En 1969, la feminista radical Kate Millett publicaba su afamado libro Sexual Politics. La novedad discursiva consistía en que se proponía al patriarcado como el régimen político “a través del cual la mitad de la población, que es femenina, es controlada por la otra mitad, que es masculina”. El patriarcado es el sistema de dominación fundamental que atraviesa todos los otros tipos de sistemas de dominación.

No obstante, aquí argumentaré que, en verdad, el patriarcado ya no existe en los países occidentales, y ello no gracias a la vocinglera militancia feminista, sino gracias al sistema económico y político que tanto odian las feministas de nuestros días: el capitalismo de libre mercado y la democracia liberal.

Veamos algunos ejemplos que ofrece la realidad empírica.

A nivel mundial, el 79% de las víctimas de homicidio son hombres. En Argentina, por caso, en el año 2014 —los datos más actualizados de que disponemos—, se cometieron 3.269 asesinatos, de los cuales el 83,60% corresponde a hombres asesinados y el 16,40%, a mujeres asesinadas.

En las guerras, históricamente, el más perjudicado ha sido siempre el hombre. En la de Irak, por ejemplo, las bajas correspondientes a Estados Unidos fueron un 97,68% hombres. Curioso sistema de dominación, que manda a los dominadores a morir al campo de batalla.

A nivel mundial, la esperanza de vida de una mujer es cinco años mayor que la de un hombre. En un análisis entre países, podemos advertir asimismo que la mujer vive más allí donde la economía es más libre. Un dato curioso complementario: también a nivel mundial, hay tres veces más suicidios en hombres que en mujeres.

Veamos algunos datos relativos al mundo laboral. En lo que hace a la mano de trabajo infantil, la Organización Internacional del Trabajo calculó que los niños tienden a participar más en la producción económica que las niñas. La tasa de empleo fue de 18,1% para los niños y 15,2% para las niñas.

Las tasas de accidentes laborales son desproporcionadamente desventajosas para los hombres. En Argentina, por ejemplo, la Superintendencia de Riesgos del Trabajo informó que, en 2014, el 81% de los perjudicados eran hombres, en comparación con un 19% de mujeres.

Lo cierto es que, a partir de la revolución industrial, la mujer ha ido tomando cada vez mayor participación en el mundo laboral. La ampliación progresiva que desde entonces ha experimentado el mercado ha beneficiado esta incorporación femenina a la economía, debido a que su propia estructuración lógica maximizadora impide la discriminación sexual (y de cualquier tipo) bajo el riesgo de incurrir en mayores costos: nadie que quiera maximizar económicamente su negocio pagará más a alguien por ser hombre.

A nivel mundial, casi un 40% de la población activa actual son mujeres, según el Banco Mundial. En los países económicamente más libres, otra vez, la tasa es mayor. Por ejemplo, en Estados Unidos, un 46% de la mano de obra norteamericana está formada por mujeres. Y no menos importante, según estudios de la revista Fortune, hoy las mujeres son propietarias del 65% de todos los bienes de Estados Unidos.

La antropóloga Helen Fisher ha destacado precisamente cómo los cambios económicos, desde la revolución industrial hasta la actual revolución de la información, beneficiaron a la mujer. Fisher destaca el crecimiento del sector servicios frente al industrial, respecto de lo cual ya podemos darle razón en virtud de datos concretos, como que a nivel mundial el sector servicios es ocupado por un 54% de mujeres.

Suele alegarse, no obstante, la falacia de la brecha salarial, que ya ha sido destruida por la feminista (disidente) Christina Hoff Sommers. En una palabra, el origen de la falacia tiene que ver con comparar hombres y mujeres haciendo diferentes trabajos y diferentes cargas horarias.

Sumemos otra curiosidad respecto del patriarcado: entre el 75% y el 80% de las personas en situación de calle son hombres. Curioso sistema de dominación contra la mujer, que tiene a sus hombres sin techo.

En el ámbito educativo, tampoco parecemos encontrar ya rastros del mentado patriarcado. Niños y niñas tiene ya prácticamente una igualdad completa en la finalización de escuela primaria y secundaria en Occidente. En lo referente a la educación universitaria, hay clara ventaja para la mujer. A nivel global, la mujer egresa un 33% más de universidades que los hombres. Según el Informe Global de la Brecha de Género 2015 (Foro Económico Mundial): “Las mujeres ya representan la mayoría de estudiantes en casi cien países”.

Nos detenemos a insistir con la importancia del sistema económico (para profundizar este punto, ver aquí). Al cruzar los datos del Índice de Libertad Económica en el Mundo con indicadores sociales relativos a las mujeres, que se desprenden del Índice de Desigualdad de Género (IDG) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2010), encontramos mayor igualdad económica entre los sexos, mayor igualdad educativa y sanitaria, mayor seguridad para la mujer y mayor representación femenina en la política.

Pero hete aquí la paradoja: donde más se concentran las críticas del feminismo radical son precisamente contra las tradiciones occidentales y el capitalismo. Nunca faltan protestas tan extravagantes como aquella que se hizo recientemente contra la depilación femenina, por ejemplo (justo cuando muchos hombres empiezan también a depilarse), mientras se guarda un silencio de tumba respecto a lo que acontece en otros puntos del globo, donde otros sistemas políticos, económicos y culturales mantienen a la mujer oprimida —principalmente en África y Medio Oriente— con prácticas tales como la ablación (mutilación del clítoris) o el matrimonio de niños.

Y es que el actual feminismo incurre en una contradicción insalvable: diciendo estar del lado de la mujer, sólo busca atacar los fundamentos del propio sistema que hizo del llamado patriarcado una pieza de museo histórico para Occidente.

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