No son pocas las voces insistiendo en que el terreno donde se jugará el futuro de la Humanidad y de Occidente en particular es el de la vida y la familia. No en vano asistimos desde hace algún tiempo a una auténtica batalla, que unas veces se apacigua temporalmente y otras se embravece, acerca de temas relacionados con ambas, estrechamente vinculados entre sí: el aborto, la eugenesia de los niños, los vientres de alquiler, la ideología de género, la legalización de las uniones entre homosexuales, los modelos de familia e, incluso, la eutanasia. Y es que las partes contendientes, con propósitos y puntos de partida bien diferentes, son conscientes de esa importancia.

El tema ha dejado ya de ser de interés exclusivo de los partidos políticos para entrar de lleno en el debate cultural. Y con esta expresión me refiero a que el asunto ha adquirido una dimensión social y busca el arraigo en la legislación (recordemos las leyes, recientes, bajo las siglas LGTB) y en el imaginario colectivo.

De momento, se trata de una lucha desigual. Las fuerzas favorables o favorecedoras de los asuntos citados, con sus matices particulares y alguna exclusión, se van convirtiendo en mayoritarias y, al menos en Occidente, son ya casi dominantes. Han conseguido en un corto período de tiempo dar la vuelta a la tortilla al hacer aceptable en el ámbito social lo que moralmente e, incluso, racionalmente, está muy lejos de serlo o, al menos, plantea graves problemas en este sentido. Para ello han contado con apoyos y ventajas innegables.

Pero también con un planteamiento estratégico a medio plazo, que ha contemplado varias acciones. En primer lugar, la asunción de las reivindicaciones de colectivos minoritarios, aunque muy combativos e influyentes. Paralelamente, en lo que concierne a la batalla cultural, la ruptura con la ética, los valores y los principios morales y religiosos que vinculaban a Occidente con sus raíces cristianas (de ahí la fuerza de su enfrentamiento con el Cristianismo). Al mismo tiempo, la elaboración y difusión de una cosmovisión alternativa, en la que, entre otros caracteres, esté la desconexión del sexo de su vinculación a la vida, del componente biológico y de la responsabilidad social (la procreación como medio de asegurar el futuro de la especie y las pensiones, el sostenimiento de los ancianos y enfermos crónicos graves, la apuesta por parejas estables generadoras de vida y familias, etc.). Por último, lo que más ha servido para ampliar la base social favorable a tales ideas: la desculpabilización y despenalización de conductas otrora consideradas reprobables y la entronización de una especie de religión pansexualista-liberacionista, el llamado derecho universal al orgasmo.

El éxito de quienes defendían, al principio de manera minoritaria, estas posiciones estriba en haber sido capaces de reducir drásticamente el número de sus contradictores, sumar fuerzas políticas, científicas, económicas y mediáticas a favor de sus pretensiones (la incorporación de la derecha y de las élites dirigentes a ellas o la penetración de algunas, como punta de lanza, en la propia Iglesia, el bastión hasta el presente más inexpugnable), y convertir así lo que no son sino productos ideológicos en verdades absolutas y en corpus legal de obligado cumplimiento a todos los niveles: internacional, europeo, nacional y regional.

Pero no todo está perdido para las fuerzas de oposición, todavía vivas. Es más, parece anunciarse un repunte de las posiciones provida en la sociedad: el ejemplo de la Manif pour tous francesa, el movimiento europeo One of us y otros similares de los EEUU. O la fuerte resistencia de la Europa Oriental, contra viento y marea, a las directrices emanadas del grupo de países occidentales de la UE son una buena prueba.

Todo proclama, sin embargo, que esperan tiempos de duro combate y que la lucha será larga, como corresponde a la trascendencia de lo que se pone en juego: el concepto mismo de lo humano. Y en este tipo de asuntos, los términos medios no servirán de mucho. De momento, se trata de una pugna desigual, muy parecida a la de David contra Goliath, pero que, en un futuro no muy lejano, puede desembocar en una inversión de los términos. Sólo la perseverancia de los contradictores, la justicia misma de la causa, los fuertes reflujos por el daño provocado para el bien común pueden ser capaces de sobreponerse a la abundancia de medios con que cuenta ese nuevo orden mundial orwelliano que se dibuja en el horizonte y hasta parece llamado a instalarse con vocación de perpetuidad.

Fuente: http://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/desigual-combate_0_1148885388.html

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