Irlanda tiene, desde 1983, una enmienda a su Constitución que reconoce explícitamente el derecho a la vida de los niños no nacidos, que debe ser respetado, defendido y protegido en las leyes, al mismo tiempo que el igual derecho a la vida de la madre. La finalidad de la enmienda, pues, es la protección de la vida de los no nacidos y el asegurar a las madres acceso a tratamientos médicos que aseguren que su vida no es puesta en riesgo.

Esta octava enmienda constitucional no fue promovida por ningún lobby ni partido político, sino que surgió de la iniciativa de pequeños grupos locales pro-vida, y consiguió ser aprobada con una mayoría de dos tercios. Y eso en una época en la que aún no disponíamos de ecografías con ultrasonidos que hacen aún más evidente, si cabe, la humanidad e individualidad del niño no nacido.

Ahora, cuando han transcurrido algo más de tres décadas desde su entrada en vigor, un informe independiente ha concluido que esta enmienda ha salvado como mínimo 100.000 vidas. Un impacto realmente espectacular que, en principio, debería de alegrar a cualquier persona, con independencia de su ideología. Además, estos datos confirman una vez más que las leyes afectan al comportamiento de la gente, no sólo por lo que prohíben o prescriben, sino a través de la conformación de una mentalidad que tiende a adecuarse a la ley y que tiende a considerar bueno o malo lo que la ley considera recomendable o rechazable.

Pues bien, la realidad es algo diferente. Lejos de asistir a una alegría generalizada ante los más de 100.000 irlandeses que hoy viven entre nosotros gracias a la octava enmienda, los grupos abortistas han lanzado una campaña para eliminarla en base al sacrosanto derecho al aborto.

Para esta nueva idolatría, el aborto es lo más sagrado, lo que toda sociedad debe abrazar reverencialmente si desea ser considerada como progresista. Lejos quedan los discursos, que ahora sabemos que eran pura hipocresía, sobre salvar la vida de las madres, sobre minimizar el impacto psicológico que pudieran sufrir, sobre aquello de hacer del aborto algo excepcional. No importan los hechos, no importa la realidad de que miles de vidas se han salvado y la vida de las mujeres ha sido también cuidada, lo único que parece importar a los grupos de presión abortistas es que su ídolo sea consagrado legalmente y que todos seamos obligados a reverenciarlo.

Y es que Irlanda sigue siendo una piedra en el zapato para la multinacional abortista, especialmente si uno considera que el ejemplo irlandés desmonta uno de los argumentos que los abortistas han utilizado con frecuencia para engañar a los incautos: es la demostración, con los hechos, de que no se necesita recurrir al aborto para preservar las vidas de las mujeres.

Así que ya ha empezado la campaña para eliminar la octava enmienda de la constitución irlandesa. Y de igual modo que en la campaña para el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo, financiada con recursos inimaginables para los defensores de la vida: desde el apoyo masivo y unánime de la prensa, hasta los fondos sin límite suministrados por la Fundación Open Society, del multimillonario Geroge Soros, pasando por el apoyo institucional del Comité de Derechos Humanos de la ONU y de Amnistía Internacional.

La desproporción de medios es tan descomunal que parecería que la octava enmienda está condenada a la desaparición y que el aborto campará pronto a sus anchas, sin nada que lo restrinja, por tierras irlandesas. Lo parecería, sí, aunque si algo hemos aprendido últimamente es que nunca pueden descartarse las sorpresas.

Hay un dato al que se agarran los defensores de la vida: esos 100.000 irlandeses que viven gracias a la octava enmienda no son un frío número en un informe actuarial, sino que son hijos con los que celebrar tu cumpleaños, nietos que van al colegio, una sobrina que aprende a ir en bicicleta, un hermano que te echa una mano. Son seres reales, miembros de tu familia, que están vivos gracias a que la octava enmienda ha sido un dique que no ha permitido que la cultura de la muerte se normalice por completo en Irlanda.

Para que los irlandeses tomen conciencia de esto la Campaña Pro-Vida ha lanzado el Love Both Project, una iniciativa que quiere dar visibilidad a las historias reales que son ignoradas por los grandes medios y que nos hablan de las vidas salvadas estos años y del impacto positivo que han tenido en las vidas de tantos irlandeses.

Una de ellas, Mary Kennedy, de Limerick, explicó en una reciente concentración que “Si yo hubiera escuchado a los pro-choice cuando descubrí que estaba embarazada, ahora no tendría a mi preciosa hija de tres años Hollie. Los que presionan para eliminar la Octava Enmienda no tendrían palabras para consolarme por la pérdida que habría sufrido.

Estoy tan agradecida de que la Octava Enmienda existiera cuando tuve que enfrentarme a esta crisis. Me horrorizo al pensar lo que hubiese pasado si hubiera habido una clínica abortista justo al final de la calle en la que vivo. Hay tantas que estaban en una situación similar a la mía que están agradecidas por la vida y el amor de sus hijos hoy. Ésta es la gran, positiva y desconocida historia de la Octava Enmienda”.

¿Quién vencerá en esta nueva batalla en Irlanda, David o Goliat? De su desenlace depende la vida de miles de niños.

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