“Han pasado 22 años, pero sigo teniendo problemas con el sonido de la aspiradora” explica Ashley, una mujer a la que sus padres obligaron a abortar cuando sólo tenía 18 años. Cada vez que pasa la aspiradora, el ruido le recuerda aquel terrible episodio.

Afirma que nunca ha conseguido olvidar ese ruido, el de la succión que se llevó por delante la vida de su hijo. A pesar del dolor que todavía siente, es capaz de bromear sobre su miedo: “me resulta muy difícil mantener el suelo limpio”.

Fue un aborto que nunca planeó y que a día de hoy todavía lamenta. Esta mujer, que adopta el nombre de Ashley para contar su historia en LiveActionNews, se quedó embarazada cuando estaba cursando el último año en la escuela secundaria.

En lugar de celebrar la llegada del nuevo miembro a la familia, Ashley se encontró de manera inmediata con una cita en una clínica abortista, cortesía de sus propios padres. “Vivíamos en una comunidad agrícola en Iowa y mis padres tenían cierto estatus en la comunidad. Creo que eso jugó un papel muy importante en su decisión”, explica la mujer.

“El padre de mi hijo ni siquiera tuvo opción de opinar porque nunca supo que estaba embarazada”, cuenta Ashley.

El aborto nunca fue una opción para la joven de 18 años que señala: “Yo había decidido tener el bebé. Sabía que a esa edad no podía proporcionar a mi hijo la vida feliz y cómoda que merecía, por lo que pensé en darlo en adopción”.

“Yo soy adoptada así que creía que era un honor dar el regalo de una vida a una pareja, al igual que había hecho mi madre biológica con mis padres adoptivos”, sostiene Ashley.

Irónicamente, sus padres no lo vieron de la misma manera:

“Cuando mis padres se enteraron que estaba embarazada no me dieron ninguna opción. Me llevaron al médico para confirmar el diagnóstico y allí ya pude escuchar los latidos del corazón de mi bebé. Después de ese momento, mi madre concertó rápidamente otra cita con una clínica bastante lejos de casa para abortar”.

Ashley cuenta que para un adolescente asustada y de sólo 18 años el apoyo de la familia es muy importante y ella nunca lo tuvo.

Sus padres le amenazaron con quitarle todo el dinero que habían ahorrado para sus estudios universitarios si finalmente no abortaba, por lo que no tuvo más alternativas.

Después de hacer un viaje de más de tres horas y media para llegar a otra región, Ashley explica horrorizada lo que sucedió en la clínica abortista:

“Escuche de nuevo los latidos del corazón del bebé. El médico trataba de convencerme de que sólo había que eliminar el conjunto de células que había en mi interior, pero yo le dije que si sólo era un conjunto de células no podía tener latido del corazón.

Me dieron un sedante y me acosté en la mesa de operación. Justo encima había una imagen de una playa, pero ni esa fotografía ni el calmante son suficientes para lo que viene a continuación. Sentía cómo la máquina iba deshaciendo algo en mi interior. Es un sonido horrible, como la succión de una aspiradora”.

Después de abortar, llevaron a Ashley a una sala con otras mujeres: “Algunas lloraban, otras tenían la mirada perdida… yo sólo estaba en estado de shock”.

En este estado se encontraba cuando llegó en la universidad. Comenzó a llevar un estilo de vida autodestructivo, consumiendo drogas y alcohol y así, se mantuvo hasta hace pocos meses.

“Había asesinado a mi hijo. He mantenido este patrón hasta que por fin he empezado a aceptar lo que hice. He luchado durante muchos años con pensamientos y acciones suicidas. Yo había acabado con una vida y creía que ya no tenía ningún sentido vivir la mía”, explica Ashley.

Asegura que Dios ha puesto a gente buena en su camino para guiar sus pasos: “Tengo mucho que aprender y sanar en muchos aspectos de mi vida, pero creo que por fin estoy en el camino correcto para que eso ocurra”.

“Todavía estoy luchando para perdonar a mis padres. Espero que algún día lo consiga. Sé que debería haberme negado, haber luchado más para salvar la vida de mi bebé. Estos pensamientos todavía me atormentan a día de hoy”, explica.

Por este motivo, asegura que lo más difícil es pasar cada año por la fecha en la que abortó, y lo recuerda con mucho dolor: “Estaba embarazada de 12 semanas cuando aborté, pero estoy segura de que iba a ser un niño. Mi hijo habría cumplido ahora 22 años”.

Ashley se decidió a contar su testimonio para mostrar la otra cara del aborto, la que siempre se trata de ocultar: la profunda depresión que sufren las mujeres cuando son sometidas al aborto.

Esta mujer asegura que “tener el poder para elegir abortar no hace que las mujeres seamos más libres”.

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