Hace algunos años, se comenzó a escuchar la expresión “matrimonio de personas del mismo sexo”, sobre todo a partir de la legalización del mismo y la posibilidad de la adopción de infantes. Esta expresión fue sustituida por otra: “matrimonio igualitario”.

¿Por qué los defensores del matrimonio del mismo sexo usan ahora esta otra expresión?

En primer lugar, porque la igualdad de tratamiento es a menudo asociada a legitimidad -algunas veces, equivocadamente. El matrimonio igualitario otorga un poderosos mensaje de que limitar el matrimonio a un varón y una mujer es injusto, y la mayor parte de la gente piensa, antes de actuar injustamente.

En segundo lugar, la llamada al “matrimonio igualitario”, principalmente en Estados Unidos, vincula las demandas de parejas del mismo sexo al derecho de reclamaciones de minorías raciales a la “igualdad racial”, reconociendo brechas en derechos humanos y discriminación con base en la raza.

De esta vinculación provino la fuerza para legalizar el matrimonio de personas del mismo sexo en Estados Unidos y después se extendió hacia México y a otros países latinoamericanos por medio de la presión de sus activistas.

Los defensores del matrimonio del mismo sexo afirman que “no existe diferencia” entre una pareja del sexo opuesto, con una del mismo sexo, y por tanto, ambos deben recibir el mismo tratamiento con respecto al matrimonio, pues no hacerlo, significa -dicen- un acto discriminatorio. Pero la afirmación de “no diferencia” depende de hacer que la relación naturalmente procreativa de un varón y una mujer sea, en general, irrelevante para el matrimonio.

Quienes apoyan el matrimonio de personas del mismo sexo, argumentan que esto significa el reconocimiento público del amor de dos adultos, y no respecto a la procreación. Una vez que éste viene a ser legal, sin embargo, se enfocan a que esto les da el “derecho a fundar una familia”; y allí comienza el cambio de los derechos legales que persiguen con la expresión derivada: “igualdad de familia”.

Estas demandas comienzan intentando remover barreras legales a la reproducción humana asistida, o al pago por vientre alquilado (subrogación), el acceso a esperma u óvulos ‘donados’ o a tecnologías de fertilización ‘in vitro’, y a la adopción de infantes.

¿Y qué pasa con la que podríamos llamar “igualdad infantil”? ¿Es la “igualdad matrimonial” de adultos lo mismo que la “igualdad infantil”?

En primer lugar, los niños de familias con adultos del mismo sexo pierden a una madre o a un padre y a menudo no conocen ni siquiera quién es su progenitor biológico, ni su familia biológica. ¿Debemos nosotros como sociedad aceptar esta privación como parte de la norma social que rige hasta hoy para el establecimiento de una familia?

En pocas palabras, nosotros tenemos obligación hacia los niños y niñas en nuestra sociedad. Mientras que no debemos traspasar los derechos de privacidad y autonomía, cuando la sociedad es cómplice de abrirse a que los niños y niñas formen parte de ésta, asume, por tanto, obligaciones hacia esos niños.

Cabe sugerir un significativo paralelismo entre la situación de la familia y la de los derechos humanos en el mundo contemporáneo. Es posible observar, como ocurre con los derechos del hombre, una cada vez mayor conciencia de la importancia de la familia. Pero al mismo tiempo, la familia y los derechos humanos hoy son objeto de constantes y gravísimas violaciones.

La imponente e incomparable dedicación de energías en búsqueda de una mejor forma familiar, coincide en nuestra época con una degradación de aquéllos índices de calidad humana de la convivencia social más directamente relacionados con el acierto o fracaso de las estructuras familiares.

El autor Pedro Viladrich nos dice que existe un radical error en la base misma desde la que se persiguen aquellos ideales de mejora de la pareja humana. Y este yerro de base conduce a las más diversas alternativas sexuales, matrimoniales y familiares que sobre él se emprenden, a la fatal producción de contravalores, al empobrecimiento de los lazos humanos y a la conciencia de frustración.

La raíz natural de la familia es el matrimonio, y la raíz del matrimonio es la naturaleza personal del varón y la mujer. La pérdida de la identidad del ser personal del hombre (en su masculinidad y feminidad) es la causa radical de la pérdida de identidad del matrimonio; y ésta, a su vez, la razón principal de la pérdida de identidad de la familia como célula natural y básica de toda sociedad auténticamente humana.

Una vez dicho lo anterior y situándonos ahora en el contexto del “matrimonio igualitario”, será necesario contestar a dos preguntas:

1) ¿Pensamos que el matrimonio es una amalgama de biología y cultura; que es una institución cultural que afirma y apoya una realidad biológica que consiste en la relación naturalmente procreativa entre un varón y una mujer para la protección y beneficio de los niños(as) nacidos de tal unión?

2) ¿Creemos que los niños tienen derecho a una madre y a un padre y, de ser posible, conocer y ser criados por sus propios padres biológicos dentro de la familia natural?

Si respondemos que “sí” a estas dos preguntas, no podremos estar de acuerdo con el matrimonio de personas del mismo sexo.

Debido a que el derecho al matrimonio conlleva el derecho a fundar una familia, el debate sobre el “matrimonio igualitario” no es –como se ha hecho que crea la gente– solamente acerca de las demandas de “igualdad” de las personas homosexuales. Se trata igualmente, o de manera más importante, de los derechos fundamentales de los niños(as) en relación a sus padres y la estructura familiar en la que viven.

De esta manera, la adopción de un niño desamparado debe tender a conservar la forma de una familia natural con un padre y una madre adoptantes que lo amen y con su adopción formen una familia.

El mayor argumento a favor de personas del mismo sexo es que su reconocimiento haría mucho para contrarrestar la discriminación y maltrato de las personas LGBTTTI. Sin embargo, suprimir al mismo tiempo los derechos de niños y niñas, no es el camino para permitir este absurdo. El término “matrimonio igualitario”, además, se desconecta de la intimidad sexual, ya que éste niega cualquier conexión fáctica o simbólica de dicha intimidad con la procreación.

Investigaciones contundentes en Estados Unidos revelan claramente la misma narrativa: que a los niños y niñas que crecen con su padre y madre casados, les va mucho mejor. Entre estas investigaciones que han sido publicadas están: New Family Structures Study (NFSS), Early Childhood Longitudinal Study (ECLS), The Canadian Census y el National Health Interview Survey (NHIS)

Uno de los últimos estudios de investigación elaborados, publicado en la Revista British Journal of Education, Society and Behavioural Science (Revista Británica de Educación, Sociedad y Ciencia del Comportamiento) de febrero del 2015, analizó a 512 niños de padres del mismo sexo, tomados de un total de 207 mil encuestados, quienes participaron en la NHIS de 1997 a 2013.

Los resultados revelan que en ocho de doce medidas psicométricas, el riesgo de problemas emocionales clínicos, de problemas del desarrollo o el uso de servicios de tratamientos de salud mental, es casi el doble entre aquéllos con padres del mismo sexo, cuando son comparados con niños con padres del sexo opuesto.

Una estimación de serios problemas emocionales infantiles presentados en niños con padres del mismo sexo es del 17 por ciento, comparados con el 7 por ciento en niños con padres heterosexuales. Las tasas del trastorno por déficit de atención con hiperactividad también fueron más altas en niños con padres del mismo sexo –del15.5– comparadas con 7.1 por ciento de niños con padres del sexo opuesto. (Paul Sullins. Emotional Problems Among Children with Same-Sex Parents: Difference by Definition).

Entre sus conclusiones señala que “no existe un reemplazo equivalente” para el perdurable regalo de crianza que pueden ofrecer a un niño(a) su padre y madre biológicos casados. Esto, por supuesto, no es garantía de éxito total, ya que no siempre es posible. Pero las probabilidades de lucha emocional, por lo menos, se doblan sin su cuidado.

“Cual sea la naturaleza de la persona humana –varón y mujer–, tal serán la del matrimonio y la de la familia. Cual sea la familia, tal serán el hombre y la sociedad. La claudicación o el reencuentro de la auténtica naturaleza de la persona humana es el ojo del huracán, la raíz de la crisis del matrimonio y la familia en el mundo contemporáneo, la causa nuclear del riesgo de una sociedad deshumanizada. Reconstruir el matrimonio y la familia –en consecuencia, la entera sociedad– a la luz de las exigencias de la dignidad personal del hombre: ésta es la cuestión” (P.J. Viladrich. Agonía del Matrimonio Legal, ICF).

La biología sí importa, como lo han demostrado los estudios de investigación, y ninguna nueva legislación, litigio o movimiento activista podrán alterar esta verdad.

Por Norma Mendoza Alexandry

Noticias Recientes

Buscar noticias dentro de conapfam.pe