España es el paraíso de la tertulia, bien sea a la fresca en el poyo de una casa, o en la casa de todos, montando el pollo en algún plató de televisión.

Se habla de casi todo, con mayor o menor acierto. Cada uno desde su concepción del mundo y de las relaciones humanas. En ocasiones, hay enfados y reproches, aunque tampoco es infrecuente que el intercambio de pareceres termine de forma amistosa.

En una España en la que el único que presume de dirigir “censores” es el Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España, se puede hablar con libertad de casi todo. Y bien digo casi.

Porque por mucho que se proclame la tolerancia hacia todo -que es tanto como predicarla hacia nada- a la hora de la verdad los sensores del totalitarismo de la ideología LGTBI y la correción política saltan como resortes.

Hablar del mundo LGTBI con una visión distinta de los postulados de sus autoproclamados lobbys supone hacerte acreedor del reproche social -incluso del penal-, del que uno sólo es capaz de escapar, en el mejor de los casos, si se somete a ordalía.

Cualquiera de estas afirmaciones puede llevarte, por delito de odio nada menos, a la cárcel:

– “El género es una categoría gramatical. Los sexos son: masculino y femenino. No son una construcción social, son un hecho biológico”.

– “El matrimonio es una instituciona natural, formada por un hombre y una mujer.  Esta institución es original y no equiparable a otras realidades que deben ser abordadas en su especificidad”.

– “Sólo los padres tiene derecho a decidir qué tipo de educación sexual han de recibir sus hijos, incluso en el colegio, sea cual sea su titularidad”.

– “Sí. Como terapeuta estoy dispuesto a acompañarte, a ti que quieres abandonar los comportamientos homosexuales”.

– “Según un estudio científico, hay una mayor prevalencia de abusos sobre menores que conviven con parejas homosexuales”.

– “Me opongo a que Mengano, que ahora reclama que le llamen Melissa, pueda entrar en el cuarto de baño y en los vestuarios de las chicas en el Instituto”.

Éstas y otras expresiones parecidas son las que son enmarcadas con una diana y quedan en el soporte de la galería de tiro dialéctico del lobby LGTB (que sólo se representa a sí mismo, ni siquiera a las personas con atracción al mismo sexo, aunque son muy ruidosos).

Para reforzar la hipersensibilidad censora de lo LGTBI, esta España de taifas que soportamos ha construido un muro legal que alimenta los sensores de los censores.

Entre 2009 y 2016, al menos se han aprobado o están a punto de hacelo 12 leyes de ámbito autonómico que imponen una forma de pensar frente a la que no cabe discrepancia y que están lejos de limitarse a regular una realidad concreta, sea esta la que sea.

Y si cabe, es fuera de la sociedad, apestado e ignorado, en el mejor (y más escaso) de los casos.

Por desgracia, el punto G actual de la conversación, lo que más excita el celo de los censores es la disidencia respecto a la imposición de los planteamientos del pensamiento LGTB. Los voceros de la tolerancia, no toleran el pensamiento autónomo, sensato, científico y cabal. Tampoco el heterónomo, insensato, especulativo o irracional. Sólo el suyo.

A lo largo de mi vida profesional he trabajado en muchos ámbitos diferentes que han implicado, en mayor o menor medida, ir a contracorriente respecto al discurrir ideológico de nuestra sociedad. Burro que debe ser uno. O libre.

En ningún caso las agresiones, las persecuciones y los bombardeos mediáticos han sido tan grandes como cuando se señala al emperador que, vestido multicolor, no admite que se le ponga ante la evidencia del niño que describe, sin apasionamiento, cartesiano en su infantilidad, su desnudez.

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