Dentro de los días de la elección de Donald Trump, la izquierda americana, nuevamente animada por la oposición, pegó el grito al cielo: «El amor derrota (trumps) al odio». El slogan sugiere la idea de que el presidente Trump apoya la división y la discriminación, mientras que sus oponentes apoyan el amor y la inclusión. En ningún lugar este sentimiento ha estado más visible que en la “Marcha de las Mujeres en Washington”, el día después de la inauguración del nuevo gobierno.

Aunque la marcha fue dirigida por la izquierda, ésta afirmaba que hablaba por las mujeres en general, incluso por las mujeres de todas las edades, razas y estados reunidas en el National Mall. Sin embargo, perdió en la acción, al no poder mostrar el sentido de lo que el movimiento defiende y, en última instancia, sólo dejó claro a lo que el movimiento se opone. El resultado: no sólo una caricatura del Sr. Trump como un misógino empecinado en mandar a las mujeres de regreso a los Estados Unidos de los años 1950, sino cualquier cosa asociada con esto. Quizás más puntualmente, mientras que la Marcha de la Mujer afirma defender el amor, la no-violencia y la inclusión, sus organizadores incondicionalmente se rehúsan a extender esa «inclusión» a las mujeres pro-vida.

No podemos pasar por alto el significado de este acto, porque revela un rayo mortal en la armadura del movimiento de resistencia de las nuevas feministas: su posición radical sobre el aborto. Esto hace que el movimiento no pueda unir a las mujeres americanas ya que rechaza la posición que la mayoría de las mujeres toman sobre el aborto -que debe ser completamente ilegal, o legal pero con restricciones significativas.

De acuerdo a la última encuesta de los Caballeros de Columbus/Maristas, una encuesta anual de puntos de vista sobre el aborto, sólo más de la mitad de todas las mujeres quieren ver mayores restricciones al aborto. Para millones de mujeres, incluyendo a las jóvenes como yo, esto no es sólo una postura política, involucra muchas áreas de nuestras vidas como mujeres. Para nosotras, «resistencia» tiene que incluir oposición a la mentira de que la libertad puede ser comprada con la sangre de nuestros niños no nacidos.

Rechazamos la noción de que necesitamos aborto libre, por demanda, sin excusas. Estamos ofendidas por los esfuerzos beligerantes de la prensa en retratar el movimiento pro-aborto como normal, mientras que se hacen los ciegos con los millones de nosotras que creemos que las mujeres merecemos algo mejor que el aborto. Rechazamos a la minoría mordaz que afirma hablar en nuestro nombre y nos excluye del «movimiento de mujeres».

Las mujeres anti-aborto rechazan la versión de «feminismo» que infiere que no podemos ser iguales a los hombres a menos que se destierre lo que es único de nosotras como mujeres: nuestra habilidad de proteger, nutrir y alimentar nueva vida dentro de nuestros cuerpos. Resistimos el pensamiento convencional de que las mujeres tendrán éxito en la escuela, carrera y vida sólo si relegan la maternidad a un momento «ideal» en el tiempo, algo muy difícil de alcanzar. Rechazamos la presión de creer que matar a nuestros hijos y vivir vidas plenas son mutuamente inclusivas. No lo son.

Como una mujer que ha estado involucrada en el movimiento pro-vida en toda su vida adulta, quiero borrar el estereotipo de que las personas que trabajan por terminar el aborto odian a las mujeres. Mi movimiento empodera a las mujeres en formas tangibles. En la Coalición Humana, donde trabajo, extendemos ayuda tangible, compasiva a las mujeres embarazadas que creen que el aborto es la mejor o la única opción disponible para ellas. Este es un grupo marginado, y nosotros estamos trabajando para pararnos en la brecha por ellas.

Grupos como el nuestro trabajan con cada mujer para identificar las circunstancias únicas que las han hecho sentirse sin poder, y luego respondemos a esas necesidades. Ello puede significar ir con ellas para abogar por ayuda médica Medicaid; ayudándolas a garantizar su seguridad, viviendas asequibles; encontrar soluciones de cuidado infantil; o ayudándolas a mejorar su CV y encontrar un empleo. No hay debate: Las mujeres enfrentan obstáculos durante el embarazo. Pero me niego a aceptar que traficar con la muerte para enfrentar una crisis pueda alguna vez empoderar verdaderamente a una mujer.

Y no son sólo las mujeres pro-vida las que se sienten así. Los hombres con los que trabajo quieren terminar con el aborto, no porque quieran controlar a las mujeres, sino porque están de acuerdo en que requerir el sacrificio del hijo de una mujer a cambio de su éxito es inimaginable.

Los hombres con los que trabajo están creando una cultura en la cual sus propias esposas, hijas y hermanas son empoderadas y apoyadas. Ellos están haciendo el aborto impensable al extender compasión y esperanza en una sociedad donde los hombres han usado frecuentemente el aborto para oprimir y explotar a las mujeres.

Si un movimiento quiere hablar por mí como una mujer, entonces debe ser lo suficientemente amplio como para tomar mis firmes creencias, y aceptarlas como una corriente principal. Las mujeres que desafían el movimiento pro aborto saben que nuestro poder no está en un puño apretado o un acto de violencia contra cualquiera – especialmente no contra nuestros propios hijos no nacidos. Más bien, nuestro poder está en terminar el status quo del aborto al demandar más por nosotras mismas, por nuestras familias y por nuestros hijos.

 

Por Lauren Enriquez. Traducido de The New York Times.

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