Cuando el Estado pretende transformar al hombre, emprende un ejercicio de manipulación al que es preciso oponerse”. Alejandro Llano.

Es muy necesario dedicar estas líneas a un debate que no debería serlo, dado que por humanos que somos, civilizados que nos decimos y raza dominante que aparentamos, el aborto no debería ser punto de discusión.  Nuestro país nuevamente se encuentra ante la amenaza de una borrasca de nefastas propuestas originadas en grupos de personas quienes alguna pena en sus vidas trastocó algo en su discernimiento y lo emotivamente vengativo impera en sus decisiones.

Y algunos, sin tener un conocimiento de sus acciones, son unos autómatas controlados por grupos de poder que buscan legalizar esta horrorosa práctica por su rentabilidad económica ya conocida. No es un secreto las altas ganancias monetarias que produce los abortos, recordemos que Donald Trump acaba de eliminar el presupuesto que los demócratas anteriormente destinaban a Planned Parenthood, organización ligada al tráfico de órganos de bebés abortados. ¿Golpe fuerte al negocio? Esta y otras organizaciones supranacionales buscarán por todos los medios posibles encontrar nuevos mercados que les permitan suplir la pérdida irreversible que les ha originado el presidente estadounidense.

Heroicamente nuestro país prohíbe el genocidio de los habitantes del vientre materno, sabiamente se ha dicho “NO” a esta denigrante traición a nuestros congéneres no nacidos. Nuevamente en medios de comunicación empezamos a ver bucólicas historias de  abortos, personas contándonos sus tristes vivencias que les obligaron a cometer esta fatídica práctica.

Escuchamos los risibles argumentos diciendo que las personas que no son católicas y no creen en Dios tienen todo el derecho a abortar, que cada quien tiene la libertad a decidir, que no nos entrometamos en sus vidas, que las leyes de Dios debemos desdeñarlas porque no tienen sentido, para gobernar nuestra incontrolable soberbia y despotismo humano.  ¡Con argumentos así mejor que ya no existan leyes¡ el pandillero extorsionista tiene derecho a hacerlo porque él tampoco es católico, el violador de menores tiene derecho también a justificar sus acciones porque no cree en lo absoluto en Dios; podríamos seguir enumerando más ejemplos, se convertiría en una interminable lista, porque cada quien tendría su verdad y no podríamos permitir que leyes de hombres o de cualquier tipo, limiten nuestro libre albedrío, ninguna acción humana podría señalarse como mala debido a la ausencia de una jerarquía que nos diga lo contrario.

Si condenamos una conducta como nociva, un enardecido grupo de personas gobernadas por impulsos, dejando a un lado toda ley natural, buscará a toda costa validar su práctica, aduciendo que debe imponerse el “yo quiero”, “yo decido” y es así como la anarquía se hace presente; estamos volviendo a épocas en que prevalecía la ley del más fuerte y lamentablemente estamos ante nuevas dictaduras tratando de imponer sus aberraciones ideológicas.

Realmente es incomprensible hablar de derechos sin ni siquiera respetar los que ya posee un ser humano desde la concepción. No es aceptable poner en una mesa de discusión quién vive o quién muere, no podemos emular al coliseo Romano donde solamente el más tenaz y fuerte lograba sobrevivir.  Abortar en casos de violación dicen… cuando está en peligro la vida de la madre comentan…  nos argumentan que la mujer al sobrevivir puede tener más hijos, puede rehacer su vida.

¿Y el humano abortado? ¿Cuántos hijos pudo haber tenido? ¿Cuántos aportes al mundo dejó de darnos porque lo eliminaron vilmente? ¿Quién decide qué vida vale más? Mercaderes de la muerte, la vida no es negociable, su repugnante verborrea nunca disuadirá al bien que habita en los corazones humanos ¡la verdad siempre triunfará!

 

Fuente: http://www.elsalvador.com/articulo/editoriales/aborto-140358

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