La ideología de género establece que una cosa es nacer con unos órganos sexuales y otra diferente la llamada identidad sexual. También defiende que el comportamiento sexual no está vinculado a los órganos sexuales, ni en su uso, ni en su consideración, entre otras cosas.

La ideología de género también defiende, en teoría, la libertad para elegir. Y más allá de la discusión sobre el verdadero sentido de la libertad (sólo lo es si está orientada al bien del ser humano), que nos llevarían muy lejos, no son pocos los ejemplos de imposición que desmienten esta supuesta defensa de la libertad.

Ya conocemos que en España no son pocas las leyes que prevén multas e incapacitación para aquellos que, desde su capacitación profesional, ayudan a algunas personas que han elegido en libertad abandonar los comportamientos homosexuales.

Pero más allá de las normas, hay una imposición que llega hasta el paroxismo y que mucho me temo se está expandiendo como la pólvora. No hablamos de mayores de edad, sino de cómo se está manipulando a niños que apenas tienen uso de razón.

La pista nos la da un artículo de una mujer, Lean MacLaren, en The Globe and Mail que define perfectamente este comportamiento tan sectario del feminismo radical.

El artículo arranca con la narración de una ocasión en la que la señora McLean le quiso regalar una flor a su hijo y el niño, de tan sólo tres años de edad, se la rechazó con el peregrino argumento (comprensible para la edad) de que “las flores son bonitas y yo soy un chico”.

Es evidente que el argumento es absurdo, si fuera emitido por un adulto. Pongamos por caso que es el cumpleaños de un varón de entre 30 y 40 años y su hermana -que vive a miles de kilómetros de distancia- le envía un ramo de flores.

Si las hubiera rechazado alegando que “las flores son bonitas y yo soy un chico”, merecería todo el reproche del que sean ustedes capaces de imaginar, por imbécil y desagradecido. Pero achacar eso al machismo es fruto de la obsesión por el dogma de género, según el cual el varón es un ser perverso per sé.

Inciso 1. En este caso, el varón es varón. En todos los demás, depende, según la ideología de género.

Lean McLaren sufre entonces una especie de catársis, según describe, porque reconoce que hasta ese momento, se sentía “bastante feliz” con que sus hijos hiciera cosas típicas de chicos como destrozar cosas o eructar el alfabeto.

Eructar el alfabeto. Eso, hasta donde uno llega, no es una suerte de precursor del micromachismo, sino simple y llanamente, una falta de educación. Señora, si su hijo le eructa el abecedario, no culpe al niño, al machismo heteropatriarcal ni a sus genes. Usted es la culpable.

McLaren se tiene por una mujer feminista y reconoce, con normalidad, que su hijo de tres años “no está muy seguro de lo que es, pero sí de lo que no 1) un bebé y 2) una chica. Últimamente, cualquier cosa que caiga en esas dos categorías está prohibido para él”.

Después de otras consideraciones, asegura que, “por más que no me guste la idea de que nada sea categorizado como inherentemente femenino o masculino, es difícil explicar el postestructuralismo de la ideología de género a un chico de 3 años”.

“Si quiero que mi hijo ame y respete a las mujeres, tengo que enseñale a que abrace -e idealmente aprecie- las cosas ‘de chicas’. Por eso estoy tejendo una corona con flores de diente de león y apuntándole a ballet” explica.

Está claro que los partidarios de la ideología de género tiene un problema de coherencia interna imposible de resolver. Por un lado, aseguran que el sexo biológico nada determina y decir que hay cosas de chicas y de chicos es anatema. Por otro, se considera que una corona de dientes de león y el ballet son cosas de chicas que merece la pena imponer con embudo a chicos de tres años.

Inciso 2. Chicos de tres años que, en un futuro cada día menos lejano, pueden decidir en cualquier momento que son chicas. O no. Recuerden que esto del sexo fluido puede llegar a los límites insospechados del marciano asexuado.

“Voy a convertir a mi pequeño eructador de alfabetos en una orgullosa princesa, le guste o no”, concluye McLean. Y sospecho que así lo más que conseguirá es una princesa eructadora. O algo.

Fuente: http://www.actuall.com/criterio/familia/voy-convertir-pequeno-eructador-alfabetos-una-orgullosa-princesa-le-guste-no/

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