En un alarde de izquierdismo progresista, e incluso de proselitismo político, el Ayuntamiento de Zaragoza, cuyo gobierno lo ostenta Zaragoza en Común (ZeC), ha elaborado la “Guía de indicaciones para el uso de un lenguaje inclusivo y no discriminatorio”, introduciendo el tercer género (¿?) y el lenguaje no sexista. Con ello se intenta imponer a los funcionarios municipales un estilo de expresión con distintivo propio que evite, al parecer, prejuicios y afrentas en el trato a la ciudadanía. En cierto modo esto suena a frase lapidaria: te doblegas o atente a las consecuencias.

Desde la promulgación de nuestra vigente Constitución Española (CE), la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes y el libre desarrollo de la personalidad están más que garantizados, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opción o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Además, también nuestro vigente Código Penal (CP) ejerce una tutela acerca de aquellas acciones punitivas concretadas en los delitos de odio y discriminación.

Lo que algunos pregonan como diversidad, en realidad se traduce en una vil sumisión a la intransigencia del pensamiento único, propios de regímenes de dudosa integridad. Con este concepto de diversidad, bien por afán electoral, bien por el hechizo de seguir con la corriente en boga, se tiende a una homogeneización cultural propia de sociedades orwellianas. Asimismo, en un Estado aconfesional lo indebido es que desde ciertas instituciones donde anidan explícitos partidos políticos, se quiera implantar la rúbrica intolerante del sometimiento a sus propios dogmas, creando con ello una “religión” de acato inexcusable, por cuyas procesiones transita el séquito del lobby del arcoíris, siendo la mejor de sus parábolas la del orgullo gay.

Actualmente no existe colectivo más blindado que el LGBT, el cual se ha convertido en el centro de nuestra vida comunitaria hasta tal punto que, verter opiniones discrepantes y no ofensivas acerca de su detallada e inflexible ideología de género, pueda suponer en el mejor de los casos motivo de escarnio, acoso, insultos y amenazas. Al parecer, opinar sobre esta ideología emergente se ha traducido en herir automáticamente la sensibilidad de aquel colectivo, lo que a todas luces no es verdad. La libertad de expresión también está consagrada en nuestra CE, e intentar amordazarla o censurarla con normativas que a veces rayan la inconstitucionalidad, no es signo de progreso y sí de tiranía.

El léxico y la semántica de la lengua española aportan la suficiente fluidez y solvencia como para no causar animadversión alguna hacia cualquier sector poblacional, tenga el perfil que tenga. Por tanto anclarse en una alambicada tesitura por controlar sistemáticamente el lenguaje a través de indicaciones para mitigar un colérico victimismo que a día de hoy está más que superado, es síntoma de un profundo juego demagógico que no reporta ningún beneficio social.

Con todo, lo que indigna hartamente es pretender usurpar la función educativa de los padres respecto de sus hijos, anhelando adoctrinar ideológicamente a éstos en el ámbito de la enseñanza con toda suerte de ilustraciones que gravitan en torno al sexo y al género. En el seno familiar, patrimonio del equilibrio y la estabilidad, es donde se educa en valores y en principios, los cuales capacitaran a sus miembros para obrar con ponderada rectitud en el transcurso de la vida.  Así las cosas, que cada cual obre como mejor le resulte, pero no a costa de invadir coactivamente el espacio más íntimo y privativo de los demás. A eso se llama respetar, lo demás son cuentos chinos.

Por Vicente Franco Gil

Fuente: http://www.aragondigital.es/noticia.asp?notid=156222&amp%3Bsecid=21

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