Y si la Ciencia ha hablado y dice verdad, y la prioridad es siempre el bien del niño, el Estado, en buena lógica, debería retirarnos la custodia de nuestros hijos a las malhadadas parejas de heterosexuales y entregarlos a las parejas homosexuales. ¿O es que nadie va a pensar en los niños?

Naturalmente, no. Este titular supremamente estúpido solo prueba dos cosas: que los medios al uso se han convertido en mera arma de propaganda de la cultura de la muerte y que los ‘científicos’ sociales saben a qué conclusión tienen que llegar para seguir investigando en paz y que siga fluyendo la financiación.

Veamos de dónde saca El Español una memez semejante. Se trata de un estudio sometido a revisión colegiada, “Psicología de la Orientación Sexual y la Diversidad de Género: ¿No hay diferencias? Comparacionnes Metaanalíticas de Ajuste Psicológico en Hijos de Padres Gays y Parejas Heterosexuales”, dirigido por Benjamin Graham Miller, Stephanie Kors y Jenny Macfie y publicado en la publicación americana Psychology of Sexual Orientation and Gender Diversity.

¿Por dónde empiezo? Ah, sí: es un metaestudio. Es decir, que en vez de comparar casos estadísticos comparan estudios ya realizados.

El Español, que no tiene rubor alguno en saltarse el más elemental rigor periodístico, denomina a los metaanálisis “el nivel más alto de la evidencia científica”. Cualquiera que piense dos segundos se dará cuenta del disparate.

Imagínense que yo quiero hacer un metaestudio de determinado tema. Si todos los estudios coinciden al milímetro, el metaestudio huelga, con lo que estaré haciendo una media de estudios buenos, menos buenos y directamente malos. Que alguien me diga cómo puede esto ser “el nivel más alto de la evidencia científica”.

Por otra parte, dado que es imposible estudiar todas las investigaciones publicadas en todo el planeta a lo largo de los años, el responsable del metaestudio elegirá un número abarcable. Y lo elegirá él.

¿Entre los mejores? ¿Cómo se sabe eso, si es precisamente lo que se trata de investigar? No, más bien entre los que vayan a producir el resultado deseado.

Así, es sorprendente que en su cuidadosa búsqueda los investigadores pasara por alto un notable estudio de 2012 conocido por todos los sociólogos, “¿Cuán diferentes los hijos adultos de padres que mantiene relaciones homosexuales? Hallazgos del Nuevo Estudio de Estructuras Familiares”, de Mark Regnerus, una investigación que cubrió ampliamente la prensa del momento.

El estudio de Regnerus tiene, sin embargo, un error fatal: llegar a conclusiones distintas a las apetecidas por los guardianes de la nueva ortodoxia, como que los hijos se criaban mejor con padres que no habían mantenido relaciones homosexuales.

Regnerus descubrió, asimismo, que la tasa de atracción hacia personas del mismo sexo de los niños que se criaban al cargo de adultos homosexuales era superior a la del resto de los niños, lo que parece contradecir el dogma de que se nace gay y se trata de una condición inalterable.

Luego está el problema de las muestras, algo esencial. Imaginen que quiero estudiar las diferencias de ingresos de una población desfavorecida, como los negros en Estados Unidos, con respecto a la población general.

Por muchos individuos que incluya en el estudio, si los correspondientes a la población general los busco en una barriada de Detroit y a los negros en la exclusiva zona de The Hamptons, llegaría al absurdo resultado de que los negros tienen ingresos muy superiores a la media americana.

Los homosexuales constituyen una exigua minoría de la población, entre el 2% y el 3%, de los que una minoría aún más pequeña viven en pareja estable y un número ínfimo adopta niños. Y esta población tiende a pertenecer a una clase con rentas y educación más altas.

Por último, pero no menos importante, está el criterio de medición. ¿Qué significa ‘mejor’? ¿Que disponen de más dinero, que tienen contactos más valiosos para su futuro profesional? No es exactamente lo mismo que entiendo yo por “mejor”. Y ese “mejor” se deduce mediante una serie de preguntas a las que se adjudica una numeración de forma totalmente arbitraria.

Lo cierto es que las ‘ciencias sociales’ tienen muy poco de científicas, ustedes me disculparán, al menos en este sentido. Cuando David Blankenhorn publicó su monumental estudio comparativo sobre los hijos que se crían sin padre, Fatherless America, usó al menos criterios exclusivamente objetivos, cuantificables y comprobables: esperanza de vida, tasa de morbilidad, tasa de encarcelación, nivel de ingresos.

La ciencia tiene un problema, y las ‘ciencias sociales’, más de uno: cuando el prestigio, la carrera, el sueldo y la financiación dependen de complacer a la cultura dominante, es difícil que de las investigaciones salga otra cosa que lo que complace a esta cultura. Como decía el novelista norteamericano Sinclair Lewis, es muy difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda.

Mientras, una tiene que confiar en que el sentido común y la lógica tengan más peso en el público que toda esta absurda propaganda que se vende como ‘ciencia’ y que los medios del régimen pretende pasar por ‘ciencia definitiva’.

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