“Tuve sexo con un hombre por primera vez cuando tenía 14 años. Estaba solo en una biblioteca mientras mi padre estaba trabajando y noté que un hombre adulto me miraba y empezaba a seguirme. Pensé que estaba a salvo en un lugar público. Cuando se me acercó y me agarró por la entrepierna, simplemente no estaba preparado para eso. Recuerdo que mi reacción estuvo entre la sorpresa y el mareo, y pensé que me metería en problemas si hacía ruido o le apartaba. Recuerdo haber pensado que, como adulto, él tenía autoridad sobre mí, aunque no comprendía lo que estaba haciendo. Él empezó una actividad sexual mientras yo estaba de pie, helado, confundido y asustado de que pasara alguien. Poco después me fui. Recuerdo sentirme aturdido mientras esperaba a mi padre para que me llevase a casa, convencido de que tenía que saberlo y preparándome para el castigo. Pero él no lo sabía, así que yo simplemente lo racionalicé y tiré para adelante. Pero también sentía la curiosidad de por qué un hombre me había hecho eso y qué significaba que me hubiese gustado la experiencia.

»Regresé a la biblioteca varias semanas después y esta vez encontré al que creí que era el hombre más guapo que había visto nunca. Yo no tenía ni idea de lo que era ser gay, pero enseguida reaccioné ante él. Él tendría veintipocos años. Lo que recuerdo es algún intercambio visual y luego rápidamente empezar a dar vueltas entre las estanterías. Mientras miraba libros que, obviamente, no tenía intención de leer, él se me acercó directamente y me besó. Su beso fue apasionado y me sentí tan abrumado que me parecía imposible. Él me fue guiando por diversas actividades sexuales y recuerdo sentirme fascinado con cada tocamiento y cada mirada. Me enamoré absolutamente”.

He aquí descrito un doble abuso sexual de menores por parte de su víctima, y a la vez su iniciación en la vida gay. Esa víctima se llama Chad Felix Greene y es su propio testimonio en el Huffington Post. Un texto esclarecedor que afirma, desde el mismo ámbito de la vida homosexual activa, que la inmensa mayoría de las personas que la practican fueron iniciados en ella por personas adultas antes de cumplir la mayoría de edad.

El artículo se titula “Lo que sucede cuando hombres adultos tienen sexo con chicos adolescentes” y resulta un ejercicio muy interesante leerlo conjuntamente con uno de los últimos artículos publicados por el doctor Joseph Nicolosi antes de morir, en el que resumía sus años de investigación y práctica clínica ayudando a personas con atracción indeseada por el mismo sexo. (No es el caso de Greene, quien no cuestiona esa atracción, pero su experiencia personal confirma algunos de los patrones descritos por Nicolosi como presentes en el origen de esa atracción o en sus expresiones más comunes.)

Sexo anónimo masivo, abusos continuados
Chad relata cómo, tras ese segundo encuentro, volvió a su casa “como en una ensoñación”, seguro de haber encontrado a su “alma gemela”. Confiesa que durante semanas se obsesionó con aquel chico y le pedía a su padre que le llevase a la biblioteca para volver a verle.

“Lo que no me esperaba era el mundo de sexo anónimo gay que pronto me encontraría”, dice. Como había ido con el joven a los servicios, allí regresaba continuamente, esperando en los retretes a ver si volvía, abriendo la puerta cada vez que alguien entraba a ver si era él: “No me daba cuenta de que con ese lenguaje corporal le estaba mandando una señal a otros hombres que entraban allí buscando sexo”.

Así que los abusos continuaron: “En una ocasión un hombre me tocó y empezó a manejarme; me sentí impotente, aunque yo no quería hacer nada con él. Había veces en las que no me gustaba, pero nunca me largué ni dije que no. Cuando me gustaba, me imaginaba que había hecho un amigo a quien yo le importaba, porque ¿por qué, si no, iba alguien a besarme, tocarme e intimar tanto conmigo?”.

Mientras sus padres trabajaban dos pisos por encima, él se entregó durante semanas a esta vida oculta: “Todos me decían lo guapo, sexy y perfecto que era. Pensé que la vida adulta era así”.

Inadaptación escolar y familiar
En el colegio, Chad se sentía ahora “fuera de lugar” entre sus compañeros. Cuando éstos tenían sexo, era en el contexto de una relación personal, mientras que para él se trataba de encuentros secretos en un retrete: “No podía hablar con nadie y la ansiedad, el miedo y la paranoia llegaban a un punto que mi mente no podía controlar. Sin embargo, la compulsión de seguir explorando, buscando y esperando que alguno de aquellos hombres me amase realmente me hacía volver a aquel cuarto de baño”.

Esa compulsión le acompañó durante toda su adolescencia y le condujo a una “actitud temeraria” para satisfacer tanto sus “necesidades sexuales” como su “profundo deseo de amor y aceptación por parte de un hombre”. Llegó internet y bastaba un mínimo chat para una “breve descripción” y recibir “instrucciones para esperar en algún aparcamiento cercano”: “A los 15 años me iba a un aparcamiento a la una de la madrugada a esperar que hombres completamente extraños me recogiesen para tener sexo en sus vehículos”.

Su “aislamiento” familiar era “profundo”. Se dio cuenta de hasta qué punto su comportamiento era “destructivo”, y de alguna forma culpaba a su padre por no darse cuenta y en consecuencia no hacer nada para ayudarle: “¿Por qué mi padre nunca lo supo? Yo incluso dejaba encendido mi ordenador con mensajes abiertos, con la secreta esperanza de que él lo descubriría e intervendría. Pero él ni se enteró”.

Sentía “desconexión” respecto a sus compañeros de clase, y a menudo les miraba y veía “aquellas vidas jóvenes relativamente inocentes, preocupadas por los deberes y los deportes”, todo lo más “deseando que un día sus padres se ausentasen el tiempo suficiente para llevar a casa a su novio o novia”: “Yo tenía 16 años y ya había tenido docenas de compañeros sexuales”.

Una práctica absolutamente extendida
Hasta aquí podría considerarse una experiencia puramente individual de Chad, no generalizable. Pero él mismo cuenta lo que descubrió cuando acabó el instituto y empezó a relacionarse con otros chicos gay de su misma edad: “Me sorprendió descubrir que casi todos ellos habían experimentado lo mismo que yo. Descubrí accidentalmente que los anuncios de contactos, los chats y otras formas de acceder al sexo con adultos eran algo común”.

“Aunque el mundo LGBT parece ignorar esta realidad”, afirma Greene cuando abandona el aspecto testimonial para formular su denuncia, “esto parece ser algo absolutamente universal y no ligado a la época en la que los jóvenes gays tenían menos opciones. Aquí hay una verdad incómoda, y es que como adolescente jamás tuve sexo con nadie de mi edad. Todos eran adultos que sabían de mi juventud y decidieron pese a todo tener sexo conmigo. Como adulto de 34 años que soy hoy, no puedo concebir hacer esto con un adolescente. Intento sinceramente comprender cómo fue posible”.

Rito de iniciación 
Greene explica por qué en los abusos de menores del sexo opuesto las cosas son de otra manera: “En muchas cosas [los gays] somos diferentes. Los hombres atraídos por chicas adolescentes tienen muchas menos probabilidades de que se les presente la oportunidad o la determinación de actuar según sus intereses. Pero los hombres gay parecen tener la opinión generacional de que el sexo con adolescentes es un rito de iniciación y una necesidad, en la medida en la que los adolescentes gays no tienen otra opción para explorar quiénes son. Nuestra cultura [gay] no está dispuesta a considerar que lo que nosotros mismos experimentamos como adolescentes no debería ser la norma aceptada”.

Chad ofrece estadísticas oficiales preocupantes: un 32% de los jóvenes gays o lesbianas han sido obligados a tener sexo contra su voluntad, y “lo más probable es que hayan sido forzados a ello por un adulto”; y un 80% de los casos de VIH en varones entre 13 y 24 años son gays o bisexuales, y “no es probable que chicos entre 13 y 17 años hayan sido infectados por otros chicos de su edad”.

“A menudo conozco hombres gays que evocan románticamente sus experiencias sexuales más tempranas e idealizan a los hombres que les introdujeron en el mundo del sexo gay”, dice Chad: “Nuestra erótica, nuestro fetichismo sexual, nuestra pornografía y nuestros roles sexuales tienden a imitar la relación adulto-adolescente. Con frecuencia, incluso nuestro concepto del tipo de hombre que buscamos se construye sobre esas primeras experiencias. Cuando tantos hemos tenido la misma experiencia, es fácil creer que es normal. Pero considero absolutamente esencial que el mundo LGBT examine seriamente este asunto y se ponga en marcha para detenerlo”.

Apelación al coletivo LGBT
“Estamos hablando de hombres gay que abusan de jóvenes que buscan muchas cosas en un estado extremadamente vulnerable. Esos adultos no están guiando, ayudando, liberando o permitiendo a esos adolescentes explorar quiénes son. Están abusando de ellos”, concluye Greene: “No podemos subestimar el estrés emocional y psicológico y la ansiedad que los actos de los adultos producen en mentes inmaduras y no podemos remitirnos a nuestros propios recuerdos como prueba de que ese daño es relativo”.

Chad concluye pidiendo a los medios, líderes y organizaciones LGBT que se posicionen contra las relaciones entre adultos y adolescentes y se pongan “firmemente del lado de proteger a los jóvenes gays”: “Somos los únicos que podemos detener este patrón generacional de abuso y creo que es prioritario que lo hagamos”.

¿Odio cristiano?
Chad se define en el Huffington Post como “gay conservador”. Es, desde luego, una personalidad inconformista con los posicionamientos del lobby LGBT, y prueba de que no todas las personas con tendencia homosexual se sienten representadas por él.


Entre otras actividades, Chad Felix Green escribe libros infantiles para educar a los niños en el judaísmo.

En septiembre de 2014 describió su experiencia como judío y gay al acudir a una iglesia cristiana, ese tipo de centros donde, según afirma el lobby gay, se fomenta la homofobia. “La mayor parte de los estadounidenses creen que las iglesias contribuyen al suicidio de gays”, proclamaba en 2010 la CNN al hacerse eco de un estudio.

En un artículo publicado en el American Thinker, Chad recogió un buen puñado de titulares semejantes que, estos sí, parecían promover la cristianofobia, al culpabilizar al mensaje cristiano de elevado índice de suicidios entre los homosexuales activos.

Pero Greene, invitado por un amigo, acudió a una congregación cristiana donde el pastor, que conocía su condición de judío y gay, le presentó como “el hermano Chad” y lo sentó junto a su familia. Las referencias al pecado en las oraciones, los cánticos y el sermón “fueron algo compartido, más que centrado en alguien en particular“, incluida la plegaria final por quienes se encuentran “perdidos”.

Dice que sorprendió a un par de personas mirándole en ese momento, dado que era el único miembro extraño a la comunidad, pero nadie salvo el pastor y su amigo conocía su condición de homosexual activo, así que considera que “solo si estuviese buscando algo ofensivo” podría intepretar que la oración iba por él. Y, en todo caso, se insistía “en olvidar el odio y en que Jesús solo pide amar al prójimo”.

Denunciando cierta paranoia que tiende a creer “que todo lo que hacen los demás se refiere a uno”, Chad concluye afirmando que “incluso cuando los cristianos apelan a alguien a quien consideran perdido para la fe, lo hacen con un palpable sentimiento de amor y compasión“: “La única forma de sentirse ofendido es decidir estarlo”.

Fuente: http://www.religionenlibertad.com/gay-activo-denuncia-abuso-menores-como-forma-habitual-56105.htm

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