Cada 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, desde hace más de 30 años, un grupo de defensores de la maternidad y de la vida humana prenatal se concentran a las puertas de un establecimiento donde se dedican a matar niños: Dator.

abortocoatUn chico (ahora padre) salvado de ser abortado en Dátor, se manifiesta a las puertas del negocio / DAV

El resto del año, trabajan con respeto y humanidad ofreciendo alternativas a las mujeres que están en riesgo de aborto, los provida asumimos un rol de lucha pacífica, de resistencia pasiva, de combate social a las puertas de la misma muerte.

Pero los 28 de diciembre a las puertas del primer abortorio de España, Dator, para los que vivimos en Madrid, son especiales.

Al menos un día al año, se impide que se perpetre la masacre.

Al menos un día al año, los bisturíes no provocan el derramamiento de una sola gota de sangre.

Al menos un día al año, se acalla el ruido de los aspiradores que succionan brazos, piernas, y cabezas de bebés.

El maestro de ceremonias es Jesús Poveda, un tipo que no sabe elegir el estampado de sus camisas, pero que estampa su legado de persistencia frente a la muerte cada día, desde que se levanta hasta que se acuesta.

Año a año Poveda es detenido cada 28 de diciembre, tras una acción de resistencia pasiva que completa los otros 364 de asistencia activa para lograr que “esa guarrería se convierta en una guardería“.

Lo que cuesta un abrigo en la conciencia

Una de esas gélidas mañanas de diciembre en Madrid, hace más de una década, se me ocurrió preguntarle algo a un tipo que salía, por la puerta lateral de Dator, muy engominado, con un abrigo precioso, que recordaba a aquellos que lucía Ramón Mendoza.

La pregunta, lo reconozco, no era inocente ni una inocentada: “¿Cuántos abortos te ha costado ese abrigo?”, le espeté.

Frenó en seco. Vaciló por un momento si se daba la vuelta. Y en un movimiento que convirtió su brazo en un látigo, descerrajó un bofetón que resonó en mi cara.

Es el golpe que he recibido con más gusto en toda mi vida, porque fue el reflejo de que mi comentario había sacudido, por un instante, sus restos de conciencia moral. Los de una persona que estudió para curar y aliviar enfermedades, pero que se dedica a matar seres humanos indefensos.

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