“Diez actitudes típicas machistas que las mujeres debemos eliminar” se titulaba un artículo publicado en marzo, en un conocido diario. Entre las actitudes “machistas” que las mujeres debíamos eliminar se encontraba el hecho de llamar “locas” a aquellas mujeres que no veían a la familia como una prioridad y que en su lugar preferían darle más tiempo “a su carrera profesional y a sus sueños”, antes que al hecho de ser madres y tener hijos.

Nada de extraño tendría tan aparentemente bienintencionado consejo, si ignoráramos lo que se oculta detrás de la supuesta liberación de la mujer, específicamente lo del “rol opresor” de ser madre (de acuerdo a la ideología feminista más recalcitrante).

Ese mismo diario, justamente en el tradicional “Día del Amor y la Amistad” del presente año, publicó un artículo conmemorando la muerte de una de las feministas más radicales: Simone de Beauvoir. Ella escribió sobre la maternidad que “El feto es una parte de la mujer, un parásito que la explota”. Su homóloga en ideología feminista, la norteamericana Andrea Dworkin, añadió sobre el acto sexual que “La cópula heterosexual es la expresión pura formalizada del desprecio por los cuerpos de las mujeres”.

Dichas frases reflejan una constante: La evidente subvaloración (por no decir odio o menosprecio) de la maternidad y de la propia unión heterosexual que da pie a la procreación humana.

En una entrevista realizada al desaparecido productor de cine Aaron Russo, sobre su amistad con el magnate Nick Rockefeller, éste reveló que fue el mismo Nick quien le confesó que su familia (de la Fundación Rockefeller) financiaba el feminismo a nivel internacional, y que había dos razones primordiales para hacerlo. Primero, que no podían obligar con impuestos solo a la mitad de la población, y segundo, que al tener a la mujer fuera de casa los niños podrían ser más fácilmente adoctrinados a discreción en las escuelas (cualquier parecido con la disputa sobre el Currículo Nacional de Educación NO es coincidencia).

De cara a esta segunda poderosa razón de la “liberación” de la mujer, en que se asume que los niños serían pasibles de adoctrinamiento sin límites en la escuela, muchos padres decidieron formar a sus hijos en casa, claro está, en países en que esta figura –en lengua Inglesa “homeschooling”– está permitida. En el Perú no está regulada, y a esta dificultad se suma el hecho recurrente de madres que contribuyen económicamente en el hogar a tiempo completo y son responsables únicas de la manutención de sus hijos.

Así éste representaría, de acuerdo a sus propias representantes, el verdadero rostro del feminismo totalitario: Una guerra incesante, a) Contra la complicidad positiva entre hombres y mujeres, b) Contra inclusive el propio diseño del acto de la procreación (entiéndase heterosexual), c) Contra la maternidad y, d) Contra el sujeto de derecho más necesitado de protección: El concebido.

¿No es acaso ese feminismo acérrimo, que últimamente nos tiene acostumbrados a marchas con espectáculos de mujeres desnudas, vociferando toda clase de blasfemias, actuando en crudas escenas contra la fe cristiana, tomando el nombre de nobles valores como la justicia y la igualdad, una de las ideologías más perniciosas antivida y antifamilia que existe?

Tal feminismo no pugnará por políticas públicas para lograr la paz entre ambos sexos sino por el “empoderamiento”, no pugnará por reivindicar el valor inherente de la mujer sino por forzar “cuotas” asumiendo que todas las mujeres debemos anhelar los mismo “sueños”, no peleará por el reforzamiento para la protección del concebido ya que sus ideólogas alegan poder decidir sobre lo que llaman “su cuerpo” y menos aún lo hará por el derecho de los padres en la educación de sus hijos, porque en su opinión su ideología está por encima de las convicciones y valores morales de los propios progenitores (entre otras falacias e insostenibles razones).

El feminismo totalitario no defiende la vida ni la familia, defiende la guerra permanente entre los sexos, la guerra en la misma familia y entre los conciudadanos en general, todo bajo su atractiva y engañosa arenga del “derecho a la igualdad”.

No nos engañan.

Por Isabel Soto.
Abogada, miembro de la Red Nacional de Abogados por la Defensa de la Familia – RENAFAM

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