Tanto el feminismo como el llamado colectivo LGTBI se presentan como grupos que buscan la igualdad y la no discriminación; esto es apariencia, se trata de dos grupos supremacistas que tratan de imponerse a la sociedad, obteniendo privilegios legales y beneficios económicos del Presupuesto, para desarrollar un proceso de ingeniería social.

En propiedad, el feminismo actual –mutación bastante tosca y postmoderna del marxismo- es simplemente un componente del conglomerado LGTBI. Como dice Teresa Mollá, en Tribuna Feminista, una de sus señas de identidad es promover “sexualidades no heteronormativas”; si traducimos del argot, lesbianismo.

Ese es otro elemento que diferencia al feminismo actual –al que algunos con cierta razón prefieren denominar hembrismo, alternativo al machismo- respecto al de las sufragistas, que era heterosexual y reclamaba la igualdad de todos ante la ley, mientras el actual es lésbico y pretende –y por ahora, consigue- el privilegio, la discriminación positiva.

El llamado colectivo LGTBI ha absorbido al feminismo. Como tal LGTBI se presenta como una minoría discriminada y, en ocasiones, rechazada, que ha de mostrarse en el día del orgullo gay. Pero en cuanto feminismo pretende hablar en nombre de la mitad de la humanidad; y puesto que, a pesar de los pesares, las mujeres tienen una mayor esperanza de vida, en nombre de más de la mitad, lo que le hace temible para los políticos.

En realidad, las feministas, lésbicas, son una minoría entre las mujeres aunque de continuo hablan en nombre de todas ellas. Las elecciones norteamericanas en las que se dio por supuesto que todas las mujeres debían votar por Hillary Clinton y contra el “machista depredadorDonald Trump han resultado altamente frustrantes para el imaginario feminista: el grupo “mujeres blancas” votó mayoritariamente por Trump y Hillary Clinton consiguió menos votos femeninos de los cosechados por Barack Obama.

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Feministas agresivas. /Foto: periodicotribuna.com.ar.

Las feministas suelen citar la definición que la Real Academia Española de la Lengua hace de feminismo como “la ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”. Esta definición ha quedado obsoleta y no se corresponde con la realidad. Las feministas lésbicas –al igual que el colectivo LGTBI- buscan el dominio y el privilegio. No buscan la igualdad de todos ante la ley. Parten de que el hombre heterosexual lleva milenios, desde las cavernas, disfrutando de privilegios, que es el opresor, frente a las mujeres de “sexualidades no heteronormativas”. Se trata de desmantelar el imaginario del patriarcado –con lo que todo hombre heterosexual es un enemigo-, “no acatamos el orden patriarcal”, como proclama Teresa Mollá en Tribuna feminista, siempre teniendo en cuenta que eso del patriarcado es una conjura ubicua de la que todos participan: “la maquinaria patriarcal es muy potente y se camufla constantemente para sobrevivir a los logros y exigencias del feminismo”. Esto es, intelectualmente, bastante de cómic pero está funcionando.

Sin necesidad de invertir un solo euro en educación, sin necesidad de montar un colegio LGTBI abriendo el consiguiente plazo de matrícula, merced a leyes coercitivas y manifiestamente totalitarias, como la Ley de Diversidad Sexual de la Comunidad de Madrid, propiciada por Cristina Cifuentes, y otras similares en otras autonomías, el colectivo LGTBI ha eliminado la libertad de enseñanza y ha abolido el derecho de los padres a educar a sus hijos, de forma que la educación de todos los niños madrileños, por ejemplo, será supervisada, controlada y teledirigida en sus contenidos –y después, en el profesorado- por Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales (LGTBI). Se trata de un supremacismo agresivo y liberticida, un totalitarismo embrionario en expansión. Como Lytton Strachey, autor de Victorianos eminentes y gurú del grupo de Bloomsbury, escribió a Keynes: “sería absurdo que soñáramos con la posibilidad de que las viudas comprendan que los sentimientos son buenos cuando decimos en la misma frase que los mejores tienen un carácter sodomita. Nuestro tiempo llegará dentro de cien años”.

El tiempo de los sodomitas ha llegado y el reinado de los heterosexuales –el patriarcado- ha quedado abolido. No se busca la igualdad, sino el dominio. Mediante la coacción, usando cuando conviene sobredosis de victimización, feminismo y LGTBI están consiguiendo parasitar fuertes partidas del Presupuesto y leyes que reproducen al dictado su dominio, lo que se denomina ideología de género: el dominio LGTBI sobre los heterosexuales.

El artículo 1 de la Ley de Violencia de Género española, aprobada bajo el gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero, no tiene lenguaje jurídico, sino artillería pesada ideológica: “La presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia”. Todos los hombres son situados en la condición de maltratadores y opresores. No hay ni la más mínima concesión a la presunción de inocencia a todos los hombres heterosexuales. Se criminaliza a todo el colectivo.

Esto parte de algunas groseras mentiras o de afirmaciones no demostradas, como que antes de que las feministas LGTBI lanzaran su cruzada pro guerra de sexos, había más asesinatos de mujeres respecto a la plaga actual, cuanto es completamente falso. Ese clima agresivo está sirviendo no para mejorar las relaciones sino para envenenarlas y, en ese sentido, el feminismo LGTBI tiene una responsabilidad intelectual en el incremento de mujeres asesinadas (y de hombres, por cierto, aunque siempre se oculta esa otra realidad y las cifras). Y sus logros –como que el colectivo LGTBI sustituya a todos los padres madrileños- se basan en su mejor organización coactiva, en su recurso a la victimización irrestricta y en la claridad de sus objetivos. Su mayor inconveniente es la intrínseca esterilidad de todo el colectivo, lo que ha tenido una destructiva influencia en la abrupta caída de la natalidad.

Obviamente, puesto que no contribuyen a la supervivencia de la especie y a la tasa de reemplazo de la población autóctona, el colectivo LGTBI y su subconjunto el feminismo lésbico no deben recibir un solo euro de subvención estatal. Y no pueden, bajo ningún concepto, ni suprimir ni compartir el derecho de los padres a la educación de sus hijos.

Por Enrique de Diego

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