No comparto el pesimismo de muchos cuando, ante el espectáculo de las rupturas conyugales, afirman que el matrimonio está en crisis. Porque si hay una institución que ha resistido los embates de la Historia o los vaivenes de los imperios esa es precisamente la unión del hombre y de la mujer.

Ninguna institución ha sido tan resistente a la estrechez de la vivienda, la losa de las hipotecas, los impuestos de los sátrapas o la acidez de las comedias teatrales –cuyo leitmotiv era invariablemente el adulterio-.

Porque a pesar del Código Civil de Napoleón dando carta de naturaleza al divorcio o la atolondrada legislación de Zapatero proporcionando máximas facilidades para romper la unión conyugal en cero coma, la especie humana reincide y sigue emparejándose.

De hecho, no ha dejado de hacerlo, desde que hizo su aparición en escena, con Adán y Eva, hasta hoy. La prueba es que usted y yo, querido lector, hemos llegado hasta aquí gracias una larguísima cadena de uniones de hombre y mujer que se remontan a los albores de la Humanidad.

¿Por qué? ¿Por qué siempre, en todos los momentos de la historia y en todos los lugares de la Tierra ha habido matrimonio –aunque se trate de matrimonio natural-? ¿Qué es lo que ha puesto misteriosamente de acuerdo a gentes de culturas tan distantes y distintas para que el hombre busque a la mujer, prometa quererla, tengan hijos y formen una familia?

No le den más vueltas: porque el matrimonio es natural. Viene inscrito en los genes de la Humanidad desde el minuto uno. Más que de ‘homo sapiens’, habría que hablar de ‘homo conyugal’.

Le auguro poco recorrido a la Ideología de Género, porque no es natural y se basa en una mentira antropológica

Por eso le auguro poco recorrido a la Ideología de Género, el más formidable ataque contra la familia y el matrimonio en muchos siglos.

Entiéndanme: al decir poco recorrido no hablo de un par de años, sino de décadas. Hablo en perspectiva histórica, no en ‘modo cortoplacista’. Quizá ni nosotros veamos cómo se deshace igual que un azucarillo. Pero tiene menos futuro que el comunismo soviético que apenas duró 75 años.

Porque como la dictadura soviética,  la Ideología de Género no es natural; porque como ella se basa en una mentira antropológica; porque su empeño (borrar la más elemental de las diferencias: la diferencia entre varón y mujer) es todavía más quimérico que borrar la diferencia de clases.

La ideología de género es, si cabe, más letal porque el marxismo sólo pretendía una sociedad sin clases, y lo que la ideología de género pretende es una nueva humanidad donde no exista la familia. El objetivo del nuevo totalitarismo ya no es el Palacio de Invierno de los zares sino la cuna de la civilización: la familia y el matrimonio, con el agravante de que el ataque es insidiosamente sutil: ahora se lanza en nombre de la libertad.

Eso (y el explosivo coctel de relativismo y hedonismo del medio siglo transcurrido desde el final de II Guerra Mundial) explica que Occidente haya comprado el mensaje.

Curiosamente, ha sido la zona del mundo en la que anidaron la democracia, los derechos humanos y los valores de la civilización (Europa y EEUU) la que ha caído bajo un nuevo telón de acero, el telón de acero ‘Gender’, mientras que los países satélites de lo que fue la Tierra de Mordor marxista están ahora defendiendo la familia (y por lo tanto la libertad) con uñas y dientes.

Hungría, Polonia, Rumanía, Eslovenia e incluso la propia Rusia se resisten ante la nueva tiranía, quizá por llevar en sus carnes las cicatrices de casi un siglo de esclavitud. Se dejaron engañar una vez, no más.

Sin embargo,  aquí en Occidente estamos aceptando, con ovejuna sumisión, atropellos totalitarios que poco tienen que envidiar a los del antiguo régimen soviético.

Por ejemplo, que la ideología sustituya a la ciencia, con supercherías carentes del más mínimo rigor científico –como los dogmas ‘Gender’-. Es, tal cual, lo que hizo el estalanismo imponiendo en la agricultura las absurdas teorías genéticas de Lysenko  como doctrina del Estado. Luego pasó lo que pasó: muerte y hambrunas.

Por ejemplo, que la escuela se convierta en coto de caza ideológico para imponer adoctrinamiento LGTB a nuestros hijos, llevándose por delante el derecho de los padres a elegir la educación.

Por ejemplo, que la libertad de expresión esté siendo laminada y que nadie se atreva a discrepar bajo penas de multa y cárcel.Prácticas propias de regímenes del pasado (totalitarios de izquierda y de derecha) que creíamos felizmente superados.

Por ejemplo, que los médicos tengan que medir sus palabras para no perder el puesto de trabajo… Ya hablamos sobre varios casos, en EEUU y Europa, de científicos y docentes de diversas disciplinas que están siendo sometidos al acoso del lobby LGTB.

Si ya no se puede hablar por miedo… lo siento, pero ya no estamos en una democracia. Esta es incompatible con el miedo, o con un clima donde se fomenta la delación,  o  con las penas de cárcel por cumplir con tu deber de médico. Eso solo pasaba en la Alemania nazi, en la China maoísta o ahora en Malta, donde se penaliza con hasta un año de prisión a quienes se atrevan a hacer terapias de conversión.

La causa de la familia es la causa de la civilización, la defensa del matrimonio (y matrimonio no hay más que uno) es la defensa del ser humano.

Por eso cobran singular interés las iniciativas de la sociedad civil (en Europa, en América, en África) que reivindican esos valores, y que denuncian valientemente ese telón de acero ‘Gender’, así como la tupida red de intereses económicos que hay detrás de unas élites gubernamentales sobornadas por el poderoso lobby LGTB: desde la Casa Blanca (al menos durante la era Obama) hasta Naciones Unidas.

Desde la Manif pour Tour francesa –un mayo del 68 al revés- a la iniciativa Mum, Dad ank Kids (de elocuente título) o la Organización Internacional de la Familia que acaba de promover la Declaración de la Ciudad del Cabo.

Esta última, firmada por cientos de líderes civiles y religiosos de cinco continentes, reivindica el matrimonio entre hombre y mujer y denuncia “el creciente imperialismo cultural de las potencias occidentales cuyos gobiernos buscan nada menos que la colonización de la familia”.

Su objetivo es recabar en un año dos millones de apoyos de todo el mundo para que se sumen a la Declaración.

La idea de esta y otras iniciativas no sólo es sensibilizar a la opinión pública sino también incluir la defensa de la familia en la agenda política internacional. O más que incluir… reconquistar.

No será fácil. Queda por delante una batalla cultural larga y ardua, con dramáticos efectos colaterales. Pero nos anima pensar que la nueva amenaza no tiene futuro. Caerá, como cayó el Muro.

No se puede escupir al viento, ni enmendar la plana a la naturaleza impunemente. Ni acabar con la familia, so pena de acabar también con la humanidad.

Pero alguien tendrá que poner el cascabel al gato y decir ‘No’ a los nuevos tiranos. Desde París, Madrid o Ciudad del Cabo, igual que alguien puso en marcha el tic-tac de la caída del Muro en los astilleros de Gdansk.

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