n el cuarto de mi casa yace mi abuela en fase terminal de Alzheimer. Desde que se manifestó su enfermedad he aprendido mucho sobre el error de equiparar la calidad de vida humana con el solo bienestar físico de parte de algunas personas y de más de un médico.

Al diagnosticársele su enfermedad y desde los primeros chequeos de los profesionales de la salud, al atenderla llenaban un informe de “indicadores de calidad de vida” en el que se podía leer: paciente consciente, con pérdida parcial de memoria, capaz de moverse, sin problemas para alimentación, excreción, entre otros. Era una forma de evaluación valida y necesaria, para saber si los tratamientos que se le estaban proporcionando eran efectivos, como paliativos de una enfermedad hasta ahora incurable y progresiva.

Mi abuela entonces rezaba, charlaba con interés con quienes la visitaban, leía con avidez las cartas de sus nietos, entre otras cosas. También solía dirigirse a los médicos y enfermeras agradeciéndoles sus atenciones mientras que con maternal interés les preguntaba por sus vidas, a lo que le respondían con formal amabilidad sin despegar la vista de los informes y sin ocultar su pesimismo.

A medida que la enfermedad fue progresando, fueron centrando su atención más y más solo en un trabajo de atención a sus limitaciones corporales y mentales, con evidente obsesión por la lista de indicadores de “calidad de vida” como termómetro de sus actuaciones profesionales.

A mi abuela apenas le dirigían la palabra.

A esta equivocada actitud se sumaba la de algunos amigos y parientes que nos manifestaban su pena hacia quien consideraban, que por no encontrarse en el gobierno de su vida, no tendría ya el goce de las cosas, convencidos de que la salud es eso: un instrumento para un bienestar hedonista y consumista que da “sentido” a la vida.

Por el contrario, mi abuela, que sabía muy bien de su enfermedad, pidió ser tratada lo mejor posible para conservar al máximo sus facultades para comunicarse, seguir amando y ofrecer sus molestias, sin detenerse para nada a considerar si era una carga o no, pues igualmente se sabía amada.

Cuando finalmente se sumió en la inconsciencia, los médicos cerraron su historial terapéutico solo en espera de su muerte. Un historial que por el cientificismo discurrió como si la vida humana ideal fuera la totalmente sana en términos de absoluto bienestar físico; lo que es un terrible error, pues entonces ese bienestar y la vida propiamente humana se estarían midiendo con los mismos indicadores, y para nada son iguales, además de que el valor de la vida, en cuanto humana, escapa a cualquier intento científico por medirlo.

En esta absurda medición, el valor de la vida humana, su dignidad, estarían únicamente en función de la plenitud fisica, así como de la capacidad de ejercicio de la inteligencia y voluntad. Facultades que mi abuela fue perdiendo graduablemente.

Visto así, un embrión, que no posee sensibilidad ni control de sus propias acciones, ni ideas propias, sería mucho menos “humano” que un niño que ya toma sus propias decisiones en lo inmediato, y este a su vez, menos que un hombre desarrollado que incluso tiene sus proyectos vitales a largo plazo, etc. Y en un extremo de la vida, un enfermo terminal con la pérdida parcial o total de todas sus facultades, sería mucho menos humano que un hombre en plenitud de condiciones.

En ese absurdo razonamiento, unos seres humanos que se encontraran en plenitud de facultades tendrían una dignidad máxima, y serian acreedores del respeto por los demás miembros de la sociedad. Y quienes estuvieran en una situación de inferioridad, no poseerían una dignidad humana plena y no tendrían por tanto, los mismos derechos a la vida, la atención sanitaria, etc.

A lo más, estos últimos serian dignos, si… pero solo de lástima.

Para ellos se ha creado la terrible puerta falsa de una “muerte digna”, que no es más que una justificación lamentable del menosprecio por los débiles, aunque quienes apelan a ella lo hagan de un modo en apariencia compasivo.

Así, ante los sufrimientos de un paciente terminal con una calidad de vida muy pobre según esos “indicadores”, la conclusión puede llevar a la sinrazón que esa vida en esas condiciones no merece la pena, y ante el ofrecimiento “solidario y compasivo” de la eutanasia, por quienes deberían velar por la vida, puede ser el propio paciente quien solicite la muerte aceptando y alegando que su vida carece de dignidad (haciendo equivalentes bienestar físico con dignidad humana). Y puestos de acuerdo en este mismo razonamiento, los médicos compasivamente le podrán aplicar la muerte que pide.

Estos criterios que absolutizan la salud y la equiparan a la dignidad del hombre se aplican también a otras situaciones distintas a la enfermedad terminal. Como en el caso de enfermos crónicos que no padecen dolor ni excesivas molestias, o los tetrapléjicos que afirman que su vida en esas condiciones carece de una mínima dignidad, y que lo más humano (nuevamente la actitud compasiva) sería aplicarles la eutanasia que solicitan repetidamente.

Lo real y verdaderamente cierto es que muchas personas que solicitan la eutanasia se han hundido en la depresión y desesperación, y el suyo es un grito desgarrador de soledad en el que se dicen carentes de dignidad para seguir viviendo, ante la dolorosísima experiencia de no sentirse amados por su prójimo.

Por supuesto que ese no fue el caso de mi abuela, ni debe serlo el de ningún ser humano en la necesaria experiencia del amor, y en el hecho de que la dignidad humana no va ligada a la plenitud de facultades físicas y mentales, ni a que estas puedan manifestarse o no, dependiendo de las circunstancias.

Estas dos realidades deben ser el fundamento de la actitud de respeto hacia el hombre que hasta en el último hálito de vida, jamás pierde su condición de persona.

Por Orfa Astorga de Lira. 

Fuente: http://es.aleteia.org/2017/05/02/calidad-de-vida-realmente-se-mide-bien/

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