Escrito por Christian Rosas.

El congreso del Perú insiste en aprobar una ley contra la discriminación denominada “Crímenes de Odio”. La resurrección de este proyecto legislativo es el resultado de la presión de intereses ideológicos que exigen su aprobación a los políticos peruanos. Algunos congresistas en el mejor de los casos están apoyando como consecuencia de una ignorancia bien intencionada (ingenuidad) o en el peor de los casos como una imposición consciente y voluntaria porque tampoco toleran la libertad de quienes piensan, sienten, creen, opinan y se expresan distinto a ellos.

Prefiero asumir que el apoyo de algunos parlamentarios se genera porque han sido persuadidos de estar luchando por el bienestar humano y su inevitable progreso. Sin embargo, lo que aún no se dan cuenta es que están luchando por la imposición del “nuevo hombre” inventado por los ideólogos de género, en otras palabras, están siendo utilizados para imponer una nueva antropología en el estado y la sociedad. Esta nueva antropología confunde y mezcla dos categorías en una: la defensa del ser humano, indistintamente de sus características inherentes (sexo, color de piel, etnia) y la defensa de sus libertades (pensamiento, religión, conciencia, filiación política, expresión, opinión, atracción, etc.) para que cada ciudadano viva como mejor le plazca.

Este nuevo hombre está fabricado para encajar en un Nuevo Orden Político, que no necesariamente tiene que empezar como mundial: puede iniciar siendo nacional, regional o intercontinental. Esta metamorfosis de la concepción del hombre y el estado empieza generando cambios aparentemente insignificantes, pero en realidad son drásticos y letales para el bienestar y desarrollo pleno de la humanidad. Este nuevo hombre exige que un trastorno mental de identidad conocido en la psiquiatría como “Disforia de Género” o “Incongruencia de Género” (rebautizado ideológicamente con el nombre “Identidad de Género”), así como sus atracciones sexuales (orientación sexual) sean reconocidos como parte de su componente inherente, en otras palabras: pretenden que una forma de pensar y una manera de sentir (emociones, deseos, etc.) sean protegidos, así descalificando y penalizando como “discriminación” a quien se atreva discrepar, aun si este ejercicio de crítica lo realiza uno “por internet o medios análogos”.

Pareciera que estaríamos presenciando “La Abolición del Hombre”, que ya en 1943 el escritor inglés C.S.Lewis advirtió, con lujo de detalle, precisando que su enfoque tendría un énfasis particular en la educación y la elevación de lo subjetivo anulando lo objetivo. También la aprobación de esta ley llevaría a la pronta implementación de una “Policía de Pensamiento” tal cual lo advirtió el periodista y otro gran escritor inglés, George Orwell, en su profético libro político “1984” escrito en 1949.

Al aprobar esta ley mordaza, eufemísticamente llamada: ley contra los “Crímenes de Odio” (y los “Discursos de Odio”), lo que se estaría implementando sería un estado con complejo divino en el Perú, cuyo alcance para emitir una sanción jurídica incluye el escudriñamiento de las intenciones del corazón humano. Olvidando que el derecho no castiga los sentimientos porque pertenecen al ámbito privado e íntimo del ser humano. El derecho castiga los delitos perpetuados, indistintamente si el crimen fue impulsado por el odio o inclusive el amor. Estos aspectos sentimentales no se pueden condenar humanamente porque no hay forma de comprobar lo que el corazón siente, salvo a través de un prejuicio inflado por el orgullo de un complejo de superioridad que lo convierte en omnisciente. Actualmente el juez puede elevar una sentencia a su máxima sanción considerando los agravantes del delito: como el dolo, planificación, crueldad, etc. pero recordemos que estos son agravantes del delito (homicidio) no de los sentimientos del criminal.

La pregunta persiste: ¿Qué lograría entonces esta ley contra los “Crímenes de Odio” si no elevaría la pena de un homicidio, (dado que ya existen agravantes para esta materia)?

Lograría transformar el poder judicial en un ente ilimitado, capaz de juzgar y sentenciar el corazón del ser humano, abolir su libertad, eliminar su conciencia, omitir cualquier otra forma de pensamiento, prohibir toda forma de expresión contraria a esta ideología, silenciar la prédica de la Biblia o cualquier otro libro religioso que se oponga a este nuevo dogma del estado. Naturalmente esta ley no afectaría a quienes no aprecian su libertad, la verdad o la justicia, porque viven cómodamente en una realidad diseñada por los “progresistas” e “iluminados” arquitectos de la cultura y la política del momento, tampoco afectaría a quienes tienen una fe (creencia) solamente cultural, en otras palabras: no afectaría a quienes no son fieles al Dios revelado por medio de las Escrituras sino al dios inventado según la imagen y semejanza de sí mismos.

Lo que podría detener la imposición de esta visión solipsista es la reacción comprometida, genuina e inagotable de quienes aman y defienden la verdad, la justicia y la libertad. En ese sentido vale recordar las palabras del gran Maestro que nos recuerda, “y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.”

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