La alianza entre el gobierno y los medios para adelantar la causa del transgénero ha puesto la marcha superdirecta en las últimas semanas. El 30 de mayo, un Comité del Departamento de Servicios Humanos y de Salud de los Estados Unidos decidió que Medicare pueda pagar por la cirugía de cambio de sexo solicitada por los transgénero – aquellos que afirman no identificarse con su sexo biológico. A comienzos del pasado mes, El ministro de defensa Chuck Hagel dijo que estaba “abierto” a levantar una prohibición que impide a los transgénero servir en el ejército. A la vista del cariz de los acontecimientos, la revista Time publicó un artículo de portada en su ejemplar de 9 de junio con el título: “El punto de inflexión de los transgénero: frontera de próximos derechos civiles de América.”

Sin embargo los políticos y los medios no hacen favor alguno ni al público ni a los transgénero al tratar sus confusiones como un derecho que debe defenderse más que como un trastorno mental que merece comprensión, tratamiento y prevención. Este sentimiento intensamente vivido de ser transgénero constituye un trastorno mental en un doble aspecto. El primero es que la idea de discordancia de sexo es simplemente errónea —no se corresponde con la realidad física. El segundo es que puede tener consecuencias psicológicas tremendas.

El transgénero sufre un trastorno de aceptación o asunción el de otros trastornos muy familiares a los psiquiatras. En los transgénero, la asunción trastornada es que el individuo difiere de lo que le ha sido dado de natural —es decir, su propia masculinidad o feminidad. Otras formas de asunción trastornada las tienen quienes sufren anorexia nerviosa o bulimia, situaciones en las que la asunción que se aparta de la realidad física es la convicción por parte de los individuos peligrosamente delgados de que son demasiado gordos.

Con el trastorno dismórfico corporal (dismorfofobia), una enfermedad a menudo socialmente invalidante, el individuo se halla consumido por la asunción “Soy feo.” Estos trastornos se dan en sujetos que han llegado a convencerse de que algunos de sus conflictos o problemas psicosociales se resolverán si ellos pueden cambiar la forma en que aparecen a los otros, su apariencia. Estas ideas se comportan como pasiones dominantes en las mentes de los sujetos afectos y tienden air acompañadas de una argumentación solipsista.

Para los transgénero, esta argumentación mantiene que el propio sentido de género es un sentimiento subjetivo consciente que, hallándose en la propia mente, no puede ser cuestionado por los otros. El individuo busca a menudo no únicamente la tolerancia de la sociedad de esta “verdad personal” sino la afirmación de ella. En esto descansa el apoyo a la “igualdad transgénero”, las exigencias de que el gobierno cubra económicamente los tratamientos médicos y quirúrgicos, y la exigencia de acceder a todos los roles y privilegios públicos dependientes del sexo.

Con estas razones, los abogados de los transgénero han persuadido a varios estados —incluyendo California, New Jersey y Massachusetts— para que aprueben leyes prohibiendo a los psiquiatras, incluso con el permiso de los padres, que traten de restaurar en un transgénero menor los sentimientos correspondientes al género natural. El hecho de que el gobierno pueda inmiscuirse en los derechos de los padres a buscar ayuda para sus hijos y a guiar los indica cuan poderosos han llegado a ser estos abogados.

¿Cómo responder? Obviamente, los psiquiatras deben plantar cara al concepto solipsista de que lo que está en la mente no puede ser cuestionado. Las alteraciones de la conciencia, después de todo, constituyen el dominio de la psiquiatría; declarándolos terreno prohibido eliminaría el terreno de la psiquiatría. Muchos recordarán cómo en los años 1990 una acusación de abuso sexual de padres sobre hijos fue juzgado inapelable por los solipsistas de la moda de las “memorias recuperadas”.

Nada oirán de aquellos que abogan por la igualdad transgénero, pero estudios controlados y sometidos a posterior seguimiento revelan problemas fundamentales con el mencionado movimiento. Cuando en la London’s Portman Clinic y la Universidad Vanderbildt sometieron a seguimiento a niños que —sin haber sin haber recibido ningún tratamiento médico ni quirúrgico— alegaban sentimientos transgénero, dichos sentimientos desaparecieron en el 70-80% de ellos de forma espontánea. En aproximadamente el 25% persistían sentimientos; lo que diferenciaba a estos individuos queda aún pendiente de averiguarse.

Nosotros, en la John Hopkins University —que fue en 1960 el primer centro médico americano que se lanzó a hacer cirugía de cambio de sexo (“sex-reassignment surgery”)— pusimos en marcha un estudio en los años 1970 comparando resultados entre individuos transgénero sometidos a dicha cirugía y aquellos que no fueron operados. La mayoría de los pacientes tratados con cirugía se describían a sí mismos como “satisfechos” por los resultados, pero sus reajustes psicosociales consiguientes no fueron mejores que los de quienes no se habían operado. Y por ello, en la Hopkins dejamos de practicar cirugía de cambio de sexo, ya que obtener pacientes “satisfechos” pero aún con problemas parecía una razón inadecuada para amputar quirúrgicamente órganos normales.

Ahora parece que nuestra decisión de hace ya tiempo fue una decisión sensata. Un estudio de 2011 efectuado en Suecia en el Karolinska Institute dio lugar a los resultados más esclarecedores obtenidos hasta ahora en lo referente a los transgénero, una evidencia que debería dar que pensar a los abogados. Este estudio fue a largo término —tanto como 30 años— y siguió a 324 personas que habían sido sometidos a cirugía de cambio de sexo. El estudio reveló que comenzando unos 10 años después de la operación, los transgénero comenzaron a experimentar dificultades mentales progresivas. Lo más terrible fue que su mortalidad por suicidio aumentó casi por 20 por encima de la población comparable no transgénero. Este preocupante resultado no ha encontrado hasta el momento una explicación pero probablemente refleja el sentimiento progresivo de aislamiento que han descrito los transgénero operados al envejecer. La alta tasa de suicidio se opone con certeza a la indicación de cirugía.

Existen subgrupos de transgénero, y para ninguno de ellos parece apta la cirugía de cambio de sexo. Un grupo incluye a presos varones como Bradley Manning, el soldado norteamericano condenado en 2013 por filtrar información nacional que prefiere ahora ser llamado Chelsea. Enfrentándose a largas penas y a los rigores de una prisión para hombres, tienen un motivo evidente para desear cambiar su sexo y así cambiar de prisión. Dado que cometieron sus crímenes como varones, deberían ser castigados como tales: tras cumplir su condena gozarán de libertad para reconsiderar su género.

Otro subgrupo es el formado por hombres y mujeres susceptibles de ser sugestionados por la educación sexual del “todo es normal”, amplificada por grupos de chat en Internet. Estos son los sujetos transgénero más parecidos a los pacientes con anorexia nerviosa: estos individuos se persuaden de que buscando un cambio físico radical desaparecerán sus problemas psicosociales. En sus escuelas, los orientadores de la “diversidad”, más bien como líderes de una secta, pueden animar a estos jóvenes a distanciarse de sus familias, y les ofrecen consejo para rebatir los argumentos contrarios a someterse a cirugía transgénero. Aquí los tratamientos deben empezar sacando al o a la joven del entorno provocativo y ofrecer un mensaje contrario en un entorno de terapia familiar.

Está también el subgrupo de los muy jóvenes, a menudo niños o niñas prepúberes que advierten diversos roles de sexo en la cultura y, explorando cómo se adaptan ellos en este entorno, empiezan a imitar al sexo opuesto. Médicos equivocados de centros médicos que incluyen el Hospital de Niños de Boston han comenzado a probar de tratar esta conducta administrando hormonas que retardan la pubertad con el fin de hacer menos dificultosas las intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo posteriores —aun cuando los medicamentos detienen el crecimiento del niño y lo ponen en riesgo de esterilidad. Dado que cerca del 80% de estos niños abandonarán su confusión y crecerán de forma natural hacia la edad adulta si no son tratados, estas intervenciones médicas rozan el abuso infantil. Una manera mejor de ayudar a estos niños: con dedicación a su formación y educación (devoted parenting).

En el núcleo del problema está la confusión sobre la naturaleza de los transgénero. El “cambio de sexo” es biológicamente imposible. Las personas que se someten a cirugía de cambio de sexo no cambian de hombres a mujeres o viceversa. Más bien se vuelven hombres feminizados o mujeres masculinizadas. Reivindicar que esto es asunto de derechos civiles y fomentar una intervención quirúrgica es en realidad promover un trastorno mental y colaborar en él.

El Dr. McHugh fue jefe de psiquiatría en el John Hopkins Hospital y es el autor de “Try to Remember: Psychiatry’s Clash Over Meaning, Memory, and Mind” (Dana Press, 2008)

Copyright del original inglés ©2014 Dow Jones & Company, Inc

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