Por ahora, aunque los casos son ya numerosos, son proporcionalmente una minoría las personas afectadas con mayor gravedad por los nuevos dogmas de la corrección política. Sin embargo, la ofensiva en los últimos años de los grupos de presión LGTBI está extendiendo a capas cada vez más amplias de población, y de forma cada vez más agresiva, la dictadura del pensamiento único. Regis Nicoll, columnista en diversas publicaciones conservadoras y pastor anglicano en Chattanooga (Tennessee), analiza la situación en un artículo titulado “La tiranía del puño de hierro de la corrección política”, publicado en Crisis Magazine:


Regis Nicoll, impartiendo un curso de Biblia.

En el arco de pocos años, la dictadura del relativismo ha dado paso a la tiranía de lo políticamente correcto. Bajo el primer régimen, la verdad universal fue suplantada por la verdad personal; bajo el régimen actual, ha sido reemplazada por la falsedad absoluta.

Consideren la aparición de afirmaciones como éstas:

-La orientación sexual es innata y no se puede cambiar.
-El género no es ni innato ni inmutable ni binario.
-La homosexualidad no es anormal ni antinatural ni desordenada.
-El matrimonio es una cuestión de amor, no de género.
-Los niños crecen igual de bien (¡o mejor!) al cargo de personas del mismo sexo que con sus padres biológicos.
-El terrorismo islamista no lo causa la religión.

Todas son objetivamente falsas (como sucede con todas las declaraciones políticamente correctas) y, sin embargo, gracias a la tautología, a una pátina sofística y a la imposición avanzan y se han convertido en la ortodoxia occidental. El pensamiento de grupo está tan atrincherado que quienes se atrevan a desafiarlo pueden encontrarse fuera del ámbito de la cortesia.

¿No lo creen? En su próximo evento social intenten explicar por qué creen que el matrimonio no es el derecho a casarse “con cualquiera a quien ames”. Si los invitados no palidecen como si una mofeta hubiera saltado de su bolsillo, desencadenará una oleada de nerviosismo incluso entre los cristianos, que han racionalizado sus ideas en favor de amigos y parientes gays o porque tienen miedo a ser considerados fanáticos e intolerantes.

El precio de discrepar
Compartir las propias creencias durante un aperitivo puede provocar el rechazo social. Pero poseer un negocio, apoyar una causa o pertenecer a una organización contraria a lo que establecen las normas de lo políticamente correcto puede provocar desde la humillación pública a la pérdida del trabajo.

Si no lo creen, pregunten a Aaron y Melissa Klein, propietarios de una pastelería: fueron multados y tuvieron que cerrar su negocio no porque se negaran a servir a clientes homosexuales, sino porque se negaron a hacer un pastel de boda para una ceremonia entre dos personas del mismo sexo.


Los Klein, miembros del gremio de pasteleros, objetivo preferente del lobby gay: ya son varios los denunciados y multados por no querer hacer la tarta “nupcial” para “bodas” entre personas del mismo sexo.

O a David y Jason Benham, que perdieron su popular programa de la HGTV, Flip it Forward, por las declaraciones que hizo David sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo.


Los gemelos Benham preparaban un reality orientado a proporcionar vivienda a personas sin recursos. Pero sin vivienda seguirán (al menos por esta vía), porque David expresó durante una entrevista en la radio su posición contraria a la homosexualidad, y la apisonadora de la corrección política se puso en marcha.

Declaraciones que hace una década no hubieran suscitado controversia y que, de hecho, no la suscitaron en 2008 cuando el candidato a la presidencia Barack Obama le dijo a Rick Warren: “Creo que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer. Y para mí, como cristiano, es también una unión sagrada. Dios está en ella”.


Tan cerca como 2008, el propio Barack Obama se mostraba contrario al matrimonio homosexual. 

O a Chip y Joanna Gaines, estrellas del programa de la HGTV Fixer Upper, amenazados con la cancelación de su programa y la ruina económica no porque hicieran o dijeran algo, sino por pertenecer a una iglesia que afirma el plan natural heterosexual del matrimonio.


Los Gaines han visto amenazada su ola de éxito televisivo no por nada que hayan hecho o dicho, sino por las opiniones contra el matrimonio gay del pastor de la iglesia a la que asisten.

También tenemos el caso del estado de Carolina del Norte, que está siendo boicoteado por la gente del espectáculo, las organizaciones deportivas profesionales y por las empresas que conforman la lista Fortune 500 por una ley que, conforme a la realidad física y el sentido común, protege a las chicas en los baños del entusiasmo procaz de los chicos.


En abril de 2016, Bruce Springsteen anunció que suspendía su concierto en Greensboro (Carolina del Norte) en protesta por la ley estatal protectora de los derechos de los menores y de la intimidad de las personas que establece que las personas solo podrán usar el cuarto de baño correspondiente a su sexo biológico.

Más recientemente, el St. Joseph’s Healthcare System, una institución católica, ha sido denunciada por negarse a realizar una histerectomía [extirpación de útero] sin causa médica a una mujer transgénero.

A medida que las campañas de lo políticamente correcto han pasado de la sala de juntas al dormitorio y al baño, mucha gente ha decidido permanecer en silencio o autocensurar sus comentarios para evitar la adversa atención de la policía del pensamiento. Todo al servicio de un reality a modo de Alicia en el País de las Maravillas.

Buscando las raíces
La cultura de lo políticamente correcto es producto del progresismo, que aborda la realidad como un constructo social que debe cambiarse para alcanzar los fines y derechos progresistas de prosperidad y paz. Tuvo su origen bajo el comunismo y se institucionalizó en los años 30 para promover la realidad “por encima de la propia realidad” del partido, tal como escribe Angelo M. Codevilla, miembro senior del Claremont Institute.


Angelo M. Codevilla explica las raíces históricas y psicológicas de la necesidad progresista de aplastar a quienes disientan de sus planteamientos.

Para todos los movimientos progresistas, el cielo en la tierra consiste en la creación de una nueva humanidad en una existencia utópica en la que se resuelvan todos los conflictos y contradicciones: en el comunismo, mediante el desmantelamiento de las diferencias de clase; en el freudismo, superando la represión sexual; en el liberalismo social, consiguiendo la aceptación pública para cada uno -y el conjunto- de los estilos de vida posibles; en el secularismo, mediante la exaltación de la ciencia y la aniquilación de la religión. Cada uno de estos movimientos necesita una revolución contra las realidades que no se plieguen a las “realidades” de los progresistas.

Algunos ejemplos: un bisturí y un tratamiento hormonal de por vida no pueden cambiar el cromosoma del sexo de Y a X; una disposición judicial no puede convertir una pareja del mismo sexo en un matrimonio (como no puede transformar a dos átomos de sodio en sal [hace falta un átomo de cloro y uno de sodio]); el sexo libre y sin consecuencias no acaba en una utopia freudiana, sino en la distopía post-revolución sexual que conlleva infidelidad matrimonial, divorcio, enfermedades de transmisión sexual, embarazos fuera del matrimonio y aborto.

Sin embargo, a pesar del avance del secularismo en una época que ha visto la mayor persecución religiosa de la historia, la población perteneciente a un credo religioso crece y se prevé que, en 2050, habrá aumentado del 84 al 87 por ciento de la población global.

Explotación “soft
Codevilla explica que la tarea de la corrección política es superar éstas y otras realidades intransigentes silenciando la discrepancia, “delegitimando” los puntos de vista contrarios (sobre todo los que se rigen por los fundamentos morales de la civilización occidental), marginando a las personas que los defienden y criminalizando a quienes actúan según esos puntos de vista. Resultado: la revolución arrecia.

Privado de una visión apasionada de la verdad, la belleza y la bondad, y sin un valor incuestionable, el interés progresista no es ganarse a la sociedad con argumentos racionales y con un discurso cívico, sino en someterla con la amenaza de la censura social, o algo peor. La triste ironía, parafraseando la broma del economista John Kenneth Galbraith sobre el comunismo, es que “bajo el capitalismo el hombre explota al hombre; bajo el progresismo, es justo lo contrario”.

El éxito de esta explotación “soft” requiere una apropiación inteligente del lenguaje por parte de los arquitectos de lo políticamente correcto. Se conservan términos como justicia e igualdad, pero sus definiciones y aplicaciones cambian.

Justicia, según su significado clásico, es dar a la gente lo que se le debe; en la visión cristiana, es darle lo que necesita; para la mente progresista, es dar a la gente lo que quiere, o lo que la clase gobernante ha decidido que necesita, lo cual incluye, al abrigo de la justicia social, la justicia económica, la justicia climática, la justicia ambiental, la justicia de recursos y la justicia reproductiva.

La igualdad, según nuestros padres fundadores, tenía que ver con la igualdad de oportunidades y el trato justo e imparcial de todas las personas sin importar la raza, la etnia, el sexo o la religión. Su hijastro progresista tiene que ver con la igualdad de resultados; pero esto, necesaria y contrariamente al principio de igualdad de trato, perjudica a algunas personas mediante la diversidad y el sistema impositivo progresista, la inclusión y las políticas de discriminación positiva. Mientras la primera dio lugar a los grandes movimientos sociales como la abolición de la esclavitud, la emancipación, el sufragio universal y los derechos civiles, la segunda ha engendrado todo desde la legalización del aborto al “matrimonio” entre personas del mismo sexo, pasando por las leyes sobre la utilización de los servicios públicos y la eliminación de las distinciones honoríficas en las escuelas públicas.

Al comprometerse con un movimiento que no tiene un fin definido -siempre hay “progresos” que llevar a cabo, enemigos que derrotar, equivocaciones que enmendar-, los progresistas están siempre olfateando a su alrededor en busca de alguna realidad que deconstruir u otra que crear. Lo que explica por qué a la legalización del “matrimonio” entre personas del mismo sexo le siguió, con gran rapidez, el reconocimiento de la orientación sexual y la identidad de género como clases protegidas. Y por qué los activistas LGBT y sus simpatizantes no están satisfechos con salir victoriosos de las batallas legales y ganar sus derechos: los delincuentes (pasteleros, floristas, fotógrafos) deben ser castigados y reducidos a cenizas.

Esto satisface un anhelo profundo de absolución personal. Como observa Codevilla, con razón, “sentirse mejor con uno mismo proclamando los pecados de aquellos a quienes se humilla y perjudica es un placer adictivo que crece a medida que uno se satisface”.

Pero para las víctimas de la corrección política y para quienes se niegan a ser intimidados por su tiranía esto produce un resentimiento que puede llevar a una contrarrevolución. Y, probablemente, el inesperado ascenso de Donald Trump a la presidencia sobre lo mejor que ha producido el Partido Republicano, es el pistoletazo de salida. Si es así, ya sea esto el final de una tiranía o el principio de otra, una cosa es cierta: será un viaje lleno de turbulencias, por lo que… abróchense los cinturones.

Traducción de Helena Faccia Serrano

Fuente: http://www.religionenlibertad.com/correccion-politica-lobby-gay-producen-victimas-esta-55857.htm#

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