Todo el movimiento provida está a la expectativa de hasta dónde llegará el gobierno de Donald Trump en defensa de los seres humanos no nacidos.

El presidente americano ha prometido el nombramiento de un juez favorable al derecho a la vida en el Tribunal Supremo para sustituir a Antonin Scalia; varios miembros de su gobierno son inequívocamente contrarios al aborto y, en su primera semana de gobierno, ha prohibido ya las subvenciones a grupos que promueven fuera del país el asesinato de bebés en el útero materno.

Por si tales medidas no fuesen suficientemente claras, el vicepresidente Mike Pence participó en la multitudinaria Marcha por la Vida celebrada el viernes pasado en Washington, donde aseguró: “no descansaremos hasta restaurar la cultura de la vida en América”.

En la batalla por la defensa de la dignidad inalienable del ser humano se dirime ante todo la suerte de incontables vidas inocentes, que seguirán siendo sacrificadas mientras no cambien las legislaciones de un gran número de países.

Mike Pence, en su declaración en la Marcha de la Vida
Mike Pence, en su declaración en la Marcha por la Vida de Washington

La barbarie del aborto premeditado, al igual que el infanticidio de recién nacidos, acompaña a la humanidad desde la noche de los tiempos. Pero no hay duda de que su despenalización, con mayores o menores limitaciones, así como la propaganda abortista, han favorecido esa práctica horrenda, en especial desde los años setenta del siglo pasado, a una escala genocida.

Ahora bien, el debate sobre el aborto tiene implicaciones que van más allá del movimiento provida, en sentido estricto. Está en juego aquí, nada menos, la entera visión del mundo que rige en nuestro tiempo.

Todas las cuestiones políticas fundamentales se entrecruzan en la cuestión del aborto. Consideremos en primer lugar el concepto de libertad. Los partidarios de legalizar la eliminación de la vida humana en sus fases embrionaria y fetal conciben la libertad, paradójicamente, como el derecho sacrosanto a ser esclavos de nuestros impulsos y emociones, sin “represiones” internas o externas de ningún tipo.

Una sociedad hedonista

El aborto tiene aquí una evidente función de última “red de seguridad”. Dado que no existe un método anticonceptivo perfecto (al menos, entre los reversibles), la libertad sexual sin límites requiere eliminar cualquier obstáculo legal al aborto. Lo mismo puede decirse de la libertad irrestricta de “realización personal”, que puede verse truncada por un embarazo indeseado.

Esto choca con la visión clásica y cristiana de la libertad humana, que siempre se entendió como la facultad que nos permite dominar nuestras pasiones y sentimientos caprichosos, sometiéndolos a la razón, en lugar de al revés. En realidad, una sociedad donde impera el hedonismo, tenderá a ser políticamente menos libre.

Como observó Juan de Mariana, contraponiendo al rey justo y al tirano, el primero no favorece que los ciudadanos “se debiliten en el ocio y la molicie, como hacen los tiranos para quebrantar las fuerzas del pueblo (…) en el placer, la lujuria y el vino”.

El mayor logro de cualquier totalitarismo sería probablemente una sociedad donde los ciudadanos no tuvieran otro objetivo que la búsqueda del placer material, lo que permitiría dominarlos con mucha mayor eficacia que con formas de coacción más tradicionales.

La cuestión del aborto tampoco puede desligarse del otro tema central de la cultura contemporánea: la igualdad. Desde que ésta deja de basarse en un principio trascendente, la obsesión de la ideología progresista consiste en eliminar, o incluso negar patológicamente, las diferencias biológicas entre los individuos.

‘El aborto es sagrado’

Los hombres y las mujeres se distinguen por encima de todo por el privilegio de la maternidad del que gozan ellas. No hay nada más autodenigratorio para la mujer que renegar de tal privilegio mediante el aborto, que reduce el embarazo a una molestia fácilmente extirpable.

Defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural implica optar por unas ideas de la libertad y la igualdad basadas en una antropología que fue elaborada por el pensamiento griego clásico, el cual convergió fructíferamente y alcanzó su máximo desarrollo con el cristianismo.

El progresismo es una mutación de dicha antropología, que sólo puede seguir manteniéndose en una guerra cultural cada vez más abierta abierta con ella. Acusan a los provida de fundamentalistas, y estos suelen caer en la trampa de negar esta acusación, como si fuera algo malo que nuestras concepciones reposaran en unos fundamentos claros.

En realidad, quien niega mis fundamentos no puede dejar de ser él mismo un fundamentalista, aunque de signo contrario, y esto se torna evidente en eslóganes como “el aborto es sagrado”. Los progresistas demuestran un certero instinto tomándose con tanta vehemencia el asunto del aborto. Saben que si pierden esta batalla, toda su cosmovisión terminará cayendo.

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