Me llamo Jeanette, tengo 34 años y tres hijos. Sí, tres hijos, porque tuve un bebé que Dios no quiso que viniera para quedarse.

En junio del año 2015 quedé embarazada y acudí a mi médico. Realicé exámenes de rutina, ecografías y todo estaba normal.
Nuestra historia cambió a fines de octubre cuando ya presentaba 4 meses de embarazo y la pancita se empezaba a notar.
Un día por la mañana me levanté al baño y sentí que algo me salía de entre las piernas. Al mirar vi que era algo mucoso de color rosado. Asustada, llamé a mi médico que me dijo que fuera a urgencia enseguida para ver cómo estaba mi bebé.
Al llegar ahí la mala noticia era visible en aquella pantalla del ecógrafo.
– “Chiquilla se te rompió la bolsa, mira tu bebé no tiene líquido, tu embarazo es inviable hay que interrumpir tu embarazo porque tú corres peligro de infectarte y morir”.
¿Por qué tenía que interrumpirlo si mi bebé aún tenía latidos?
¿Por qué había que interrumpirlo si no presentaba infección ni riesgo para mi vida?
Decidí irme de ese hospital y al día siguiente visitar a mi médico. Otra vez, malas noticias pues ratificó la rotura de la bolsa pero teníamos que esperar a que el entonces feto dejara de latir dentro de mí. De haber estado aprobada esta ley “mata niños” habrían interrumpido mi embarazo.
Así fue como estuve 3 meses hospitalizada con exámenes semanales y ecografías dos veces a la semana. Los médicos se sorprendían cada día ya que ellos sólo esperaban que mi bebé se rindiera. Que presentara infección o que sola comenzará con trabajo de parto. Pero mi corazón luchaba junto al de mi pequeña bebé y le decía: “Vamos hijita, demuéstrales que se equivocan, que no eres una cifra, que no eres un feto, eres mi bebé que tiene corazón y lates dentro de mí porque eres vida”.
Mi pequeña Isabella nació por una cesárea de urgencia a las 32 semanas y pesó 1650 g. Para sorpresa de los médicos ella no traía ninguna malformación física. Ellos decían que por la presentación podálica su cuerpo no se estaba formando bien, que su cráneo era deforme, etc.
Era hermosa, bella pero venía con problemas en los pulmones. Uno de ellos era más pequeño que el otro. Y a las 7 horas de nacer se puso alitas de mariposa por una insuficiencia respiratoria debido a la hipoclasia pulmonar que se generó por la falta de líquido amniótico.
De eso ya han pasado 11 meses. Meses en los que hemos vivido sumidos en el dolor pero a la vez con la clara convicción de que hicimos lo correcto.
La vida de nuestra hija no dependía de los médicos ni de mí. Dependía sólo de Dios y de ella. Ella fue quien determinó hasta cuando quiso luchar. Ella vino a demostrar a los médicos que sus libros de anatomía, sus cifras y porcentajes de muertes intrauterinas no son infalibles y que los embarazos inviables sí pueden llegar a término y que muchas veces se equivocan con sus diagnósticos.

Mi hija fue vida y con eso nos quedamos. Toda espera y sacrificio que hubo de por medio para verla nacer, tenerla en nuestros brazos, besarla, acariciarla, cantarle y decirle lo mucho que la amamos valió la pena y, sobre todo, la alegría de poder compartir nuestra historia y decir: Somos una familia Pro-Vida

Tenemos 3 hijos, sí, porque Isabella nació viva y, aunque no la tenemos físicamente con nosotros, ella vive en nuestros corazones para toda la eternidad.
 
Jeanette, seguidora de SalvarEl1, ha compartido con nosotros su testimonio de vida. Cuando estaba embarazada de su hija Isabella, se le rompió la bolsa con el líquido amniótico de manera prematura. Le aconsejaron el aborto pues la niña no tenía posibilidades de sobrevivir.
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