la educación y no por la naturaleza, incluso asumiendo que de por medio hubiera que realizar una castración y “reasignación” de género.

El resultado fue catastrófico, incluso tras la castración el niño volvió durante la pubertad a su identidad masculina y al cabo de los años se acabó suicidando. No obstante, en los estudios del doctor Money y otros muchos que lo citaron su experimento fue calificado como exitoso. El caso ilustra el error propagado por la ideología de género, el cual va mucho más allá de la homosexualidad o la transexualidad, según el cual existe un divorcio absoluto entre la biología y el género.

Una mente con polla

Que intelectualmente la ideología de género es un auténtico bluff se manifiesta en todo tipo de contradicciones. En las oposiciones para bombero, policía o militar, se pone un baremo para los aspirantes con pene y otro para los aspirantes con vagina. Si en las Olimpiadas no se distinguiera por géneros, todas las medallas se las llevarían los atletas con pene. Los partidos que dicen ser más progresistas son los que proponen que en los consejos de administración de las empresas o las listas electorales haya una cuota de vaginas, aunque podría rellenarse esa cuota sólo con hombres con vagina. Si hubiera mujeres con y sin pene, no tendría sentido reconocer el derecho a una reasignación de sexo en la sanidad pública. Si puede haber hombres y mujeres con pene, también puede haber hombres y mujeres que se llamen Ramón. Si lo que distingue a los hombres y las mujeres no es la vagina ni el pene, para que haya un conflicto entre el cuerpo y la mente hay que asumir que las mujeres y los hombres tienen mentes distintas, o que hay mentes con pene y mentes con vagina. Para asumir que hay mentes con vagina en cuerpos con pene, hay que asumir que la mente es algo que no tiene nada que ver con el cuerpo material. También habría que asumir que un mundo de hombres y mujeres que se atraigan no sería ni mejor ni peor que un mundo en el que sólo hubiera hombres con vagina atraídos por mujeres con vagina, para la humanidad sólo sería un escenario más; eso sí, el último. Naturalmente la mayoría de los que aseguran que una mujer lo mismo puede tener vulva que pilila sólo después salen con mujeres con vulva. Lo importante no es tener un lío en la cabeza, lo importante es ser políticamente correcto y evitar la reprobación social y colectiva.

Sin duda hay personas que tienen problemas con su relación entre biología y género, pero la solución no puede ser pretender que no hay por ello un problema o que no hay relación entre biología y género, para así negar el problema. Por lo demás está claro que a las personas con este tipo de problemas siempre se les debe tratar, no digamos cuando son niños, con cariño y respeto. Lo que no se puede tapar es que la ideología de género ni realiza un diagnóstico racional, ni resuelve totalmente como pretende los problemas de las personas que viven con un conflicto.

Fuente: http://www.navarraconfidencial.com/2017/07/05/hay-un-homosexual-encerrado-en-mi-cuerpo/#

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