No. El hecho de no ser “feminista” no me hace ser “machista”. Partamos por ahí. Hay una falacia de falsa dicotomía que no es más resultado que de la tiranía de la ideología de género. No es igualdad si no hay condiciones de libertad, y no hay libertad si hay condiciones impositivas y desalentadoramente anticientíficas que sirvan de fundamento a la búsqueda de un gobierno superinterventor que anteponga los intereses de las minorías ante el beneficio individual.

Cargada de un fuerte relativismo en todo lo ideológico, un posmodernismo aberrante en lo filosófico y una completa ignorancia de los aspectos antropológico-éticos y económicos que atañen a una sociedad que se desarrolla holísticamente, agrupaciones como la ONU en la que el mundo dejó de creer por la defensa de intereses irracionales que circundan el pretensionismo personal infundado, la ideología de género es hoy lo “políticamente correcto” bajo la falsa bandera de la tolerancia.

Y digo falsa, porque al escuchar la argumentativa de género no puedo evitar recordar la célebre frase de Ayn Rand: “la minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden además ser defensores de las minorías.” Y así, de manera solapada, la ideología de género y su lobby grita al cielo que busca defender a las minorías porque para ellos, ahí reside la igualdad. Pues bien, no es así. La igualdad es esa de derechos y dignidad. Es que intentar imponerle a usted que vote por una mujer o un hombre solamente porque es mujer u hombre, estableciendo cuotas nefastas de género, no crea un piso mínimo de participación política para las mujeres, sino un techo máximo que sirve de estigma para quienes no lo merecen. ¿Con qué cuotas de poder han logrado sus hazañas las figuras políticas femeninas que hoy admiramos? Con ninguna. Y es precisamente porque el desarrollo de sus funciones es una victoria individual que no se relaciona con el género.

Mientras se puede buscar el desarrollo integral de la persona para que potencie sus capacidades (diremos en este caso, políticas), se pierde el tiempo haciendo creer que el problema no es que no tengamos gente capaz, es que “no tenemos suficientes mujeres”, como si eso solucionara los problemas de corrupción, como si eso abriese las puertas para que tantas personas (hombres y mujeres) con los verdaderos méritos y capacidades para cambiar la realidad social se adentren en el mundo que les permita mostrarle al mundo que este lo necesita.

Así, poco a poco, nos dividimos en grupos que separan a la humanidad como si no fuéramos todos individuos, todos destinados a la libertad y no a la cadena colectivista. Así, nos peleamos por saber a quién se maltrata más, a quién se le paga peor, qué sociedad trata cómo a quién, haciendo la vista gorda a la realidad, que nos grita que el ser humano es social por naturaleza porque su felicidad, que es individual, su libertad, que es individual, y su vida, que es individual, se desarrollan en contexto de armonía con los derechos individuales de los demás.

Preocupa que la teoría dictatorial de la ideología de género evita el hecho científico de la condición orgánica del ser humano, que filosóficamente es también su determinación entivtiva. Porque para ella, “todo es cultural, es social”. Hemos olvidado postulados filosóficos-metafísicos básicos, como el de no contradicción de Aristóteles que nos recuerda que algo “no puede ser y no ser, al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”, porque nos conviene creer que nuestra propia realidad es verdad si así lo queremos creer. La irracionalidad relativista ignora que la contradicción es una de sus principales características, apuñalándose a sí misma por la espalda.
Y todo esto, bajo un falso pacifismo que al final no acepta el pensamiento libre, fundado en la razón, en la ciencia, en la filosofía, sino solamente la tiranía del relativismo que elimina la personalidad individual y le transfiere el estatus de una nada.

Al final, habrá siempre quien diga que la verdad es opresión, cuando la única opresión es la de la ignorancia.

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