El caso de Jordan Peterson, profesor de Psicología en la Universidad de Toronto, es un ejemplo de lo que está sucediendo ya en numerosos países del mundo y amenaza con generalizarse. En aplicación de leyes de imposición de la ideología de género similares a las que se están aprobando en España, la libertad de expresión y el debate académico están siendo perseguidos. He aquí la historia del profesor Peterson, contada por Scott Ventureyra en Crisis Magazine:

Desde hace dos meses el profesor Jordan B. Peterson está presente en todos los titulares de Canadá. Sostiene una lucha encarnizada en defensa de la libertad de expresión contra lo que él llama las peticiones sinsentido de los “ideólogos de la izquierda radical” en la Universidad de Toronto, en la que enseña, y en todo Canadá, donde los activistas gais ejercen un influencia excesiva y, en última instancia, dañina sobre las instituciones de élite y la clase política.

Peterson está excepcionalmente cualificado para enfrentarse a la política de género de su universidad, en el gobierno provincial y en el parlamento nacional. En la Universidad de Toronto, Peterson es un destacado psicólogo clínico, autor de muchas publicaciones, y profesor titular de Psicología, materia que enseña en este centro desde 1998. Ha llevado a cabo amplias investigaciones sobre la psicología de la ideología política y la psicología de la religión.

A diferencia de la gran mayoría de nuestros profesores en nuestras muy secularizadas universidades, Peterson es profundamente consciente de las devastadoras consecuencias que tiene la erradicación de la religión, y sus investigaciones y trabajo clínico demuestran las destructivas repercusiones causadas por la abolición de la religión, no sólo en la sociedad en general, sino también a nivel individual y personal. Hecho que es en gran parte malentendido y trivializado por los denominados nuevos ateos.

Muchas de sus ideas son válidas para entender los múltiples desafíos a los que nos enfrentamos. Su antiguo interés por la política le ha llevado a realizar estudios detallados acerca de la destrucción de la civilización por parte de los regímenes totalitarios y las ideologías políticas. Por consiguiente, no debe sorprender encontrarse al más profesor más audaz de Canadá en el grueso de la controversia, una tormenta política que ha puesto de relieve su perfil público porque pocos tienen la valentía de desafiar las modas políticas de la cultura de élite.

Canadá tiene uno de las posiciones más progresistas del mundo en lo que respecta a los “derechos” LGBTQ. En 1969 los actos homosexuales fueron despenalizados por la legislación introducida en 1967 por Pierre Trudeau, entonces ministro de Justicia y Fiscal General, y que se convertiría en el decimoquinto primer ministro de Canadá y padre del actual primer ministro, Justin Trudeau. Pierre Trudeau dijo entonces ignominiosamente: “No hay lugar para el estado en las habitaciones de la nación.” El 20 de julio de 2005 el “matrimonio” entre personas del mismo sexo fue legalizado a nivel federal.

Los esfuerzos para incluir la identidad y expresión de género en las disposiciones legales sobre crímenes de odio en el Código Penal de Canadá llegaron a ser casi realidad el 18 de octubre de 2016, cuando el proyecto de ley C-16 pasó su segunda consulta en el Parlamento. El proyecto de ley C-16 introduciría una enmienda a la Ley de Derechos Humanos canadiense y al Código Penal e incluiría la prohibición de discriminación en base a la identidad y expresión de género. Los críticos a este proyecto de ley argumentan que la ley puede ser utilizada como arma contra cualquier discurso político que no esté de moda.

Preocupación sobre el proyecto de ley C-16
Lo primero que hay que observar es que el proyecto de ley no fue aprobado por medios democráticos convencionales, puesto que los defensores de la misma no permitieron audiencias públicas.  El segundo punto es que el proyecto de ley no tiene nada que ver con la discriminación y, en cambio, tiene todo que ver con la eliminación de las intervenciones políticas.

En respuesta al proyecto de ley C-16, Peterson ofreció tres conferencias en las que explica los distintos problemas que presenta la legislación:

-“El temor y la ley”

-“Una educación política obligatoria”

-“El juego de la corrección política (y algunas tácticas para contrarrestarlo”

En el primer vídeo explica que teme ser llevado ante la Comisión de Derechos Humanos por las cosas que dice y enseña, que podrían ser juzgadas como “discurso de odio” a causa de un proyecto de ley formulado de manera negligente y desordenada. “Odio” es una palabra notoriamente difícil de definir. Es totalmente vaga y puede llevar al enjuiciamiento de gente inocente. Peterson observa que tanto la ley provincial como la federal ya protegen la identidad y la expresión de género.

Resalta que hay una excesiva representación de los “guerreros de la justicia social” en el gobierno de Ontario, incluida la primera ministra Kathleen Wynne, una lesbiana declarada y defensora de la comunidad LGBTQ, que podría ser parte de un “sofisticado grupo marginal de la izquierda radical” responsable de esta ley sobre crimen de odio y la ampliación de las identidades de género, en aumento por mandato de la ley. Podemos ver su huella en la reciente ley 28 de Ontario, según la cual la definición de progenitor va mucho más allá de “madre” y “padre”.

Si tomamos, por ejemplo, el modo de definir la identidad de género, encontramos una serie de problemas. “La identidad de género es la experiencia interna e individual de cada persona sobre el género. Es su sentido de ser una mujer, un hombre, ambos, ninguno o cualquier otra cosa en el espectro del género”. Peterson, en su vídeo, declara que una definición tan elástica del género no sólo ha sido mal escrita en la ley, sino que también ha sido mal pensada, lo que debería ser un motivo de preocupación mayor. ¿Qué se quiere decir con “ninguno”? ¿Cómo puede una persona humana no ser ni hombre ni mujer? ¿Puede ser esto una referencia a otherkins, es decir, a personas que no son humanas? Además, la negación de lo masculino o lo femenino no es válida ante el sexo biológico binario. ¿Dónde se encuentra la evidencia de esto? ¿Se niega con esto el sexo biológico? ¿O es una referencia a los individuos intersexo? No está para nada claro. ¿Y qué significa “ambos”? Parece ser una evidente incoherencia tal como está expresado actualmente en la ley, y se sabe que un lenguaje vago debilita mucho la ley. Peterson declara que la separación del género del propio sexo biológico es una propuesta y no un hecho; un hecho que prácticamente no tiene ningún base científica. El mayor temor es que una mala legislación como ésta pueda impedir más debates científicos sobre estas cuestiones, o incluso prohibirlos rotundamente tachándolos de “incitación al odio”.

Ha pasado más de un mes desde la publicación de los vídeos de Peterson sobre la corrección política. La Universidad de Toronto le ha enviado dos cartas “instándole” a acatar la política de la universidad que exige dirigirse a los estudiantes transgénero con el pronombre que estos prefieran. Ha habido dos manifestaciones en la universidad en la que los “guerreros de la justicia social” asaltaron a un periodista y luego mintieron sobre el asalto. También ha habido serios intentos para acallar a Peterson.


El 11 de octubre de 2016, Jordan Peterson participó en un acto de protesta en la Universidad de Toronto contra las imposiciones de la ideología de género.

Peterson participó en una mesa de debate en un famoso programa de la televisión canadiense que aborda cuestiones políticas: The Agenda. Hace más de dos semanas Peterson mantuvo un debate con otros dos profesores sobre el tema de la libertad de expresión y el proyecto de ley C-16. El debate pareció más una caza de brujas que un debate académico legítimo: Peterson estaba en minoría y el moderador se pronunció contra él en varias ocasiones. Pero al contrario de lo que hicieron sus oponentes, Peterson presentó argumentos muy bien razonados para defender su posición.

En un ensayo publicado en el londinense Catholic Herald, titulado “Mi lucha en favor de la libertad de expresión en la Canadá de Trudeau”, Peterson advierte a nuestros amigos americanos de que esto no es endémico sólo en Canadá:
“Las universidades en los Estados Unidos incluso organizan policía del pensamiento bajo la forma de ‘Bias Response Teams [Equipos de respuesta a denuncias de discriminación]’ que informan y llevan a cabo ‘evaluaciones de impacto’ cuando hay un ‘incidente discriminatorio’ (que puede ser ‘intencionado o no intencionado’). Esto ha ido demasiado lejos. Hay que pararlo antes de que sea imposible hacerlo“.

El resultado es que Peterson se niega a utilizar pronombres de género neutro como [en el caso del inglés] ‘thon,’ ‘hiz’ y ‘hizer’, ‘ne’ y ‘nir’, ‘ze’ y ‘zir’, y ‘xe’ y ‘xyr’ en sustitución del pronombre de género estándar “his” y “hers”, “him” y “her”, “he” y “she”, o incluso “they” para referirse a estudiantes individualmente: “No daré voz a las palabras de ideólogos, porque si lo haces te conviertes en una marioneta de su ideología“, dice comparando los cambios en el proyecto de ley a los “estados políticos totalitarios y autoritarios”.

También preocupante en el hecho de legislar para que la gente se refiera a los individuos transgénero con pronombres de género neutro, imposibilitando el hacerlo, es que según algunas estimaciones hay 63 géneros distintos. Quizás una denominación como “they” podría ser una concesión, ¿pero 63? Un modo potencial de simplificar todo este suplicio sería referirse a alguien por su nombre; y hasta que uno conoce el nombre, ¿no es mejor no asignarle un pronombre? De nuevo, esto va contra las habituales convenciones sociales de nuestro modo de interactuar diariamente entre nosotros. De hecho, hemos desarrollado determinados mecanismos que nos permiten reconocer si estamos interactuando con un hombre o con una mujer. A veces esta distinción puede ser vaga, pero la mayoría de las veces es bastante precisa. Peterson, en un artículo escrito para el Toronto Sun, explica la irracionalidad detrás de la ley que exige que utilicemos estos pronombres: “Sencillamente, no es razonable para un extranjero -digamos, por ejemplo, un estudiante en una de mis clases- que se le exija que aprenda, diga y recuerde toda una serie de descriptores personales como condición previa a nuestra interacción. Ciertamente, no es razonable pedir esto… y es absolutamente irracional que esta petición esté respaldada por la ley. La ley no debe ejercer control sobre mi [libertad de] expresión. La exigencia de utilizar pronombres preferentes no es una cuestión de igualdad, inclusión o respeto hacia el otro. Es un lobo con piel de cordero. Es un asalto decidido a la estructura del lenguaje. Es una incursión peligrosa en el ámbito de la libertad de expresión. Es un egocentrismo narcisista. Es parte integrante de la locura de lo políticamente correcto que amenaza con engullir nuestra cultura”.

El problema no es endémico sólo en Canadá; de hecho, esta persecución ya ha empezado en los EE.UU. como en el caso, por ejemplo, de Tony Esolen en el Providence College, por haber escrito un par de ensayos sobre este tema para Crisis Magazine. A Michael Rectenwald se le pidió que se tomara una excedencia por un experimento en Twitter que fue malinterpretado en la Universidad de Nueva York y Edward Schlosser (escribiendo bajo pseudónimo) ejemplificó con su artículo: “Soy un profesor progresista y mis estudiantes progresistas me causan terror” cómo se está imponiendo el miedo en las universidades. Estos son sólo tres ejemplos.

Una importante conferencia de Gad Saad en la Universidad de Ottawa explica la progresiva expansión de la policía del pensamiento de lo políticamente correcto en las universidades de Norteamérica y cómo esto está limitando el libre intercambio de ideas. De hecho, en Nueva York uno puede ser multado por no referirse a alguien con su pronombre preferido, tal como exige la New York City Human Rights Law.

¿Cómo se puede responder?
Toda la gente de buena voluntad quiere defender los derechos humanos y la dignidad. Los que defienden el proyecto de ley C-16 han intentando argumentar que es únicamente una cuestión de derechos humanos y que reconocer la identidad y la expresión de género de toda la gente garantizará el respeto a su dignidad humana.

Sin embargo, sus peticiones van más allá de la cuestión de la dignidad humana. Definitivamente, el proyecto de ley crea más desunión que unión. Y tendrá probablemente un efecto enajenante sobre las personas transgénero, marginándolas más de lo que estaban antes. Esto causará una cultura desacertada que no tendrá nada que ver con la corrección política, sino que incitará al victimismo y a considerarse con derecho a privilegios. De hecho, muchos estudiantes ya juegan el papel de víctimas y exigen derechos. Además, no es el uso de un pronombre lo que demuestra realmente la dignidad humana. Ésta se demuestra a través del amor y la verdadera comprensión, y es algo que no puede ser legislado. El mero hecho de que esté legislado es una forma de coacción y control, lo que no tiene mérito cuando se trata de proporcionar a alguien la dignidad humana fundamental. Simplemente, es algo que no puede ser forzado.

A otro nivel, es extremadamente duro ver cómo los ideólogos totalitarios pueden ser considerados seriamente como los defensores de la libertad y dignidad humanas. ¿Sobre qué base? Los presupuestos científicos-materiales en los que ellos basan su visión del mundo no garantizan el valor y la dignidad humanos. La confianza en la propia autonomía es contraproducente y, en última instancia, deshumanizadora, visto que apenas somos más que materia en movimiento. Es irónico ver a los “guerreros de la justicia social” defender los derechos humanos cuando, al mismo tiempo, privan a otros de sus derechos fundamentales. Por otra parte, el sistema de creencias judeocristianas puede proporcionar una base consistente y coherente para los derechos y la dignidad humanos porque Dios es el igualador y el garante para todas las personas, ya crean en Él o no, porque Dios creó a la humanidad a su propia imagen.

Por desgracia, a los radicales de izquierda a menudo les falta profundidad filosófica y erudición. Por este motivo están forzando su ideología mediante decretos y no mediante argumentos bien razonados y equilibrados. Y por este motivo también se reprimen cada vez más el debate y la libertad de expresión. El resultado es, en consecuencia, el uso de la violencia y de métodos incivilizados para silenciar a los críticos. Esto es barbarie pura. No podemos permitir que esto suceda, sobre todo en nuestras instituciones de educación superior. Y, sin embargo, son precisamente los administradores de las universidades los que se doblegan a las exigencias de una minoría radical, sacrificando la libertad de expresión en favor de un falso derecho a no ser nunca ofendido.

Sin el reconocimiento de la existencia de la verdad no puede haber un debate que lleve a un crecimiento humano genuino. Nuestra autoestima no proviene de una crisis de identidad psicológica confusa, sino que se basa en nuestra dignidad común, un valor inalienable que transciende todas las imposiciones socioculturales.

Por consiguiente, todos necesitamos actuar como campeones de la verdad. Debemos enfrentarnos a esta tiranía a todos los niveles de la sociedad, sin importar nuestro credo. Todos los que valoren la libertad de expresión como medio para resolver los desacuerdos y descubrir la verdad deben enfrentarse a la tiranía apoyando a Peterson; pueden hacerlo aquí. Peterson, en una entrevista a The Rubin Report, explica de manera elocuente a través de la historia de Pinocho cómo podemos involucrarnos y ser testigos auténticos de la verdad. Peterson representa una luz titilante en un tiempo cada vez más oscuro. Si nos unimos podemos convertir ese titileo en una brillante y luminosa luz para todos.

Traducción de Helena Faccia Serrano

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